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    Regalitos llenos de sentido

    A los 85 años murió Philip Roth

    —Yo no tengo religión.

    —¿Ah, no?

    —No creo en Dios.

    —Cállate y ponte una camisa limpia y una corbata que hoy es Rosh Hashanah. ¡Y quítate esos mocasines! ¿Qué te crees, que eres un indio de las praderas?

    —Mira, no creo en Dios y no creo en la religión judía, ni en ninguna otra. Son todas mentira.

    —Mentira, ¿verdad? ¿Y quién creó el mundo y sus habitantes, señor sabelotodo? ¿Nadie?

    —¡Exactamente! ¡Nadie!

    El diálogo entre el padre, defensor de las tradiciones, y el hijo adolescente, es de El mal de Portnoy, la novela que encumbró a la fama al escritor Philip Roth, que falleció a los 85 años este martes por la noche en Manhattan. El mal de Portnoy distribuye ironía por todos lados: “¡Qué asco pueden dar los seres humanos! A los judíos los aborrezco por su estrechez mental, por su arrogancia moral, por la noción increíblemente extraña que tienen esos cavernícolas padres y parientes míos —y que no sé de dónde habrán sacado— de su superioridad sobre los demás… Pero en cuanto a horteras y baratos, en cuanto a creencias que abochornarían a un gorila, ahí no hay quien les gane a los goyim”.

    Los escritores prolíficos como Roth —autor de novelas, cuentos y ensayos debidamente recibidos con todos los premios posibles menos el Nobel; también fue profesor de Literatura— libran una monstruosa y silenciosa batalla con las palabras y la creatividad para intentar dar forma a un producto, para arrojar algo de luz y orden con sentido y música en este caos terrible y maravilloso que es el mundo. Es un constante desgaste físico y mental. Hacía unos años que Roth ya se había retirado de la producción literaria. Pero el descanso nunca es completo, porque el cuerpo se arruga, se comprime y se rompe por etapas, todas dolorosas. Se pueden contemplar las luces de los rascacielos en la noche durante horas con todas las comodidades a tu alcance, pero al final nadie, con o sin religión, tiene otra oportunidad ni un plazo de gracia especial en esta vida.

    Escribiendo de sus emociones cercanas, qué es ser judío, qué es estar arrojado al mundo, qué es interactuar con el prójimo e intentar comprenderlo, Roth pareció abarcarlo todo. Según lo confesó él mismo en Los hechos, le llevó un buen tiempo desprenderse de la autoridad literaria de Henry James para poder escribir con libertad y depurar un estilo. Las palabras son el pensamiento. Con las palabras se construye y se destruye. Pero no son solo balas y bombas, dice Roth. También son regalitos llenos de sentido.

    Siempre habló de la dificultad de estar encarnado. De la dificultad de controlar y dar rienda suelta al deseo. De la muerte y de la vejez. Y de la sexualidad, porque uno es realmente uno, sostenía Roth, en el acto sexual, cuando las pulsiones liberan al verdadero ser que vibra y sujeta tus huesos. En sus libros pululan esos momentos.

    Sus últimos personajes siempre aparecían reventados, de vuelta de todo, hastiados del siglo XX y de sus masacres. Pero todavía emergían con fuerzas de una operación de cáncer de próstata o de alguna dolencia propia de la edad; ya habían enterrado a familiares y seres queridos y estaban en el ocaso de la vida. Y sin embargo se las ingeniaban para conquistar a una mujer joven y atractiva, a la personal trainer o a la enfermera que te daba las inyecciones. Y así volvían a estar en el ruedo, lo que inevitablemente provocaba cortocircuitos en el pensamiento y en los afectos.

    En Roth hay diversión y humor tanto como intimidad y confesión. Es entrar en una galería diseñada por un tipo inteligente que no concentra las tintas solo en ciertos aspectos de la realidad. Roth escribe como si estuviese sentado al lado tuyo, hablándote.

    La vida de un escritor remite a sus caracterizaciones, y la más famosa de Roth fue Nathan Zuckerman. Allí se encontraba cómodo porque Zucker­man era un intelectual judío, un escritor, un sujeto que podía entrar y salir del mundo goy y del mundo judío con mayores facilidades que el propio autor. Los personajes no tienen que rendirle cuentas a nadie. Luego, los personajes irremediablemente remitirán a su autor.

    Zuckerman se pregunta qué hubiesen hecho Tolstoi, Chéjov o Conrad en su lugar.

    Zuckerman se burla de las reseñas que escriben de sus libros.

    Zuckerman habla de Kierkegaard antes de follar. Pero Kierkegaard es un mero accidente, porque follar es más importante.

    En su novela Patrimonio, una historia verdadera, repasa la vida de sus padres y, por ende, repasa su propia existencia, con el humor y la ironía que le caracterizaban y esa claridad para decir las cosas de un modo crudo, inapelable: “Mi madre y los demás muertos se hallaban en el cementerio como consecuencia de la fuerza impulsora de un accidente aún más improbable: haber vivido”. Y su padre, luego de varios tratamientos y tal cual lo habían depositado en la camilla, parecía como si hubiese “sufrido una pelea a cien asaltos con Joe Louis”.

    Haber vivido. Nadie sale ileso de semejante aventura. En el libro El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, Roth dialoga con Primo Levi, Edna O’Brien, Ivan Klíma y Milan Kundera, entre otros, sobre los totalitarismos, Kafka, Praga y la cultura judía, el humor y hasta dónde es sano llegar con el pesimismo. Todos prefieren mirar hacia la literatura y no hacia el mundo real.

    Había nacido en 1933 en Newark, New Jersey, una zona a la que recuerda en Indignación como reducto cuajado de sangre irlandesa, italiana, alemana, eslava, judía y negra, con gente trabajadora, tosca y medio xenófoba. Es la mancha multiclasista y multirracial de América, esa América a la que le escribió desde diversos costados, no solo desde la perspectiva del judío, sino también del negro y del impostor, como en La mancha humana, que cierra su trilogía sobre América, junto con Pastoral americana y Me casé con un comunista. Vivir toda la vida como un blanco que oculta a un negro en su interior, un principio de supervivencia probado.

    Elegía, la mejor de sus últimas novelas, comienza en un cementerio alrededor de una tumba, donde los deudos han ido a despedir a un viejo y exitoso publicista. Como si fuese una cámara que se alza con una grúa, la pluma de Roth se abre a familiares, amigos y recuerdos (“Cuesta tanto creer… Sigo pensando en él nadando en la bahía”), para dar cabida a ese “hermano pequeño”, el personaje central de la novela, que tuvo un físico envidiable, tres matrimonios desastrosos y múltiples aventuras, hijos que le quieren y otros que le detestan, una composición seductora y también antipática, es decir, compleja.

    El escritor debe observar y anotar. Como dice Roth al final de Patrimonio: “No hay que olvidar nada”.

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