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El cineasta Guillermo Rocamora (Montevideo, 1981) estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de la República y Guion en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba. Su primer filme de ficción, Solo (2013), es una historia sobre lo que le sucede a un hombre cuando cree que se presenta ante él una segunda oportunidad en la vida. La libertad es una palabra grande (Uruguay, 71 minutos), su primer largometraje documental, también va por ese lado. Aunque al principio, él no lo sabía.
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“A mí no se me ocurrió, se le ocurrió a Santiago López”, dice el realizador cuando se le pregunta la razón por la que hizo un documental sobre uno de los seis liberados de la Base Naval de Bahía de Guantánamo, que en diciembre de 2014 fueron recibidos en Uruguay en calidad de refugiados. “Apenas llegaron, Santiago me dijo que había que hacer una película con ellos”, recuerda. “Francamente, no me interesaba: veía lo de los mamelucos naranja, lo de las huelgas de hambre, no quería entrar en ese morbo. Además, me parecía viejo: todo el tiempo estaban saliendo informes de televisión sobre los refugiados”.
López es productor ejecutivo de Oriental Features, firma que ha brindado servicios de producción para HBO, Netflix y Discovery Channel, entre otros, y que ha participado en la realización de ficciones como El otro hermano (2017), de Adrián Caetano. En los papeles de productor y director, López y Rocamora ya habían trabajado juntos en La esencia de Carolina Herrera de Báez (2013) para Discovery Channel, y en la serie documental Cocaine Kingpin: The Story of Pablo Escobar (2014) para el canal estadounidense Fusion TV.
“Santiago insistió. Quizás podíamos hacer un especial como el de la historia de Escobar, pensé. Entonces nos empezamos a arrimar. Aunque todavía no me había dado cuenta de que podíamos acercarnos de otra forma… que fue lo que terminamos haciendo”, explica el director y guionista, cuyo documental se estrena hoy jueves 8 después de haber sido presentado en el International Documentary Film Festival (IDFA) de Ámsterdam. “Hablamos en el PIT-CNT, en la B’nai B’rith, en la Embajada de Estados Unidos, para que todos supieran que estábamos interesados en hacer algo, aunque en verdad no teníamos muy claro qué. Llegamos a hablar fugazmente con alguno de los refugiados en la puerta de la casa del PIT-CNT. Sabíamos que si era una película, no iba a ser con los seis, tenía que ser con uno o dos, tres como máximo. Ya se comentaba que desde Hollywood le habían ofrecido no sé cuántos millones a uno para hacer una película. No sé si fue verdad, era un comentario que estaba en la vuelta”.
Así pasan los meses hasta que un día un amigo de Rocamora, amigo a su vez de Christian Mirza, el interlocutor designado por el gobierno de José Mujica para tratar con los liberados, pone a ambos en contacto. Concretan un encuentro. “Le conté que el proyecto implicaba que la persona nos abriera su intimidad. Y tenía que tener en cuenta que podía llevar un par de años”. Tiempo después, llamada de Mirza. Le habla de Mohammed Motan. Palestino, 32 años, de los cuales 13 pasó en la cárcel de Guantánamo. Motan llegó a Uruguay y seis meses más tarde contrajo matrimonio con una uruguaya, también practicante del Islam. Como los otros cinco, estaba reiniciando su vida. Mirza dice que quizás sea lo que están buscando. Se concreta un nuevo encuentro. Esta vez con Motan y su esposa, Aziz, con el interlocutor del gobierno, el productor, el director y Samir Safadi, el traductor. “En aquel momento nos interesaba el pasado, mucho más de lo que terminó interesándonos después”.
La primera impresión que el director tuvo de quien se convertiría en el protagonista de la película fue que se trataba de una persona muy reservada y también distante. Motan es grande, corpulento, la mirada serena y ligeramente cansada, tiene marcas en la frente, huellas de su encuentro con Dios. Las marcas son producto de apoyar la cabeza en el piso cada vez que realiza las postraciones de sus rezos, una lección de humildad en la que su parte más alta, la que está más cerca del cielo, es llevada a lo más bajo, la tierra. En el filme, ese acto simple, cotidiano y al mismo tiempo inmenso, que se produce cinco veces al día, ocupa un momento muy breve. “Cuando filmás la intimidad de una persona mucho tiempo tenés que respetarla y cuidarla”, explica el director. Las señales del Islam en la vida privada de Motan y su esposa aparecen en otros segmentos, como cuando él se hace una revisión médica o cuando ella solicita ser atendida por una mujer durante el parto.
La libertad es una palabra grande no insiste en el papel de lo religioso en la vida de su protagonista porque lo religioso es parte de la configuración de esa vida. Como las impresiones en su frente: a veces pueden notarse con mayor nitidez e incluso llamar la atención, otras veces pueden verse como un rasgo más de ese rostro. Son parte de él. El documental elige recorrer otro camino, armándose de distintos momentos que reflejan una idea base: lo que sucede cuando se presenta la oportunidad de empezar de nuevo, en un país desconocido, en una lengua y una cultura ajenas a las que ha recibido en su formación.
Motan se saca la cédula uruguaya, realiza la prueba para obtener la libreta de conducir, asiste a un curso de carpintería, va a la oficina de Sedhu (Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana), se hace exámenes médicos, viaja a Rivera, aprende a manejar maquinaria pesada, se convierte en padre. Motan está dentro de un auto, dentro de una máquina excavadora, dentro de un ómnibus, dentro de un taller, dentro de una oficina, dentro de su casa, dentro de un ascensor. Hay pocos instantes en los que se lo ve al aire libre, caminando por la calle, pescando o dándose un chapuzón.
“No intervenimos en absolutamente nada. Solo filmamos”, dice Rocamora. “Cuando fuimos a Tres Cruces simplemente lo seguimos. No quería darle indicaciones, parate acá, la oficina de Turil está allá, preguntá por los pasajes, y así. No. Lo dejamos hacer y lo acompañamos a los lugares que podíamos. Cuando se lo ve en el ómnibus es porque va a clase de carpintería, no porque hayamos querido rodar escenas de él en la ciudad”.
En los tramos que transcurren en Rivera, se habla en árabe. Rocamora y su equipo no entendían una palabra de lo que decían Mohammed y las personas con las que conversaba. “Seguíamos filmando, a ciegas. Me enteré de que Mohammed le decía a su amigo que se iba a la frontera seis meses después de haber filmado ese momento”. Esa fue una de las razones por las que decidió tomar clases de árabe con Safadi, el intérprete. El gesto afianzó de otra manera el lazo entre el documentalista y su retratado. De hecho, se generó un vínculo de amistad entre ambos. “Durante el rodaje, nunca miró a cámara, nunca preguntó nada y se movió con mucha naturalidad. En un momento que cortamos para comer, le comentamos que lo veíamos muy bien, muy natural con la cámara. ‘Lo que pasa es que allá en Guantánamo nos filmaban todo el tiempo’, dijo. ‘Y las cámaras eran mucho más grandes’”.
Fueron casi tres años de rodaje que quedan comprimidos en poco más de 70 minutos en los que se ve a un hombre tratar de insertarse en la sociedad y hacer todo lo posible por conseguir trabajo. Y no lo logra. Mohammed tiene libreta para manejar autos, ómnibus, máquinas, camiones con doble eje (“solo le falta manejar la Enterprise”, dice Rocamora), y aun así no consigue un trabajo estable. Hay una escena en la que habla con su interlocutor del Sedhu, quien le dice que entiende que esté enojado por la situación. Alcanza ver la mirada del palestino para comprender que “enojado” no es la palabra adecuada. “No es enojo”, dice el director. “Es desesperación”.