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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAdiós al amigo. En octubre de 2003, con la crisis estallada en el 2002 en pleno desarrollo de sus consecuencias sociales, políticas y económicas, un grupo de liberales resolvimos sumarnos al recientemente creado Partido Liberal del Uruguay.
Habida cuenta de las diferencias de enfoque que nuestro pequeño grupo pensaba darle a su esfuerzo electoral, surgió la idea de incorporarnos como agrupación independiente, lo cual se concretó en forma de sublema al que denominamos Libertad de Elegir. Dicha incorporación significaba que tendríamos necesariamente que conformar una lista separada de la lista oficial, con miras a las elecciones internas previstas para mayo de 2004.
Desde nuestro primer contacto con Julio Vera, presidente del Directorio y con los demás integrantes del mismo, preguntamos por Ramón Díaz. Se nos hacía difícil entender un movimiento político de claro corte libertario en Uruguay sin su participación. Se nos explicó que había sido invitado a participar como colaborador, pero que había preferido mantenerse al margen.
Con el correr de los meses y de las circunstancias, surgió en el seno de nuestro grupo la idea de contactarlo y solicitarle no solo su opinión, sino su participación directa en Libertad de Elegir.
Desde nuestras primeras conversaciones compartidas también por Eduardo Palacios, excelso liberal de esa escuela, nos dimos cuenta de que lo que había distanciado a Ramón del Partido Liberal no era otra cosa que el temor de algunos de que su figura eclipsara a la de otros esforzados liberales, que habían hecho el titánico esfuerzo de fundar ese partido.
Fue así que surgió la idea de ofrecer a Ramón la precandidatura a la presidencia por nuestra agrupación, posición meramente emblemática, que aceptó orgulloso.
Esa decisión y las maravillosas conversaciones que siguieron a la misma en su estudio de Plaza Independencia, en su casa, en reuniones diversas y con gran diversidad de personas, o durante nuestros traslados de un barrio a otro de Montevideo, fueron una experiencia invalorable e inolvidable.
La sencillez, el entusiasmo y la calidad humana con la que Ramón, reconocido abogado y economista, profesor de Economía Política, integrante de la Mount Pelerin Society de la que fuera presidente, fundador de Búsqueda, escritor, periodista y pensador sin claudicaciones abordaba estos desafíos en los que todos éramos aprendices, nos sorprendían día tras día. Su energía nos inspiraba.
A su vez, él se sorprendía al comprobar cómo las personas más sencillas tienden a razonar con criterio liberal y comprenden con absoluta facilidad los principios libertarios más elementales, porque estos están insertos en la naturaleza de las cosas.
Su frase: “…en el Uruguay, usted deja caer una semillita de burocracia y le brota un bosque!!” era nuestro caballito de batalla.
Como era de esperar, las elecciones internas fueron ganadas por la lista oficial que desde la sede del partido manejaba prensa y relaciones públicas y trabajó muy fuertemente para que Julio Vera fuera el candidato del Partido. Nunca se entendió que Ramón nos había dado la gran oportunidad de crecer como partido de su mano. Su aventura política con el Partido Liberal fue tan entusiasta como cuando concibió y publicó en muy breves cuadernillos aquellas audaces columnas de opinión, que luego dieron nacimiento a Búsqueda. Claro que su etapa vital no era la misma.
El temor a su natural protagonismo hizo que algunas personas dejaran de ver la importancia que para un movimiento tan incipiente como el nuestro significaba su figura, tanto en lo nacional como en lo internacional, y los apoyos que ese reconocimiento adquirido a lo largo de una vida de lucha por las ideas y la libertad habrían logrado obtener.
Ramón, a sus 78 años, jamás habría aceptado un cargo público a título personal y Julio Vera habría sido, muy probablemente, el primer diputado del partido, derecho que nadie hubiera podido arrebatarle porque había hecho el máximo esfuerzo para alcanzar esa posición.
Cómo solía comentar, donde se reúnen dos liberales auténticos suelen surgir dos opiniones. Y aquel era un grupo de liberales auténticos de los que en el Uruguay, gracias a su prédica irrenunciable y a pesar de las apariencias, existen más de los que se pueda suponer. La búsqueda de la verdad estaba garantizada. Nos faltó diálogo y tal vez algo más de tiempo para digerirlo.
Conocida la derrota electoral en la elección interna y el triunfo de la lista oficial, algunos aprovecharon el momento para criticarlo, tratando de hacer leña del árbol caído, argumentando que en política el éxito se mide en votos.
Su reacción no se hizo esperar: “Fracaso habría sido desperdiciar la oportunidad de dar otra batalla por las ideas, aunque tan solo fuéramos un puñado de liberales”.
Para mí, y me consta que para todos nosotros, ha sido un privilegio compartir esos momentos.
Nos queda su ejemplo, su mirada franca y una sonrisa eterna, avizorando un país y un mundo más justo y más libre, que las próximas generaciones de orientales sabrán valorar.
José Antonio Fontana