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    Ramón

    Al principio no nos tuteábamos con Ramón Díaz. Teníamos una mera relación profesional: él como subsecretario de Industria y Comercio primero y como director de Planeamiento y Presupuesto, luego, y yo como periodista acreditado en Casa de Gobierno.

    La primera vez que tuve una charla personal con él fue el día que me suscribí a Búsqueda, en 1972. Fui a su escritorio, en el Edificio Artigas. Ramón se ocupaba de las suscripciones. En realidad, con la ayuda de Ramiro Rodríguez Villamil, se ocupaba de todo. Le provocó entusiasmo, quería saber por qué me interesaba leer Búsqueda, me habló sobre por qué la había fundado y sobre el mercado, sobre la doctrina liberal y contra el Estado. Ramón lo hacía todo con entusiasmo y lo fundamentaba. Era insistente.

    Yo escribía, entonces, para unas cuatro publicaciones del exterior y Búsqueda era una fuente más; sobre todo los artículos de Ramón. El que me llevó a suscribirme fue uno que tituló: “Todos estamos en libertad condicional”. Parece escrito para estos días. Esto es, se había adelantado por lo menos unos 45 años: como en tantas cosas que escribió y predicó, que guste o no guste, se coincida o no, fue así.

    Yo no soy tuteador. Debe ser porque soy de afuera. Con Ramón nos comenzamos a tutear unos tres años después de que comencé en Búsqueda. Jugábamos al tenis los sábados. Ramón corría todas las pelotas, aunque no tuviera la más remota posibilidad de llegar, las pedía todas y dejaba pasar pocas. No escatimaba esfuerzos. Ramón era Ramón, en donde fuera. Una vez, jugando de compañeros y tras él perder un tanto, se me vino como furioso (¿qué hice?, me pregunté) y me dijo ofuscado: “Yo no puedo jugar bien al tenis de compañero con una persona que no tuteo. Así que vamos a tutearnos”. Y así quedamos. Creo que igual perdimos.

    Durante años nos reuníamos dos o tres veces por semana. Por cuestiones de Búsqueda, las menos. Las más eran provocadas por mí para recibir clases sobre el tema que se me ocurriera y sobre el cual, cualquiera fuera, Ramón tenía una amplia información y un sólido conocimiento. Era efectivamente un intelectual, pero no de la montonera. Era un intelectual en serio y fenomenal, como lo han afirmado tantos en estos días —y yo reitero y doy fe.

    Ramón era energía pura. Una capacidad de trabajo sin límites y sin pausas. Y sin tiempos: hace unos años, seis o siete, Ramón tendría unos 85, lo llamé para saludarlo. Me atendió Ofelia, su compañera y sostén, y me dijo que había ido a tomar clases de francés.

    “Pero si Ramón habla francés”, le comenté. “Sí”, me dijo Ofelia, “pero ahora resolvió ir a unas clases de conversación, para no perder la fluidez y el dominio del idioma”.

    Esa energía, que era Ramón, desbordaba en el debate cuando defendía sus ideas o cuando opinaba. Energía que se convertía en furia frente a lo que entendía una injusticia. En esto Ramón no hacía distinción política ni ideológica. Y era difícil de frenar, porque arremetía y eran épocas de cuidarse, épocas de censuras, de arbitrariedades, de clausuras y de calabozos. Que las sufrió Búsqueda y las sufrió Ramón. “No podemos ni debemos escribir y empuñar la pluma mirando a los ojos del censor y atentos a los malhumores  y caprichos del mandamás de turno”, decía.

    Hablábamos sobre todo, le preguntaba sobre todo y aprendía de todo. Un día le pregunté sobre el obispo francés Marcel Lefebvre, que le armó sus líos a la Iglesia, y entonces supe de los concilios, evangelios, reformas, etc., etc. Le pregunté si estaba de acuerdo con Lefebvre y su respuesta fue que no. Que no porque el Papa decía que estaba errado y Ramón creía en la infalibilidad del Papa.

    “¿La infalibilidad del Papa, Ramón? ¿Puede un liberal creer que alguien es infalible?”, lo toreé. “Mientras no se refiera a  asuntos terrenales, sí”, fue su respuesta. (Ramón anticipándose: aquella respuesta que me dio hace tantos años refuerza su vigencia en estos días y puede ser de gran ayuda para muchos atribulados católicos confundidos con el quehacer del jefe de la Iglesia católica).

    Era un experto en marxismo y explicaba, hablaba y enseñaba sobre “El Capital” de Carlos Marx con el mismo conocimiento y neutralidad profesoral con que lo hacía respecto a “La riqueza de las naciones” de Adam Smith.

    Jorge Pacheco Areco, cuyo gabinete integró, no le caía del todo bien. Lo mismo le ocurría al ex presidente con respecto a Ramón. “Me quería explicar todo, traía tantas ideas y era tan insistente”, me dijo una vez Pacheco, con su tono gardeliano. Ramón fue más escueto sobre Pacheco: “Era un haragán”.

    Era sensible y de extrema ternura. También en ello era vehemente: cuando me entregó el obituario sobre Wilson Ferreira Aldunate, recuerdo como si fuera hoy y como me pasa ahora cuando escribo este articulo, que tenía los ojos llenos de lágrimas.

    Ramón Díaz fue un amante de la libertad. Un amante a cara descubierta, que no se escabullía en la clandestinidad ni en el silencio. Fue un intransigente defensor de la filosofía y la doctrina liberal, en todos sus extremos, en todos sus alcances y en todos los campos. Parece paradójico: un liberal que no transa. Ocurre que con lo que no transaba Ramón era con la intolerancia, con la mentira, con la hipocresía ni con lo que era políticamente correcto. Era revulsivo. Todo lo hacía con pasión, la que podía llevarlo a equivocarse en ocasiones, pero que le impedía callarse ante la injusticia o para salir en defensa de lo que creía, sobre todo en épocas en que callarse muchas veces se confundía con indignidad.

    Pienso que su Dios debe haber abierto, de par en par, las puertas de su casa grande para recibir a Ramón. Y con alfombra roja, supongo.

    ¡Qué menos!

    Contratapa
    2017-02-12T00:00:00