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    Poesía del tango

    N° 1774 - 24 al 30 de Julio de 2014

    “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada/ que has nacido en la miseria de un convento de arrabal”. (“Margot”, Celedonio Flores, 1919).

    “Va de compadre masticando un pucho,/ y un clavelito del color del ceibo/ lleva en la cinta de su chambergo/ como regalo de un corazón”. (“El carrerito”, Vacarezza, 1928).

    “La lluvia de otoño mojó los castaños,/ pero ya no estabas en el bulevar…/ Muchachita criolla de los ojos negros,/ tus labios dormidos ya no han de cantar”. (“La que murió en París”, Enrique Maciel, 1944).

    La superación del lunfardo, primera forma poética del tango, fue un proceso de décadas y, además, entreverado, pues la poesía más pura se metió poco a poco, yo diría con cierta prepotencia, hasta que logró abrirse paso y reinar. Ya a mediados de la década de los 1920, con el lunfardo a pleno, aparecieron creaciones audaces como “Será una noche” de Ferradás Campos, “Viejo ciego” de Homero Manzi, “Puente Alsina” de Benjamín Tagle Lara, “Marionetas” de Armando Tagini y el uruguayísimo y luego universal “A media luz” de Carlos César Lenzi.

    En la lista de quienes contribuyeron a la evolución definitiva hay nombres que resaltan y merecen sitio de honor.

    Enrique Cadícamo, el más prolífico de los autores —también el más precoz, ya que escribió “Pompas” para Gardel a los 17 años, y el más longevo, ya que murió a punto de ser centenario— discurrió por diversos estilos, incluso el lunfardo, por lo que es difícil de encasillar. Sin embargo, nadie discute que la calidad de su poesía total le dio lustre a la música popular ciudadana. Para probarlo basta recordar sus creaciones con música de Juan Carlos Cobián: “Nostalgias”, “Los mareados”, “La casita de mis viejos” o “Nieblas del Riachuelo”, junto a otras obras inmortales como “Garúa”, “Anclao en París” o “Madame Ivonne”.

    Enrique Santos Discépolo tampoco le escurrió el bulto al lunfardo, el que aprovechó como pocos, pero evolucionó hacia nuevas formas poéticas sobre todo con las músicas de Mariano Mores. Es un autor inolvidable, el más dramático y descarnado, el que abrió su corazón y su desesperanza en medio de su tiempo, el fiscal de una época, el hombre que lloró por su mundo y por sus hermanos sin echar a un lado la nostalgia: “Qué vachaché”, “Cambalache”, “Infamia”, “Confesión”, “Yira, yira…”, “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Condena”, “Martirio” y “Tormenta”; sobre este tango un viejo profesor de literatura, allá lejos y hace mucho, me dijo que era “la mejor interpretación no académica del Libro de Job de la Biblia”.

    Homero Manzi (Homero Nicolás Manzione Prestera) fue, según una amplia mayoría de opiniones, el mayor poeta romántico del tango, el primero, de acuerdo a Horacio Salas, “en convertir las letras de los tangos en verdadera poesía”. De entre una enorme producción sobresalen “Malena”, “Ninguna”, “Fuimos”, “Recién”, “Después”, “El último organito”, “Milonga triste”, “Barrio de tango”, “Romance de barrio” y el inolvidable “Sur”, entre cientos de temas en los que retrató al barrio, a sus personajes entrañables, a la nostalgia de lo que fue, al amor perdido, a los sueños.

    Y el recuerdo acoge a Alfredo Lepera, el brasileño llegado niño a Buenos Aires, que fue contratado por las compañías cinematográficas para crear letras para Gardel alejadas del lunfardo y cualquier vocablo costumbrista. Lector de Amado Nervo, culto y elegante, hizo canciones que, en la voz de El Mago, se alzaron al cielo de la popularidad: “Arrabal amargo”, “Melodía de arrabal”, “Soledad”, “El día que me quieras”, “Sus ojos se cerraron”, “Volver”, “Golondrinas”, “Mi Buenos Aires querido” y decenas más.

    Junto a tamaños cimientos de la poesía tanguera aparecieron otros autores significativos: Cátulo Castillo, José María Contursi, Homero Expósito, Francisco Gorrindo, Francisco García Jiménez, Carlos Bahr y, más cercanos, Eladia Blázquez, Chico Novarro, Cacho Castaña y nuestro coterráneo Horacio Ferrer.

    Una curiosidad: entre ellos hubo muertes demasiado tempranas. Pascual Contursi, tuberculoso y demente, a los 34 años; su hijo José María, de cirrosis, a los 60 años; Discépolo, a los 50 años, virtualmente de tristeza; Lepera, a los 33 años, en la tragedia de Medellín; Manzi, a los 44 años, por un cáncer veloz.

    En su paso final, entre los tangueros solo se recuerda un rasgo de humor: Carlos de la Púa, ateo radical, agonizando, recibió a un amigo:

    —Carlos, ¿te parece mal si te traigo a un cura?

    —Y…dale. En estos momentos nunca viene mal jugarse un boletito…