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    Recuerdos de arena

    Cabrera solo en Medio y Medio

    Solo con su guitarra, sus canciones, sus poesías, sus melodías y sus acordes levemente electrificados y asordinados. Cabrera frente a 200 personas bajo la Luna llena y con el susurro del viento atravesando los eucaliptus como telón de fondo. El jueves 28 el músico volvió a cantar en Medio y Medio de Portezuelo, que este año produce su habitual temporada de conciertos exclusivamente en su escenario mayor, a cielo abierto. Un entorno inmejorable para disfrutar de la música en verano, a prueba de protocolos.

    Si bien acaba de publicar Simple, este no fue un recital de presentación del nuevo disco —hizo solo Era el águila de la libertad— sino uno antológico, en el que el flaco nacido en Paso Molino hace 64 años se despachó con lo mejor de su repertorio. Comenzó con una canción prendada por la influencia de Eduardo Mateo titulada Yo quería ser como vos y terminó con una de sus más bellas melodías: Te abracé en la noche. Durante una hora y 20 minutos —metraje ideal para un concierto íntimo y minimal como este— recorrió una veintena de sitios claves de su largo y ancho repertorio, con epicentro en las capitales, como Imposibles, Punto muerto, La casa de al lado, Dulzura distante, Viveza, Agua, Puerta de los dos, Diseño de interiores y El tiempo está después.

    Se sumaron parajes recientemente descubiertos en este frondoso territorio de canciones, como Caminos en flor, dedicada “a los artistas ambulantes que van y vienen por rutas y caminos”; Oración, plegaria pagana que termina con un amén; y Buena madera, dedicada a su hermano carpintero: Esta mesa me confesó / que soñó sostener la copa / y también me dijo que te dijera / renace el árbol que tu alma toca.

    Para bien de todo cabreriano de ley, han vuelto a su lista dos temas de Viveza (2002), su disco consagratorio a escala regional: Críticas, una letra que recopila “frases y cosas que me dijeron mis amigos, mis parientes y mis ex” (mis canciones son cerradas, mis pasiones son erradas, tengo la cabeza atada, tengo la mira dañada, que soy feliz); y Lisa se casó, tragicomedia hecha canción que narra la boda (con otro) de un viejo amor (no es asunto de amor sino de matrimonio) donde nuestro protagonista sufre la tortura de tener que leer en el altar frente a rubicundos primos con manos de granjero.

    Hay un patrón que se repite en los últimos años: luego de un comienzo algo frío, en el que se sobrepone a algún fugaz contratiempo vocal, sus cuerdas vocales entran en calor y emerge el intérprete encendido, el performer desbordante de entrega y emoción. Como Por ejemplo, la hermosa e inoxidable balada que evoca aquellas tardes con Marindia en el Sol, que cantó a dúo con la argentina Loli Molina, acompañados por la guitarra de Nico Ibarburu, quienes se presentaban allí mismo al día siguiente.

    Cabrera disfrutó tanto como su público, agradeció “a esta casa que visito desde hace tantos años” y demostró una vez más que su opción por el celibato escénico y su obsesión por la sustracción, por aislar las células madres de cada canción y tocar solo las notas fundamentales en su guitarra no han hecho más que potenciar su capacidad expresiva y mantenerlo como uno de nuestros imprescindibles, de esos a los que siempre hay que volver a ver.

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