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Nada envejece más rápido que lo escandaloso, se sabe. Más aún si se trata de sexualidad. Las antiguas prohibiciones y censuras sobre “monstruos” de las letras como Sade, Sacher-Masoch y el resto de pornógrafos clásicos no tienen, al día de hoy, mayor sentido, salvo tal vez en alguna recóndita y oscura catacumba vaticana donde se siga manteniendo un ejemplar mohoso del Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, o en juntas escolares de Estados Unidos. El escándalo de los abuelos deviene en la indiferencia de los nietos. Cualquier temática escabrosa que hace un siglo o dos o tres le ponía los pelos de punta a todo párroco que se preciara de buen criterio, al día de hoy es material para una telenovela de la tarde, y a los que hoy se les pondrían los pelos de punta sería a los antiguos pornógrafos si repasaran la lista de categorías y subcategorías de cualquier sitio de videos porno al uso.
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D. H. Lawrence (las iniciales corresponden a David Herbert) no fue ajeno al escándalo. En la sociedad eduardiana británica en la que desarrolló su carrera las convicciones morales y sociales no eran tan rígidas como en la precedente era victoriana, pero tampoco es que se respiraran demasiados aires de libertad. Sobre todo sus novelas, en particular Hijos y amantes (1913), Mujeres enamoradas (1920) y El amante de lady Chatterley (1928), provocaron escándalos de diversa intensidad por sus arriesgadas descripciones de relaciones íntimas. El amante… no se publicó en Inglaterra hasta 1960 (la primera edición fue en Italia). Hijos y amantes fue expurgada por su primer editor del 10% de su contenido. Mujeres enamoradas tuvo diversas prohibiciones y censuras incluso antes de ser impresa, por ser la continuación de una novela anterior, El arcoíris, que había sido juzgada públicamente, declarada obscena y sus ejemplares secuestrados y quemados. En Inglaterra no era sencillo leer las novelas de Lawrence.
Tampoco es que esos contratiempos le impidieran escribir. Aunque murió joven (44 años) su obra se compone de una docena de novelas, varias decenas de cuentos y semblanzas autobiográficas y unos 800 poemas, además del inevitable torrente de cartas típico de la época. Tan prolífico como subversivo.
El hijo del minero
Lawrence nació en 1885 en Eastwood, una ciudad por entonces minera, que actualmente vive más que nada del turismo, gran parte del cual va a conocer las distintas casas donde vivió su ciudadano más célebre (en Eastwood también nacieron un par de futbolistas que no despiertan mayor interés). Sus padres fueron un minero y una maestra, y ambos datos no son nada menores para entender su carrera y su obra. Se recibió de maestro en 1909 y se mudó a Londres. Ya había empezado a escribir sus primeros poemas y textos breves, y el esquema de una novela que se convertiría en The White Peacock (1911). En 1909 abandonó la enseñanza y se volvió un escritor profesional. En 1912 conoció a la baronesa alemana Emma Maria Frieda Johanna Freiin von Richthofen, exesposa de uno de sus profesores, y pasaron el resto de su vida juntos, mayormente lejos de Inglaterra. Viajaron a Alemania, donde Lawrence fue arrestado por sospechas de espionaje; su familia política intercedió y la pareja se fue a Italia. Volvieron brevemente a Inglaterra, se fueron a Italia de nuevo, otra vez a Inglaterra y se aposentaron en Cornwall, donde Lawrence fue acosado por las autoridades por sus posiciones antibelicistas (y por ser un pornógrafo) y donde tuvo una intensa relación con un granjero local. Nunca se aclaró si esa relación llegó a ser sexual, pero Frieda sospechó que sí. De todas maneras, cuando consiguió el divorcio de su anterior marido se casó de inmediato con Lawrence en 1914.
El acoso oficial durante la guerra fue tan insoportable que la pareja decidió exiliarse y recorrer el mundo. El resto de la vida de Lawrence transcurrió en Australia, Italia, Sri Lanka, Estados Unidos, México y Francia, donde murió el 2 de marzo de 1930.
Esa persecución feroz sufrida por Lawrence es lo que puede dar la clave del verdadero motivo por el cual provocaba tan tremenda incomodidad social. Era, sí, un defensor de la sexualidad libre, y en sus escritos usaba con generosidad las descripciones sexuales y el lenguaje obsceno. Pero desde su infancia venía arrastrando algo más: su origen proletario. Lawrence era, desde siempre, un integrante de la clase obrera. Y jamás abjuró de sus orígenes ni de sus convicciones. Nunca fue un socialista y desconfiaba del régimen soviético-estalinista (y eso llevó a que desde Moscú, inevitablemente, lo etiquetaran como fascista sin mayores argumentos sostenibles), pero era un firme defensor del antibelicismo, del internacionalismo, de la agremiación obrera y de la abolición del dinero, y un furibundo opositor a la aristocracia, la industrialización y el capitalismo en general. Nada que agradara al statu quo del momento.
Donde más claramente se ven sus ideas es en su obra poética. Algunos de sus poemas tienen títulos como La locura del dinero, Maten el dinero, ¡Empiecen una revolución! Salarios, ¿por qué? o Qué bestial es la burguesía. Jamás se acercó al Partido Socialista, pero desde muy joven mamó sus ideas en casa de su primera novia en Eastwood, Louise Burrows, cuyo padre era un socialista convencido y hablaba largo y tendido del asunto con Lawrence. De mayor prefirió crearse un utopismo anarcoliterario propio, pero la semilla plantada dio sus frutos. En El amante de lady Chatterley, lo sexual es nominalmente lo que causó el escándalo y la prohibición, pero lo realmente subversivo del libro fue su tema central: la relación extramatrimonial entre una mujer de la aristocracia y un guardabosque, es decir, un integrante de la clase obrera. Y como dice lord Chatterley, vocero de la aristocracia en el libro: “Creo que hay un abismo, un abismo inmenso, entre las clases dirigentes y los sirvientes. Las dos funciones que han de cumplir estas clases son opuestas. Y la función determina al individuo”.
La verdadera potencia de Lawrence, puede verse ahora, es su furiosa oposición al establishment. La fama de pornógrafo es un sambenito que le colgaron a conveniencia y fue la excusa perfecta para impedirle mayor popularidad. Tan revulsiva fue su obra y tan mala su fama (Virginia Woolf lo detestaba) que cuando murió, ante la indiferencia general, solo el escritor E. M. Forster lo rescató como “el novelista más grande e imaginativo de nuestra generación”.
En corto
La editorial española Páginas de Espuma, que se especializa en textos breves, publica ahora sus Cuentos completos 1907-1913, muy correctamente traducidos por Amelia Pérez de Villar. Un segundo volumen anunciado para antes de fin de año completará la obra.
Muchos de los relatos incluidos no estaban traducidos al español por haber visto la luz en revistas. Y aunque se trata de la primera época de su carrera, son un medio perfecto para poner en perspectiva su potencia como narrador. No hay nada de inmaduro o titubeante en su prosa. Desde el arranque de su carrera Lawrence fue un maniático del estilo, capaz de reescribir una y otra vez cada página hasta quedar satisfecho. Lo que tampoco hay en los 28 cuentos de la recopilación es pornografía, que parece haber dejado para sus novelas. Sus temas principales son el amor y la muerte, e inevitablemente un poco de locura, aunque lejos de alcanzar niveles quiroguianos que permitan agregarla al tríptico. Y siempre presentes, sus convicciones.
Ya su primer cuento, Preludio, de 1907, es una historia de amor entre granjeros, sencilla y tierna, pero con la sombra de la lucha de clases presente. Otras historias hablan de guerra (muy en contra, como El oficial prusiano), de extravíos, de pequeñas miserias o de sentimientos adormecidos. Pero muchas hablan de gente obrera, en particular mineros. El hijo del minero nunca olvida a los suyos, y en su cuento más famoso de esta parte de su obra, El aroma de los crisantemos, tenemos la historia de la esposa que espera que su marido vuelva de la mina mientras la tensión y la premonición de una desgracia crecen lentamente, y todo termina luego de la tragedia con la voz interior de la mujer cuestionando sus sentimientos y su propia idea del amor. Sus cuentos con mayor renombre los escribió más tarde en su vida, y habrá que esperar al segundo volumen para ver su desarrollo.
El escándalo viejo huele a rancio, tan rancio como las convicciones de los escandalizados. Lo que esta edición (hermosa, en tapa dura) propone es la oportunidad de olvidarse de esa etiqueta de pornógrafo libertino y leer al verdadero Lawrence, el humanista, el observador de la condición humana, el escritor obsesivo y prolífico para quien el dinero, la alienación social, la guerra y el nacionalismo eran las plagas que atenazaban a la humanidad, y el amor, la sencillez y el respeto los mejores y más efectivos antídotos.
Como él mismo dijo: “Confía en el cuento, no en quien lo cuenta”.