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Al “rescatar el liberalismo del ostracismo de la irrelevancia y el descrédito”, con la prédica de Ramón Díaz el “clima de ideas” en Uruguay cambió “sustancialmente para mejor desde los años sesenta del siglo pasado a la primera década” de la presente centuria. En algunos aspectos, como la apertura comercial o la compresión de la necesidad de preservar la ortodoxia en el manejo macroeconómico, hizo contribuciones “sensibles” y en otros, como el papel del Estado en la economía o una imperativa reforma en la educación o la Justicia, “los avances existieron, pero resta mucho camino aún por recorrer. Uruguay sigue necesitando un impulso liberal” con su inspiración, escribe Hernán Bonilla en el libro Ramón Díaz. Una biografía intelectual, presentado la semana pasada.
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Díaz nació en 1926, poco antes de la crisis mundial de 1929 y cuando en Uruguay el avance del estatismo y el proteccionismo ya eran patente. Cuando empezó a estudiar, los grandes intelectuales liberales del siglo XIX ya habían sido olvidados.
Si bien de adolescente y en su primera juventud tuvo ideas que Bonilla cataloga como inscriptas en un “socialismo utópico e ingenuo”, su gradual adopción del liberalismo como cosmovisión abarcativa y doctrina desde la cual interpretar la realidad se gestó en su “rechazo visceral al funcionamiento de la economía de mediados del siglo XX, anegada en el estatismo. Aquel Uruguay esclerosado por la burocracia, cerrado al mundo y en que la discrecionalidad del Estado frustraba el esfuerzo creativo de los uruguayos hasta llegar el país al estancamiento y la crisis, despertó su intelecto y su carácter para que se dedicara a la batalla de las ideas”, señala.
Se graduó de abogado, realizó estudios de posgrado en economía y fue profesor en varias universidades. Que haya compartido seminarios y paneles con algunas de las “cumbres del siglo anterior como Karl Popper, Friedrich Hayek o Milton Friedman, convocado por ellos mismos, da cuenta de su estatura. Que los pensadores liberales del mundo reunidos en la Sociedad Mont Pelerin lo hayan nombrado su presidente, siendo hasta el día de hoy el único sudamericano, nos da una nueva pista. Muy pocos uruguayos han tenido ese nivel de reconocimiento intelectual por sus pares más afamados en el mundo”, señala Bonilla, hoy presidente del Centro de Estudios para el Desarrollo.
En el ámbito público, ocupó diversos lugares: la subsecretaría del Ministerio de Industria y Comercio (1968-1969), la dirección de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) en 1970, así como la presidencia del Banco Central entre 1990 y 1993.
De su etapa en la OPP, el libro reseña un breve documento preparado por Díaz titulado Una estrategia para el desarrollo en el que sugería buscar la fuerza impulsora del país en su sector externo eliminando las detracciones y alentaba a un proceso de incremento de la productividad de los recursos nacionales. Planteaba, además, que “los empresarios deben pedir al gobierno una política que asegure para sus actividades mercados en permanente expansión, pero no que les ayude a mantener actividades ineficientes. Las dos cosas son incompatibles. Los empresarios que se contenten con la mediocridad del estancamiento no tienen lugar en el Uruguay del mañana”.
Apertura y Estado
La defensa de la apertura comercial al mundo estuvo plasmada en diversos documentos, artículos y hasta misivas. En una carta abierta dirigida al entonces senador y posteriormente ministro de Ganadería y luego presidente de la República José Mujica, luego del primer triunfo electoral del Frente Amplio en 2004, publicada en El Observador, confrontó la idea del extupamaro de que era “necesario reactivar el mercado interno en desmedro de las exportaciones que la revolución neoliberal conservadora colocó en lugar de demasiada primacía”. Díaz le señaló que “todos los países cuya economía funciona bien tienen una relación exportaciones a PBI mayor que los países a los que le va mal”, y cerró: “Mi advertencia, señor senador, está basada en hechos fácilmente corroborables, no en ningún enfoque dogmático. Pregunte a los economistas de su propia agrupación y verá cómo confirman lo que he escrito”.
Díaz, fundador de Búsqueda, tuvo en el rol del Estado en la economía otro de sus temas predilectos. En el primer editorial, publicado en 1972, señalaba: “Toda concentración de poder es potencialmente una amenaza para la libertad. Potencialmente, por lo tanto, lo es también el Estado. Pero, al mismo tiempo, sin Estado el individuo está perdido. Cuando impera la ley de la selva, la ley del más fuerte, solo el más fuerte es libre. (…) Es necesario que un poder superior a todos los demás evite que los otros puedan ejercer coacción sobre el individuo. Si este poder supremo se conduce con arreglo a normas preestablecidas, nos hallamos en el Estado de derecho, bajo cuyo reinado la libertad puede florecer”.
En el libro Los monopolios legales, editado por Búsqueda en 1989, Díaz tomó posición a favor de la competencia. ¿Qué justifica la intervención estatal? Para él, simplemente las fallas del propio mercado: “La característica distintiva de los bienes públicos, la que los vuelve inadecuados para canalizarse a través del sistema de mercado, consiste en su inapropiabilidad por quienes contraen su suministro, o sea, la imposibilidad de evitar que los demás aprovechen sin soportar los costos”.
Su enfoque realista aplicado a los monopolios legales lo llevó a referirse al comportamiento de los directores de las empresas públicas monopólicas y la sobreinversión. “El Palacio de la Luz, uno de los edificios de oficinas más lujoso de la ciudad, debió construirse mientras UTE descuidaba hacer las inversiones básicas de distribución y preparaba la etapa de frecuentes cortes de energía de que tan difícil parece que podamos salir”, planteaba en ese libro.
A su vez, en Las empresas públicas, el abogado se inclinó por una propuesta de reforma que denominó “moderada” y apuntó a suprimir los monopolios legales, fomentar la competencia, darles un objetivo económico a los entes y despolitizar por completo sus direcciones, además de financiarlas a través del mercado de capitales.
El funcionamiento de la Justicia en Uruguay, sus fallas, y la urgencia de introducir cambios en el proceso, fue otro tema recurrente en los artículos de Díaz. Por ejemplo, abogó por derogar el delito de “abuso de funciones”, por entender que pone en jaque indebidamente la libertad de una persona, al tratarse de un delito vidrioso y que se utiliza como último recurso cuando no pueden imputarse otros.
Díaz, recuerda Bonilla, también dedicó numerosos artículos a la libertad de enseñanza y la laicidad. Según el autor, su prédica influyó para que terminara el monopolio estatal en la educación universitaria, abriendo una etapa de mayor pluralismo que llega a la actualidad.
Hacia el fin del siglo XX Díaz reafirmaba la necesidad de introducir reformas de fondo en el sistema educativo, en todos sus niveles, con un sentido de urgencia que, señala el autor, está presente en la actualidad: “En nuestro país, el tiempo perdido hasta ahora es una verdadera tragedia, pero no se gana nada llorando sobre la leche derramada. Ha llegado el tiempo de actuar, y, cuanto antes, mejor”, escribía en una columna en El Observador.
Díaz falleció en enero de 2017, luego de haber estado alejado de la actividad pública en los últimos años de su vida, aunque —dice Bonilla— su obra cobró un “renovado interés” desde entonces.