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    Problemas del lenguaje

    Sr. Director:

    El asunto se complica desde el título. Tomemos como ejemplo la palabra problema, cuya sexualidad resulta por lo menos ambigua; la a final parece inequívocamente femenina, mientras el género gramatical resulta claramente masculino: El problema. ¿Será una palabra LGTBIQ? Conste que no sé a qué corresponden todas estas iniciales ni si ellas comprenden las muchas posibilidades de sexualidad que deben existir, las que según la novedosa categoría de la “autopercepción” tienden aparentemente a lo infinito.

    Me parece muy bien no segregar a alguien ni someterlo a vilipendio porque le guste alguien del mismo sexo o no se sienta cómodo con su genitalidad. Por el contrario, resulta ser un avance social muy importante como otros que se han conseguido y que de acuerdo a los improperios que uno escucha de muchas personas no han sucedido. Estamos todavía lejos de un ideal de igualdad o equilibrio de sexos o géneros, pero también es justo y necesario ver cuál fue la situación en el pasado, que era bastante más negativa e injusta que en la actualidad.

    Pero volvamos a lo del título. Tal vez debiéramos decir “problemas del/la lenguaje?”. Parece haber ambigüedad no solamente en los sustantivos sino en los artículos, adjetivos y casi todo el arsenal lingüístico disponible. A lo mejor las conjugaciones verbales también son sexistas, ya que utilizan varias posibilidades, entre las que no se encuentra la opción “or” como terminación y sí la aparentemente femenina “ar” y la neutra “er”, además de “ir”, que no sabemos bien qué es ni para qué sirve.

    Toda esta confusión entre otras cosas tiene origen en un reduccionismo absurdo del lenguaje a instrumento de dominación sexista por parte no solamente de feministas radicales sino de grandes filósofos como Marx (entendido por él y por Engels, Lenin y muchos otros, el lenguaje como instrumento de transmisión de la ideología dominante) o Foucault y sus adláteres, o por lo menos a una exageración muy importante de este aspecto que sin duda existe. Aquí podríamos razonar como alguien que dijo que prácticamente cualquier creación humana puede servir para cosas muy buenas y también horribles, desde el fuego que nos calienta o quema según el caso hasta la arquitectura con la que hacemos bonitos edificios o cámaras de gas. Pero en su conjunto, resultan cosas sumamente beneficiosas, ya que en general se han usado más para el bien que para el mal. Es impresionante la cantidad y calidad de beneficios que nos ha aportado el lenguaje, un artefacto evolutivo y cultural importantísimo en la edificación de la sociedad humana.

    Un solo aspecto querría destacar y es el de transmisor del conocimiento, ya sea a través de la palabra hablada o escrita y en la actualidad transmitida y retransmitida por cuanto medio electrónico se pueda imaginar.

    En el siglo XX murieron 300 millones de personas de viruela, sin distinción de sexo ni edad, ni color de piel. El virus de la viruela es terriblemente inclusivo. Sin embargo, y gracias al conocimiento científico, impensable sin el lenguaje necesario para su transmisión, se ha erradicado y desde la década del 70 no ha habido ni un solo caso. Es tan lapidario, tan terminante este dato para desmontar no solamente la invalidación de la lengua sino también el pesimismo histórico que gran parte de la intelectualidad ostenta que solo él bastaría como argumento a favor del progreso.

    Trescientos millones es mucho más que la gente que murió en las dos guerras mundiales, 100 veces más que los muertos de Hiroshima y Nagasaki, muchos más que los 60 millones que Mao y Stalin mataron de hambre, y bastante más que los decesos por VIH. Es una cifra casi inimaginable. Sin embargo, toda esta gente se viene salvando de la muerte, sin tener en cuenta que los que sobrevivían a la enfermedad quedaban muchas veces gravemente desfigurados e imposibilitados de llevar una vida normal.

    Por esta y muchas otras razones, convertir al lenguaje en objeto de sospecha permanente como si fuera instrumento de seres maléficos es un disparate. Sin embargo, sí cabe señalar cuando se utiliza mal o de manera sexista, siempre que este señalamiento sea razonable y respete equilibradamente todo lo bueno que nos proporciona esta singular riqueza cultural duramente adquirida por la especie a través de los milenios.

    Alberto Magnone