No será fácil para cualquier lector leer sin desmayo las quinientas páginas de El Reino. A su favor cuenta con la prosa de un escritor de raza, siempre agudo, a veces sorprendente. En su contra tiene la necesidad de contar en lo previo con cierta formación básica en filosofía, en la historia de la Antigüedad y fundamentalmente en el conocimiento del libro de los Hechos de los Apóstoles. Quienes no tengan esta información previa disfrutarán menos El Reino y por momentos se verán sobrepasados por un torrente de erudición en campos no cotidianos del conocimiento. Esa erudición torrencial se verá no obstante muchas veces aliviada por la agudeza y el humor de las reflexiones del autor de Limónov.
El libro se divide en cuatro capítulos flanqueados por un prólogo y un epílogo. El prólogo y el primer capítulo es quizás lo más interesante. Trata de la conversión a la fe católica y la posterior crisis de fe de Carrère. En 1990 se convierte, y durante los tres años siguientes lee a San Juan y llena varios cuadernos con apuntes sobre esas lecturas, se casa por la Iglesia, bautiza a sus dos hijos, asiste a misa diariamente, se confiesa, comulga, de noche reza con sus hijos. Tres años después, una crisis desbarata su fe y en esa crisis va y viene, visita un par de psicoanalistas. En 2005 está muy mal y visita a un tercero, de enorme prestigio. El psicoanalista se niega a analizarlo porque vislumbra que el paciente, después de dos tratamientos, sabe ya todos los trucos. Le dice entonces: “Si yo fuera usted probaría otra cosa”. ‘¿Qué?’, pregunté, investido de la superioridad del incurable. “Bueno”, respondió, “ha hablado de suicidio. No tiene buena prensa en los tiempos que corren pero a veces es una solución”. Guardó silencio después de decir esto. Luego agregó: “Si no, siga viviendo”.
El primer capítulo del libro ahonda en el relato de esos tres años (1990-1993) en que el autor descubre y practica la fe. Aparece esa iniciadora en el camino, su tía Jacqueline, que le entrega el Nuevo Testamento y le dice algo tan sabio como: “Ahora intenta leer y también no ser demasiado inteligente”. Ella sabía que su sobrino “era incapaz de simplicidad, era tortuoso, alguien que busca tres pies al gato, que se adelanta a objeciones que nadie piensa formularle, que no puede pensar una cosa sin pensar al mismo tiempo lo contrario y luego lo contrario de lo contrario, y que con este tejemaneje mental se extenúa para nada”. Es ella también quien le presenta a Hervé, “… un hombre que no era irónico ni maldiciente. No se las daba de listo. No le preocupaba el efecto que producía. No jugaba a ningún juego social. Intentaba decir con calma y precisión lo que pensaba”.
Ese hombre se transformará en amigo íntimo de Carrère durante los siguientes veintitrés años. Una amistad tranquila, sin crisis ni eclipse, llevando vidas diferentes, sin amigos comunes, sin vivir en la misma ciudad, solo viéndose una vez al año por unos pocos días en el pueblo Le Levron para hablar de sus respectivos interiores, rezar y meditar, durante largos silencios. Ese es el hombre que le dirá a Carrère: “Ábrete al misterio en vez de descartarlo a priori”.
Esa amistad profunda con Hervé, que profesaba algo parecido al budismo y al estoicismo de Séneca, no le impedirá al autor criticar las creencias de su amigo y analizar más adelante cómo Jesús y Pablo rompen con ese pensamiento: “El estoico tiende a transformarse en algo parecido a un regulador térmico cuya función es mantener el calor a un nivel constante cuando la temperatura varía. Humor ecuánime, quietud, alma bien ordenada. Al budismo y al estoicismo les falta algo de esencial y de trágico que existe en el corazón del cristianismo…. Estoicos y budistas creen en los poderes de la razón e ignoran o relativizan los abismos del conflicto interior…. Cuando Pablo dice “No hago el bien que amo sino el mal que odio”… se sale totalmente del marco del pensamiento antiguo”.
Los tres capítulos siguientes son una investigación que tiene por centro a Pablo en su viaje por Grecia y por Judea entre los años 58 y 60, para culminar estudiando la figura de Lucas en Roma entre los años 60 y 90. Aquí la realidad histórica se mezcla con dosis de ficción que el mismo autor anuncia cuando carece de fuentes, como por ejemplo lo que puede haber ocurrido durante los dos años que Pablo pasó en Cesarea.
El norte de la brújula de Carrère es examinar el nacimiento de la Iglesia después de Jesús, el significado de sus enseñanzas, en qué consiste el meollo de la fe y del Reino anunciado por Cristo. Casi nada.
Por suerte, entre tanta trascendencia no faltan los toques de humor. Hablando del idioma de los judíos menciona la antigua lengua que era el hebreo y la más moderna que era el arameo y se hablaba en Jerusalén. Y agrega: “En todos los demás lugares los judíos hablaban griego, como todo el mundo. Incluso lo hablaban los romanos, que habían conquistado a los griegos, lo cual es, pensándolo bien, tan extraño como si los ingleses, tras conquistar la India, hubiesen adoptado el sánscrito y que esta lengua hubiera sido la dominante en todo el mundo”. Refiriéndose a la ciudad de Jerusalén, dice: “… la chaladura religiosa de esta ciudad en que los judíos, los musulmanes y los cristianos se disputan el menor fragmento de muro, el más mínimo conducto subterráneo, alegando cada litigante que ellos fueron los primeros que estuvieron allí, convierte la arqueología en una disciplina de alto riesgo”.
El epílogo tiende un puente entre la Roma del año 90 y la actualidad para preguntarse cómo evolucionó aquella primera Iglesia formada por pequeños grupos de cristianos hasta hoy, con todo lo que ocurrió en estos dos mil años. Esta suerte de balance le permite una interesantísima reflexión: el cristianismo es un organismo vivo y como tal su crecimiento y transformación es normal. “Un niño que permanece niño es un niño muerto. Jesús era la pequeña infancia de este organismo, Pablo y la Iglesia de los primeros siglos, su adolescente rebelde y apasionado. Con la conversión de Constantino comienza la larga historia de la cristiandad en Occidente, o sea una vida adulta y una carrera profesional compuesta de pesadas responsabilidades, de grandes éxitos, de poderes inmensos, de compromisos y faltas que avergüenzan”, anota Carrère. Pero de inmediato especifica su asombro, que no reside en lo que la Iglesia cambió y con ello se alejó de su origen, sino en la curiosa postura que se sostiene hasta hoy de rescatar ese origen como lo único verdadero, renegando de todo lo ocurrido después. Lo dice con estas palabras: “Lo que más me asombra no es que la Iglesia se haya alejado hasta ese extremo de lo que era originalmente. Por el contrario, es que, aunque no lo consiga, se fije hasta ese punto el ideal de ser fiel a su origen. Ese origen nunca lo ha olvidado… Al contrario que los judíos, que proyectan su realización en el futuro, al contrario que Pablo… que solo pensaba en el crecimiento orgánico, continuo, de su minúscula Iglesia, la cristiandad sitúa su edad de oro en el pasado. Piensa que su momento de verdad absoluta tras el cual las cosas solo podían estropearse, son esos dos o tres años en que Jesús predicó en Galilea y después murió en Jerusalén y la Iglesia, según su propia confesión, solo está viva cuando se aproxima a estos hechos”.
Otras reflexiones enriquecen al libro, como aquella que plantea las contradicciones sobre qué es la fe: “Según Pablo, lo esencial es creer en la resurrección de Cristo y el resto se da por añadidura. Según Santiago, lo esencial es ser misericordioso, socorrer a los pobres, no darse ínfulas y quien hace todo esto sin creer en la resurrección de Cristo estará siempre mil veces más cerca de él que alguien que cree en ella y se queda con los brazos cruzados… El Reino es para los buenos samaritanos, las putas amorosas, los hijos pródigos, no para los maestros del pensamiento ni para los hombres que se creen por encima de los demás…”.
O la que directamente, y para hacer honor al título del libro, se plantea qué es el Reino y de esa manera interna al lector en un terreno apasionante, inasible, donde con toda claridad la erudición y la perspicacia del autor son insuficientes para aprehenderlo. Jesús compara al Reino “con un grano de mostaza que germina en la tierra… pero también con un árbol inmenso en el que los pájaros hacen su nido. El Reino es a la vez el árbol y el grano, lo que debe advenir y lo que ya ha ocurrido. No es un más allá sino una dimensión que la mayoría de las veces es invisible para nosotros pero que aflora en ocasiones, misteriosamente, y en esta dimensión tiene quizás sentido creer, contra toda evidencia, que los últimos serán los primeros y viceversa”.
Afirma entonces el autor que las leyes del Reino no son preceptos morales sino leyes de la vida, de causa a efecto: si haces esto, sucederá esto otro. “Jesús dice que las cosas son así: los niños saben más que los sabios, los granujas salen mejor librados que los virtuosos, que las riquezas estorban, que hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse”. El punto culminante de este análisis es la parábola del hijo pródigo, que a muchos conmueve por el perdón del padre y a otros tantos turba por la amargura del hijo mayor que nunca se apartó del padre, que le recrimina su actitud, y para el que ese padre no tiene ninguna respuesta convincente. Esto es el Reino, dice Carrère: “La dimensión de la vida en que transparece la voluntad de Dios”. Y una de las leyes del Reino es que “… algunos se pierden. El infierno existe, allí donde todo es llanto y crujir de dientes. El happy end también, pero no para todo el mundo”.
Carrère es un hombre inteligente. Si el lector se ha sentido un poco abrumado al terminar el libro luego de tanto nombre, tanto dato, tanta reflexión, tantas preguntas sin respuesta y tanto misterio detrás de algunas afirmaciones, el autor reconoce su pequeñez ante la tarea que se ha propuesto. Y lo hace con estas palabras: “He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé”.
Como corresponde al tema que aborda, un libro con más dudas que certezas, quizás difícil, pero sin discusión enriquecedora.
El Reino, de Emmanuel Carrère. Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 516 páginas.