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“Al final ella muere y él se queda solo”, dice la primera frase, y despierta de inmediato el interés en lo que sigue. Su título es Bonsái (Anagrama, 2022) y fue la primera novela que publicó en 2006 el escritor chileno Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) y que ahora vuelve a editarse con un agregado de lujo: un epílogo a cargo de la escritora y periodista argentina Leila Guerriero, que cuenta cómo surgió el libro y, además, analiza su historia.
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Guerriero recuerda un texto que el autor escribió en el que explica cómo creció su historia como si fuera una plantita: “Escribir es como cuidar un bonsái (…). Escribir es podar el ramaje hasta hacer visible una forma que ya estaba allí, agazapada (…). Quería escribir —quería leer— un libro que se llamara Bonsái, pero no sabía cómo: tenía solo el título y un puñado de poemas que crecía y decrecía con el paso de los meses”.
Y un día aparecieron los personajes, Julio y Emilia, con su historia de amor juvenil. Con la primera frase se sabe que Emilia murió y que Julio es quien la recuerda. “El resto es literatura”, dice el narrador, y justamente la literatura es uno de los temas centrales de la novela.
Los protagonistas fueron estudiantes de Letras y su relación se había desarrollado en torno a la lectura: “Las rarezas de Julio y Emilia no eran solo sexuales (que las había), ni emocionales (que abundaban), sino también, por así decirlo, literarias”.
Por sus lecturas en voz alta pasan Onetti, Carver, un poco de Nietzsche y de Yuko Mishima, hasta que descubren Tantalia, un relato de Macedonio Fernández que trata sobre una pareja que cuida una plantita para que no se muera. Un símbolo de Bonsái: el intento de mantener viva a una persona que ya murió.
Zambra actualmente reside en Ciudad de México y es una de las voces literarias chilenas más reconocidas. Ha escrito cuentos, ensayos y novelas que fueron traducidas a varios idiomas, entre ellas, La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa y Poeta chileno.
Bonsái, que fue llevada al cine en 2011 por el director chileno Cristián Jiménez, es breve e intensa. Está escrita con sobriedad y aparente sencillez, porque por detrás de su relato sobre lo cotidiano va creciendo algo muy denso. “Es una historia liviana que se pone pesada”, dice el narrador. Y está muy bien podada, como un bonsái.