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    Que reviente Chomsky

    Te lo cuenta con la elocuencia de un gran conversador, la rigurosa información de un estudioso que sabe de qué habla y la ironía de un payaso ultraprofesional, porque tenía un poco de las tres cosas. Tom Wolfe (1931-2018) fue un consagrado periodista y exitoso escritor, y difundió con orgullo la inevitable subjetividad que siempre se instala —y que es el auténtico estilo y la verdadera voz— en la crónica más objetiva que se pretenda escribir. Se puede informar con precisión, y ese es el primer deber del periodista, pero en el colgado de la nota, en el título, en el copete, en los cortes de cada frase y cada párrafo siempre hay, aunque no sea de estricta voluntad, una elección, una posición que necesariamente conduce al lector hacia un lado y no hacia el otro. Esta idea la compartía con Hunter S. Thompson, otro exponente del nuevo periodismo y defensor a ultranza del punto de vista en la nota.

    En definitiva, Wolfe se interesó por el lenguaje, que es lo que diferencia al mono del… perdón, al hombre del mono. Somos lo que somos porque tenemos la capacidad de pensar simbólicamente, de hacer abstracciones, lo que nos lleva a comunicarnos, leer, escribir, sacar cuentas y cálculos, hacer puentes, edificios y aviones, especular con los alcances de la ciencia, los límites del universo y la metafísica del cangrejo. Y de paso, someter al resto de los animales, prácticamente a todos menos a los imbatibles insectos, que serán la especie triunfante y los últimos dueños de la Tierra cuando terminemos la meticulosa tarea de pudrir los suelos, las aguas y el aire. Los insectos son el origen y el final. Son los protagonistas absolutos de varias cosmogonías, una forma poética de explicar el mundo. La cosmogonía de los indios navajos, por ejemplo, tiene como figura esencial a una chinche chupadora que luego se transformó en langosta, que luego devino en un animal un tanto más complejo: el hombre. Detrás de todo, allá abajo, el insecto.

    ¿Pero de dónde viene la capacidad para el lenguaje? ¿Es innata o adquirida? ¿Viene con los genes o se aprende en la escuela? Bueno, Wolfe se echa en el sillón, se sirve un trago —uno solo, no era un borracho como Hunter Thompson—, se afloja la corbata blanca, se saca los zapatos también de un inmaculado blanco y te lo cuenta en El reino del lenguaje (Anagrama, 2018, 176 páginas), un libro revelador, peleador y muy divertido.

    Todo empezó con Darwin, dice Wolfe. El tipo realmente acertó con su teoría de la evolución. Las especies evolucionan, y el homo sapiens es un producto concluyente en esa cadena que arranca con una forma de vida sencillísima, digamos un renacuajo en un pozo de agua. El hombre no es Dios, ni un hijo de Dios, ni nada que se parezca a lo divino. Es un mono mejorado, y mejorado porque tiene lenguaje. Darwin tenía la teoría rondando en su cabeza pero no la materializaba en un estudio concreto, en un corpus ordenado, en un libro. El tipo perdía el tiempo en hermandades y clubes de flema británica selecta, de esas que fuman puros y beben coñac caro. Había estudiado y viajado por todo el mundo (pasó incluso por Montevideo) en un barco con nombre de perro, el Beagle, dice Wolfe. Y un tal Alfred Russel Wallace, un naturalista perdido en una isla asiática, trabajaba una teoría evolucionista similar que pretendía dar a conocer. Las alarmas se encendieron en los círculos darwinistas. No te podés dejar garronear por un don nadie: publicá algo y no jodas, le dijeron sus colegas de flema selecta. Darwin se encerró a laburar y en 1859 salió El origen de las especies, que resultó un bombazo, un golpe en las partes blandas de la humanidad. A Nietzsche, por ejemplo, le sirvió para elaborar una filosofía pesimista y trazar un futuro aún más sombrío: Dios ha muerto.

    Wallace, a quien Wolfe llama un “papamoscas”, ve entonces cómo su trabajo queda a un lado y el nombre de Darwin es encumbrado a los sitios más altos de la ciencia. Otras voces del prestigioso mundo científico emiten sus opiniones. El filólogo Max Müller adhiere a la tesis de Darwin pero agrega que el hombre es distinto al resto de los animales por el uso del lenguaje. Wallace sospecha que lo dejaron de lado con mala intención. Biólogo y furibundo ateo, no sabemos si producto del ninguneo o una brutal depresión, ahora se recuesta en el espiritismo. Dice que el hombre tiene una “inteligencia reguladora o fuerza indefinida” y se junta con pálidos y discordantes sujetos en caserones donde abundan el tarot, los juegos con una copa y los consecuentes ruidos y gemidos sin explicación. Wallace se pierde. Pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿de dónde sale el lenguaje?

    Ah, dice Darwin: del canto de los pájaros. El hombre trata de imitarlos y crea un complejo sistema de códigos que en definitiva se transforman en el lenguaje. Del pío-pío de los pájaros a las matemáticas y la ciencia… no parece serio, Darwin.

    Entonces interviene una figura del siglo XX que notoriamente cuenta con la antipatía de Wolfe, aunque reconoce su autoridad: el rey de los lingüistas, también filósofo, politólogo y activista estadounidense de izquierdas, el señor Noam Chomsky. Esta autoridad va y dice: el lenguaje es como los arquetipos jungianos, está predeterminado en todas las culturas y los idiomas, es una estructura mental preexistente. A la mierda los pajaritos de Darwin.

    Wolfe necesita voltear a este engreído Chomsky, que es idolatrado en todos los círculos académicos. Se mete más a fondo en la teoría contemporánea del origen del lenguaje y da con un antropólogo evangelista, Daniel L. Everett, que se fue a vivir al Amazonas con los pirahã, una tribu cuyo precario alfabeto consta de solo tres vocales y ocho consonantes, y hablan únicamente en tiempo presente. Everett aprende el pirahã y les habla a los indios de Jesús: “¿Es como tú? ¿De qué color es su pelo?”, preguntan los pirahã. Esta tribu es tan básica en su modo de expresarse que termina cuestionando, dice Wolfe, la teoría de que el lenguaje es algo preexistente y común a todas las culturas. Everett se pasa 30 años junto a estos indios y edita un libro apasionante que se llama No duermas… hay serpientes, una sentencia poética que no es otra cosa que el modo en que los pirahã dan las buenas noches. Vivir en el Amazonas es el horror, dice Wolfe: anacondas que pesan más de 230 kilos, víboras de todo tamaño y color que te inyectan un veneno capaz de desintegrar tus glóbulos rojos en minutos, boas que descienden de los árboles sin que te des cuenta, caimanes de siete metros que degluten monos enteros (y quien dice monos, dice hombres, con o sin lenguaje), arácnidos mortales y hasta ranas venenosas. “Caminar descalzo o en chancletas por territorio pirahã es una especie de ruleta rusa”, apunta Wolfe.

    El dardo venenoso contra Chomsky ha dado en el blanco. No duermas… hay serpientes demuestra que el lenguaje no es fruto de ninguna evolución ni un espacio predeterminado en el cerebro. Es sencillamente una herramienta. No hay gramática universal; el lenguaje es un artefacto, aunque no un artefacto cualquiera sino el primordial. Ahora, quien se ilumina es el propio Wolfe: “¡El habla es una auténtica arma nuclear!”. Y agrega seis nombres que cambiaron a la humanidad pura y exclusivamente a través de la palabra: Jesús, Mahoma, Juan Calvino, Marx, Freud y Darwin.

    Para bajar el tema aún más a tierra y a lo que ocurre en nuestros días, Wolfe nos recuerda que la ira es siempre la resultante que aterriza detrás del habla: “Hombres poderosos pueden decir una frase desacertada y decenas de miles de hombrecillos perder la vida en la guerra desencadenada en el instante en que esas palabras salen de sus labios”.

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