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La primera oración de esta novela está considerada por varios cultores de la serie negra como uno de los mejores comienzos de los últimos tiempos: “Cuando por fin di con Abraham Trahearne, estaba tomando cerveza con un bulldog alcohólico de nombre Fireball Roberts en un antro destartalado de las afueras de Sonoma, California, apurando hasta la última gota de una hermosa tarde de primavera”.
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Realmente el texano James Crumley es capaz de agarrar al lector de las partes pudendas y meterlo de cabeza en la historia. Tenemos a un detective que con dificultad dio con la persona buscada, que además es un alcohólico que bebe en un bar destartalado junto a un perro también alcohólico. Un ambiente de mierda solo salvado por una bella tarde primaveral. Policial servido con sus básicos y mejores elementos.
No solo el arranque de El último beso (Black Salamandra, 2020, 318 páginas) es atrapante. La forma en que está tejida la trama y el desarrollo de la historia también. El detective Sughrue —que aparecerá en otras novelas— debe dar con un viejo poeta y escritor borrachín a pedido de su mujer. El viejo, que es una mole y cuando lo sobrepasa el pedo cae “como un saco de cemento de 120 kilos”, practica giras solitarias para conseguir —lo suponemos— inspiración mediante el levantamiento de vidrio. Y el detective le sigue el rastro por los bares. Incluso llega a acostarse con la misma prostituta “joven y triste” que el viejo. Y cuando da con el poeta turbio suceden dos cosas: por un lado una tremenda trifulca en el bar con botellazos y seis balas cuyo destino es precisamente detallado por el escritor (un pie, la nevera, un culo, la bola 14 del billar, una lámpara y el techo) en uno de los mejores pasajes de la novela. Y por otro el encargue para que ese mismo detective que acaba de dar con su borracho, también busque a la hija de la dueña del bar, una tal Betty Sue que se ha perdido en una nube púrpura de hippismo adolescente, y también difuminado en una película porno casera, y nunca se supo más nada de ella.
Entonces tenemos un doble misterio: quién es este poeta de la inspiración etílica y dónde está, si es que vive, la tal Betty Sue.
Viajamos, al igual que el Philip Marlowe de Raymond Chandler, con la primera persona del detective y su constante ironía. Sughrue bebe a cualquier hora, es violento si las circunstancias lo exigen, lleva los recuerdos de su fucking Vietnam a cuestas y resulta, en el fondo, un buen tipo. Sí, Chandler está muy presente en Crumley, en particular con las punzadas abruptas.
Alguien es lo bastante romántico “como para provocarle arcadas a Doris Day” o emite una sonrisa grave y elegante “como el susurro de un abrigo de visón que se arrastra con indolencia por una escalera de mármol”.
Los personajes son ricos y variados, las descripciones agudas. Y a los bares de mala muerte, moteles de paso y callejones que dan a una tienda de saldos, empresarios de inmaculados trajes y suciedad bajo la piel, mujeres de doble moral, lujosas residencias con estufas cuyo tamaño hubiesen “permitido asar un Volkswagen” y escándalos conyugales, se agregan esos deliciosos detalles al paso como el excesivo aroma de la colonia barata para después del afeitado que solo un rostro de novela policial es capaz de aplicarse.
Crumley (1939-2008) escribió ocho novelas, además de cuentos, ensayos y guiones. Ha sido definido como un cruce entre Chandler y Hunter Thompson. Del primero tiene la elegancia, del segundo la crudeza. Su padre trabajaba en los campos de petróleo y su madre era una camarera violenta. La dieta de Crumley funcionaba más o menos así: merca seis veces por semana (digamos que los domingos eran para descansar), cinco comidas diarias y una botella de whisky por día. No se menciona el tabaco, pero intuimos que también formaba parte del alimento. “Así es como quiero vivir”, le dijo a su amigo y también escritor Thomas McGuane en una oportunidad. “Y si vivo diez años menos, ¿qué?”. Y cumplió. A los 68 años resignó toda posibilidad de seguir respirando. Dicen que en los congresos literarios de novela policial no abandonaba el bar del hotel. Cuando los otros escritores bajaban a desayunar y los mozos armaban las mesas con tostadas, jugo de naranja, frutas, jamón y café, Crumley todavía estaba empinando el codo con el whisky nº…, como sus personajes.
Pero tenemos un problema: las dietas estrictas terminan pasando factura, incluso a las buenas novelas como esta. En el último tramo se estiran las situaciones, se empantana el desenlace e impera la redundancia. Lo que antes era una escritura que funcionaba como el corte de un estilete, para el desenlace se parece más al desgarro de un cuchillo desafilado. El lector siente un paulatino cansancio debido a las siempre implacables ironías del detective, que a todos los escracha con su labia. Y por si fuera poco se transforma en el objeto erótico de las mujeres. “Compra whisky de garrafa y lo mete en botellas de Chivas”, dice un personaje al referirse a otro. Hay whisky barato al final de esta novela, que venía con el mejor de los añejados. El viejo borracho le ganó el remate al avezado escritor.