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    Racine después de Phèdre

    Columnista de Búsqueda

    N° 1665 - 07 al 13 de Junio de 2012

    La desgracia de Jean Racine fue que a muy temprana edad quedó huérfano de padre y madre y que sus parientes más cercanos no le tuvieron mayor consideración. La derivación afortunada de esa desgracia consitió en que, cuando apenas estaba saliendo de la infancia, fue adscrito a una de las pequeñas escuelas de Port-Royal, teniendo como maestros a Le Maître, a Nicol y a Lancelot.

    Estas escuelas, diseminadas en algún rincón de París y también en un arco no pequeño de la campiña, tenían un régimen que devendría famoso en su siglo y que marcaría una fuerte influencia para el desarrollo de los internados en las generaciones subsiguientes. Los alumnos, que no pasaban de seis por casa, vivían allí, dormían en el mismo cuatro que sus maestros y observaban una estricta rutina que incluía, además de los aspectos académicos, normas de urbanidad, deportes pedestres y ecuestres y un ejercicio pleno de las obligaciones religiosas de cada jornada.

    La enseñanza que recibían tenía fuertes componentes clásicos. Junto con las Escrituras, las Vidas de Santos y los sermones jansenistas, los chicos –que ingresaban a partir de los seis años—accedían de una manera asaz intensa, como en ningún otro lugar de Europa ocurría, a una educación greco-latina de muy exigente nivel. Solamente entre el segundo y el tercer año de la formación, por ejemplo, leían y analizaban en detalle y en sus respectivas lenguas textos de Homero, Hesíodo, Esopo, Heródoto, Tucídedes, Jenofonte, Aristóteles, Demóstenes, Virgilio, Horacio, Tácito, Plutarco, Séneca, Juvenal, Ovidio y Cicerón. A todo ello se le añadían matemáticas, geometría, física, gramática, retórica, lógica y teología. Según Lacretelle ( “Racine”, Librairie Académique Perrin, París, 1979), quien dedica más de dos enteros capítulos de su exhaustiva biografía del dramaturgo a la enseñanza de Port-Royal, tanto en la milicia como en la Corte y en la magistratura, en los salones literarios y filosóficos y en las profesiones liberales, los egresados de Port-Royal brillaban de un modo especial, aventajando en méritos y educación a la mayoría de sus colegas.

    Racine ingresó por una puerta indebida a la escuela. Ya era mayor para la edad mínima exigida, pero una tía abuela que había consagrado su vida al convento intercedió ante Arnauld para que al menos se le permitiera estar acompañado por sus pares y pudiera recibir algo de los bienes que dispensaban las escuelas. Pero tenía severos problemas de conducta; la orfandad y los largos abandonos que venía sufriendo templaron su carácter en una cuerda agresiva, insolente. Aunque, como tenía una desmedida curiosidad, sus maestros pronto pudieron domar esos dolores convertidos en agresión hacia los semejantes, y en poco tiempo el muchacho se convirtió en un alumno ejemplar. Con increíble capacidad, consiguió avanzar por sobre dos generaciones en sus estudios de la lengua y de la literatura de Grecia y se convirtió, por lo mismo, en el ejemplo más visible de las bondades del por entonces afamado sistema de Port-Royal.

    Si sorteamos las dos décadas y media en las que se va desplegando su genio y comienza a ser reconocido hasta convertirse en el autor más importante de su tiempo, al punto de desplazar la idolatría que en ciertos sectores rodeaba a Corneille, nos volvemos a encontrar con Racine de nuevo en Port-Royal. Esto ocurre tras el ruidoso estreno de Phèdre, para mí su tragedia más perfecta, que le mereció en París la repulsa de algunos salones, los recelos del rey, la maledicencia de la Corte, el asombro del público y la abominación abierta de ciertas franjas recalcitrantes de la opinión. Inspirada en “Hipólito Coronado”, de Eurípides, esta pieza da un giro al antecedente griego y se convierte en una entera pieza poética sobre el remordimiento. Port-Royal, que vivió todo esto muy de lejos, volvió a recibir a su dilecto hijo con orgullo luego de la inevitable disipación de costumbres a la que lo llevó el suceso en Versailles y el comercio con las gentes del mundo.

    Racine se casó con una joven que, vinculada a la comunidad jansenista, rompió sus lazos con la frivolidad que le había dado una respetable fortuna y terminó sus días en santo recogimiento, ofrendando a Dios oraciones y conductas. Ni su heroica Ifigenia que finalmente se salva, ni la enorme Andrómaca de tantos dolores, ni la desdichada Esther, ni Athalie con sus atroces furias, ya nada tienen que decirle. Solo le queda el eco de Phèdre, causa de muchos males, pero también del más estimulante de los juicios, que fue precisamente el de Arnauld, quien dijo, con severidad jansenista, que la tragedia mostraba que, cuando caemos en el pecado, Dios nos abandona a nosotros mismos y a la perversidad de nuestro corazón.

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