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    Realidad del poder

    Columnista de Búsqueda

    N° 1714 - 23 al 29 de Mayo de 2013

    Al promediar la primera década del siglo XX, Max Weber llegó a la conclusión de que la burocracia es una suerte de cúspide de la racionalidad; frente los poderes tradicionales o carismáticos, asentados principalmente en las emociones, el poder en su versión racional representa una evolución. En su pequeño opúsculo “¿Qué es Burocracia?” (Ediciones Tauro) nos explica que el gobierno público, esto es, la autoridad legal, es por definición autoridad burocrática, y se delimita por la congruente secuencia de tres fases de acción, a saber: “El principio de sectores jurisdiccionales estables y oficiales organizados en general normativamente, es decir, mediante leyes u ordenamientos administrativos. Las actividades normales exigidas por los objetivos de la estructura gobernada burocráticamente se reparten de manera estable como deberes oficiales. La autoridad que da las órdenes necesarias para la alternancia de esos deberes está repartida de manera estable y rigurosamente delimitada por normas referidas a los medios coactivos, físicos, sacerdotales o de otra especie, de que pueden disponer los funcionarios. El cumplimiento normal y continuado de esos deberes, así como el ejercicio de los derechos correspondientes, es asegurado por un sistema de normas; sólo pueden prestar servicios aquellas personas que, según reglas generales, están calificadas para ello”.

    Mientras fue corresponsal de guerra y viajó por diversos países, incluido los Estados Unidos, el español Ramiro de Maeztu, publicó en inglés “La crisis del humanismo”, donde en la primera parte, cuando trata de autoridad y poder, traza una reveladora semblanza de la burocracia, a la que asigna algunas peculiaridades que no observó Weber, pero que indiscutiblemente forman parte de su naturaleza. Lo más interesante que afirma al respecto es casi una paradoja de la ciencia económica; dice que la burocracia es “quizás la única clase social positivamente interesada en que aumente el número de sus miembros. Los trabajadores no están interesados en que aumente el número de los trabajadores; por el contrario, cuanto mayor sea el número de trabajadores en el mercado del trabajo, menor será el tipo medio de los salarios. Tampoco lo están los labradores propietarios, porque cuantos más sean en número, menor es el lote de tierra que corresponde a cada uno.

    Tampoco lo están los capitalistas, porque aunque los capitalistas no compiten los unos con los otros, sus diferentes masas de capital sí que compiten en el mercado, y un aumento en el número de capitalistas supone o bien una disminución en la cantidad de capital que posea cada uno de ellos, o bien un aumento en la cantidad total de capital disponible, lo cual entraña disminución en el tipo del interés que produzca. Pero los burócratas, en cambio, no están interesados en que se reduzca el número total de funcionarios porque ni ellos, ni sus salarios, que son fijos, están en competencia. Por el contrario, como los funcionarios públicos son una jerarquía, podemos sentar el principio general de que cuanto más amplias sean las bases de una organización oficial, más elevadas estarán sus cimas, de tal modo que la posición de los jefes de los departamentos de educación, defensa nacional, administración de justicia, etc., será tanto más alta cuanto mayor sea el número de burócratas empleados en el departamento; y que cada aumento en el número de personal de las categorías administrativas implica, obviamente, más oportunidades de ascenso para los empleados que entraron previamente en el servicio. De otra parte, excepto en el caso de sociedades que habitan países nuevos, cuyos habitantes se dan por entero a la pasión de explotar riquezas vírgenes, los empleos públicos son ambicionados necesariamente por un creciente número de gente, tanto por la dignidad social que suele dar el empleo al empleado, como por el hecho de que los burócratas viven de salarios fijos, lejos del mundo de la concurrencia, sin explotarse el uno al otro, y sin la presión de un amo que les obligue a ejercitar la desagradable misión de sacar al inferior todo el trabajo que pueda dar de sí. La atracción de los empleos burocráticos depende, en resumen, de su constitución gremial.”

    Maeztu escribe este texto al promediar la I Guerra mundial, cuando los bolcheviques triunfaban en Rusia y anunciaban un vasto Estado poblado de funcionarios. En Occidente los reflejos de esa caída se vivieron como tentación.

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