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    jueves 20 de junio de 2024

    Presente ¿y futuro nacional?

    Sr. Director:

    En este 2023 —salvo un giro copernicano— Uruguay seguirá con varias deudas e ineficiencias consolidadas por décadas. Difíciles de abordar si insistimos con similares medidas. Esta frase no es de un antisistema, es de un radical prosistema. Analicemos:

    En gobernanzas, nuestro calendario se mide en quinquenios; en ellos nos jugamos el futuro a largo plazo. Todo indica que repetiremos propuestas maravillosas y críticas superlativas. A mal puerto con esta tesitura.

    Somos expertos en señalar yerros e incapaces de acordar para resolverlos. Jugamos al roba montón en clave unos contra otros sin darnos cuenta de que la solución es conjuntarse sin entreverarse y acordar máximos mínimos y, en lo posible, algunos mínimos máximos. No digo unanimidades, o acallar diferencias, o jugar al buenismo de unos y el malismo de otros que bien evoca Einstein con su “Solo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y no estoy seguro de la primera”.

    En idiosincrasia, tenemos siete características que resultan funcionales a la inercia y al statu quo:

    Esquivamos olímpicamente la autocrítica, evitamos el “conócete a ti mismo” nacional.

    Si no nos conocemos, mal podemos plantear el “ser o no ser” hacia el futuro.

    Según la Ley de Campbell, trampeamos el análisis para priorizar intereses particulares subalternos.

    No sistematizamos por tomar en cuenta lo obvio, “El conjunto es más que la suma aislada de las partes”.

    Sobran discursos y faltan acciones; evitamos ir “a las cosas (uruguayos), a las cosas” de Ortega y Gasset.

    Los grandes cambios nacen con un pequeño paso —proyectos piloto— que requieren tiempo y esfuerzo.

    La acción estatal en el quehacer nacional es un ejemplo cabal de ineficiencia en los puntos previos.

    Conclusión: A la interrogante que nos hacemos hace décadas —Si Uruguay puede llegar a ser un país desarrollado— no la podremos responder mientras no resolvamos las cuestiones pendientes. El desarrollo no es un deseo, un sueño o una casualidad. Es consecuencia —previa causalidad— de la responsabilidad asumida y el compromiso mantenido de varias generaciones que aúnan voluntades con base en una planificación estratégica flexible llevada a cabo por equipos humanos capaces de innovar con inteligencia y audacia.

    Con un detalle: El motor del cambio está en si somos capaces de modificar nuestra forma de pensar y hacer. Dejar de aparentar lo que no somos e ir a la esencia del ser, el que se traduce en hacer. La secuencia clásica de ideales que se transforman en ideas y estas en construcciones.

    Veamos algunos detalles.

    Conócete a ti mismo: A Uruguay le falta autoconocimiento estadístico. La transparencia no se enuncia, se practica. En todas las áreas en las que hay deudas nos falta data: educación, salud, ciencia, tecnología, seguridad, etc. Urge proceder a una profunda y amplia introspección analítica estatal sistematizada.

    Ser o no ser: Implica cambiar o no cambiar. Doy por bueno que hay consenso al decir que se quiere cambiar, pero también muchas dudas sobre que logremos cambiar. El tema se aclara frente al espejo. Hoy, si nos sinceramos, veremos demasiados intereses particulares y sectoriales devenidos en “derechos” sin obligaciones. Nos hemos constituido en una versión de “El Estado Mediocre”, sic, de José Ingenieros.

    Ley de Campbell (Donald Campbell, 1976): “En el análisis estadístico, cuanto más importancia se le dé a un solo indicador cuantitativo, más lograremos distorsionar el resultado cualitativo del proceso a monitorear”.

    Ley “interpretativa” que surgió en la guerra de EE.UU. con Vietnam. EEUU se empantanó literalmente en un conflicto sin precedentes —guerra de guerrillas en territorio desconocido, hostil y selvático—. El secretario McNamara usó el indicador del saldo neto de bajas en ambos bandos como arma propagandística. Olvidó decir que los de EE.UU. eran 100% militares, las del Vietcong eran mayoría civiles vietnamitas en sus casas. EE.UU. perdió la guerra y el apoyo ciudadano.

    El desliz del indicador —trampa— es lo que cotidianamente hacen los políticos segados: distorsionan o corrompen “a medida” según sus intereses. Expertos —postgrados— subjetivan todo en función de ideologías antepuestas con pretensión de verdades absolutas.

    Ningún cambio o avance en la historia surgió de golpe y porrazo. Todos fueron, en su momento, una idea loca que no se ajustaba a la norma social. En las cavernas, las tribus, los Estados. Todos fueron primero un sueño, un ideal imaginado, luego una idea, un experimento fallido y al final, con insistencia y persistencia, un modelo menor a mejorar que logró mostrar y demostrar que beneficiaba a la comunidad. Hay que fomentar, promover y apoyar los proyectos piloto experimentales acotados. Son económicos y breves.

    El párrafo previo da contexto. Planteamos grandes reformas abarcando todo el territorio. Bien democráticos, bien igualitarios, bien ilusos. No es así que se logran los resultados deseados. Pero como no solemos medir resultados, seguimos haciendo trampa al solitario. Y el colmo, adjudicamos la falta de resultados a falta de dinero. Cuando lo que nos falta es criterio.

    El tema da para mucho más. Por ahora estemos advertidos: La cuestión no es seguir con la cantinela de si Uruguay puede ser un país desarrollado que reiteramos hace décadas en cada quinquenio. La duda es saber si los uruguayos estamos efectivamente dispuestos a comprometernos para conformar una comunidad que sume y emprenda la tarea posible y titánica de constituir un auténtico faro de desarrollo humano.

    Tenemos todo para intentarlo, solo falta una mirada al espejo, quitarnos el maquillaje, buscar a amigos y adversarios, acordar con ellos, comprometernos, cambiar el chip y las cosas.

    Llegado a este punto no hemos mencionado la IA o chats de moda. Piensen en todo lo que podríamos haber hecho y no hicimos con nuestra natural inteligencia (NI), y luego sí piérdanse en cavilar sobre la imparable IA que será otra más de las innovaciones que, en su momento, generaron desasosiegos y terminaron naturalizándose. Lo que hoy atemoriza a varios es que IA resuelva lo que nosotros hemos desatendido.

    Sin embargo, no descartemos que en el futuro —2030 o 2035— sigamos cavilando sobre los mismos temas. Ya lo hicimos en el 2010 y el 2015, y antes en el 2000 y el 2005. El peligro es que la idiosincrasia imperante se nos transforme en cultura inoperante. La deuda con el retraso del desarrollo es con hijos, nietos y bisnietos; no hay derecho a condenarlos a pagar nuestra incapacidad, ignorancia indolencia.

    Y a no pensar —estultamente— que algún político, sector o partido puede imponer “su verdad”; el quid es armar el puzle entre todos. La dificultad mayor no son las ideas, es que para ello habrá que sacrificar sillones, personalismos e intereses.

    Gonzalo Pou

    Cartas al director
    2023-05-03T21:16:08