N° 2004 - 17 al 23 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su libro El poder en los hombres y en los pueblos, Bertrand Russell se sirvió de un perfecto encadenamiento de metáforas para caracterizar las distintas formas en que se ejerce el poder sobre las personas y los pueblos. Su hallazgo tiene que ver con la suerte de nuestros hermanos animales, que no es tan diferente a la de los rumiantes súbditos que infestan en masa las repúblicas modernas. La figura de Russell es magnífica, dice así: “Las diversas formas en que puede ejercerse poder sobre las personas se manifiestan más desnuda y simplemente en nuestras relaciones con los animales, en las que no se consideran necesarios los disfraces y los pretextos. Cuando un cerdo con una cuerda alrededor del lomo es alzado a la bodega de un barco a pesar de sus gruñidos, está sujeto a un poder físico directo sobre su cuerpo. Por otro lado, cuando el proverbial asno sigue a la proverbial zanahoria, le inducimos a actuar como queremos, persuadiéndolo de que está en su interés hacerlo. Intermediario entre estos dos casos es el de los animales amaestrados, cuyos hábitos han sido formados mediante castigos y recompensas. También, aunque algo diferente, es el caso del rebaño inducido a embarcarse en un buque cuando la oveja que va a la cabeza es obligada a entrar por la fuerza y todas las demás la siguen voluntariamente. Todas estas formas de poder tienen ejemplos en los seres humanos”.
Me gusta la fábula por cuanto facilita el acceso a uno de los conceptos axiales de Friedrich Hayex, cual es el de la coacción, fenómeno versátil que consigue rodear la totalidad de la existencia muchas veces sin que las víctimas tomen conciencia de cuánto están sufriendo por su causa, cuánta posibilidad de construir felicidad y esperanza pierden por efecto del múltiple suceso que lo ataca desde la mayoría de las opciones políticas. A este respecto, la economía, que es el campo preferente de la coacción grosera pero también de la discreta y solapada, no miente. Dice Hayek: “La coacción debe distinguirse cuidadosamente de las condiciones o términos en que nuestros semejantes se hallan dispuestos a prestarnos servicios u otorgarnos determinados beneficios. Solamente en circunstancias muy excepcionales, el control único de un servicio o requisito esencial para nosotros confiere a otra persona el verdadero poder de coacción. La vida en sociedad tiene como consecuencia necesaria el depender, para la satisfacción de la mayoría de nuestras necesidades, de los servicios de algunos de nuestros semejantes. En una sociedad libre, dichos servicios mutuos son voluntarios y cada uno puede elegir a quien quiera prestarlos y bajo qué condiciones. Los beneficios y oportunidades que nuestros semejantes nos brindan nos son ofrecidos tan solo si estamos dispuestos a satisfacer las condiciones que aquellos nos imponen. (…) Con tal de que los servicios de una persona determinada no sean indispensables para mi existencia o para la conservación de lo que yo más valoro, las condiciones exigidas para la prestación de dichos servicios no pueden llamarse propiamente coacción. Un monopolista puede ejercer verdadera coacción, sin embargo, si se tratase, por ejemplo, del propietario de un pozo en un oasis. (...) Un monopolio completo de empleos tal como el existente en un país plenamente socialista, en el que el Estado es el único empresario y propietario de todos los instrumentos de producción, significa un poder de coacción ilimitado. Como afirma León Trotsky, “donde el Estado es el único empresario, oposición significa muerte lenta por hambre”. El antiguo principio “el que no trabaje que no coma” ha sido reemplazado por otro: “el que no obedezca que no coma”.
A renglón seguido de esta determinación, Hayex postula lo que ha de ser la base de todo el pensamiento liberal, que apoya su idea de la libertad en la propiedad privada como extensión natural de la persona. “El reconocimiento de la propiedad privada constituye, pues, una condición esencial para impedir la coacción, aunque de ninguna manera sea la única. Raramente nos hallamos en condiciones de llevar a cabo un plan de acción coherente a menos que poseamos la seguridad del control exclusivo de algunos objetos materiales, y donde no los controlemos es necesario que sepamos quién lo hace si hemos de colaborar con los demás. El reconocimiento de la propiedad constituye evidentemente el primer paso en la delimitación de la esfera privada que nos protege contra la coacción.”