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Nadie va a descubrir ahora que Tomás de Mattos (Montevideo, 1947-Tacuarembó, 2016) es una de las plumas destacadas de este país. Lo que sí puede ser más pertinente es consignar que el género cuentos no era transitado por el autor desde 1984, con La gran sequía, y que luego de su resonante éxito en 1988 con la novela ¡Bernabé, Bernabé!, su producción literaria siguió invariablemente instalada en la novela y últimamente en la biografía novelada, con los dos voluminosos tomos sobre José Pedro Varela (El hombre de marzo, 2013). En consecuencia, hay una primera cuestión a saludar y destacar y es que con Vida de gallos (Alfaguara, 2016, 186 páginas), De Mattos regresa a la cuentística, género que hacía más de 30 años no frecuentaba. Son los últimos relatos que escribía el autor cuando lo sorprendió la muerte en marzo de este año.
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Se trata de nueve cuentos de la invención más variada. La raleada sonrisa de la vida narra las tribulaciones amorosas de un veterano médico de pueblo, enamorado calladamente de una joven del lugar, nostálgico de un París que conoció en su juventud, que debe asistir en menos de una semana a tres defunciones de vecinos, dos de ellos relacionados directamente con su inconfesada enamorada.
Vida de gallos, que da título al conjunto, es una brevísima fotografía del sórdido transcurrir de la infancia de unos niños al cuidado de un tío criador de gallos de riña y de cómo un crimen pasional termina de un plumazo con los gallos.
Dos pruebas de adulterio delata la calidad de abogado del autor, en un relato desopilante sobre las cavilaciones jurídicas de un juez ante el adulterio de la mujer y del marido de un mismo matrimonio, en una suerte de empate de adulterios que arroja dudas sobre quién debería perder los gananciales. La explicación de don Rafael, que sospecha de que Elena, su mujer, lo engaña, merece transcribirse: “Elena es una buena pareja desde que se excita; pero siempre pasa por una fase medrosa, porque al ser de talla pequeña, estrecha y muy seca, le incomoda la idea de la inminencia de la penetración. En los prolegómenos entonces, había que ser muy paciente y delicado y consumir una cantidad excepcional de vaselina. Pero a pesar de que en la última semana no había poseído a Elena, el frasco donde guardaban el fluido estaba casi vacío”.
Un muchacho muy correcto y Mister Fair Play se ocupan de dos historias de amor y celos con sendos finales sangrientos. En este último relato, el desarrollo resulta quizás algo estirado; más de una vez parece que la historia se aproxima a su final y sin embargo no es así. En cambio, en Cuchilla en mano, De Mattos retoma una bienvenida concisión y brevedad, además de un humor impagable en esa historia de un viejo verde que se va de putas nada menos que en Nochebuena. Aquí por suerte la sangre no llega al río.
La venda blanca deja descansar el amor y los celos para meterse en el siglo XVIII con la historia de Pascual Faruolo, un italiano sesentón, gimnasta y equilibrista, que acompañado de sus hijas recorre los pueblos dando un espectáculo de equilibrio sobre una cuerda tensada a gran altura, con los ojos vendados. La ciudadana emperatriz es la narración que el botánico Aimé Bonpland hace de su relación con María Josefina Tascher de la Pagerie, la mujer de Napoleón Bonaparte, relación que se afianza cuando ella lo contrata para hacerse cargo de los jardines de la Malmaison. Como se sabe, el castillo de Malmaison había sido un antojo de Josefina, que había gastado una fortuna en su compra. Oriunda de Martinica y con nostalgia de la vegetación de la isla, Josefina decide hacer de los enormes jardines del palacio una suerte de Edén, con fauna y flora traída de varias partes del mundo y para esa tarea contrata a Bonpland. El relato, quizás lo mejor del libro, descansa sobre una base histórica. De Mattos describe con elegancia y ternura la admiración del botánico por la emperatriz: “Si repasamos su vida, advertimos un ascenso continuo, gracias a sus cualidades extraordinarias ejercidas en contextos de acotadas posibilidades. Fue una mujer que se hizo a sí misma; una plebeya inculta que llegó a civilizada emperatriz”. Cuando la ve por primera vez en la entrevista en la que será contratado, Bonpland descubre con asombro que Josefina se tapa la boca cuando le habla: “Ese mismo día me di cuenta de que al hablar hacía todo lo posible para que no se le viera una dentadura diezmada por las caries contraídas al chupar cañas de azúcar cuando niña. Pese a la reducción de piezas dentales que sufría, hablaba con una voz grave y sensual, espléndidamente modulada, lo que trasuntaba afanosos e infatigables ensayos”.
El libro finaliza con La guerra santa, donde se respiran aires de ¡Bernabé, Bernabé!, ya que la acción transcurre en el pueblo de San Borja en Durazno y relata el enfrentamiento de un grupo de guenoas y guaraníes con la feligresía católica, en torno a la propiedad de una campana de bronce que los últimos les arrebatan a los primeros.
El libro se lee de un tirón, en un disfrute permanente de la fluidez del lenguaje que transita con elegancia y maestría, mientras retrata a sus personajes con una inocultable dosis de humor y ternura.