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    Respetemos los derechos

     Doña Julia y doña Dominga suelen encontrarse en la feria de los domingos, con sus chismosas cargadas de las vituallas familiares.

    Se conocen desde hace años, y comparten datos y comentarios familiares y barriales, que le ponen sal y pimienta a las (a veces) largas colas que les toca hacer para juntarse con los limones o los boniatos.

    —Habrá visto el precio de las acelgas —dijo Doña Julia, persignándose y poniendo los ojos en blanco.

    —Ni me lo mencione —replicó doña Dominga, mostrándole el papelito del que surgía el precio de un atado de puerros que acababa de comprar, por un monto comparable al de la dote de la princesa de Mónaco.

    —Pero Bordaberry va a pedir una investigadora, no sé si se enteró, mi querida amiga —comentó doña Julia, y ante la mirada atónita de doña Dominga, prosiguió: él anda siempre atrás de esas cosas que no se pueden probar, que son medio escandalosas, y nunca le llevan el apunte porque el pobre estaba en solitario, y los cincuenta brazos enyesados del Frente le bloqueaban todo: que la corrupción, que la violencia, que los faltantes de dinero, lo que sea, ¡pero ahora se les dio vuelta la tortilla!

    —No me diga…

    —Le digo y le cuento que ahora hay un diputado joven y valiente, que se llama Gonzalo Mujica, y que no tiene ningún parentesco con el Pepe y su caterva, que les dijo a los muchachos de la oposición que les vota las investigadoras. Y van a arrancar con la vergüenza esa de la regasificadora, que ahí hay más de un gas encerrado, y después Bordaberry va a proponer una investigadora sobre las alverjas, las nabisas, los porotos y todas las legumbres con las que se alimenta el pueblo, pero que la corrupción de los granjeros frentistas, que están todos aliados contra el pueblo, contra nosotros los pobres... Es un hombre valiente, y el diputado Mujica lo va a secundar. Todo se va a saber, en este oscuro entramado de corrupción en el que vivimos, fíjese si estarán caros los tomates que la semana pasada un vecino mío de allá del barrio le canjeó tres tomates a otro vecino por una tele 32 pulgadas, que andaba y todo, ¿eh?

    —Yo escuché algo parecido, vecina —agregó doña Dominga—, el otro día me dijeron que Bordaberry va a pedir una investigadora por el precio de la garrapiñada en el Parque Rodó, porque parece que ahí están desajustados los parámetros del kerosene y del azúcar, y están faltando las bolsitas de celofán, parece que hay especulación con la demanda, porque las fabrica una subsidiaria de Ancap. Pero ahora se va a saber todo, las investigadoras le abrirán los ojos a la sociedad, como fue justamente con la de Ancap, que ahí ni sé cómo los agarramos medio distraídos y terminaron votándola, y en cualquier momento empiezan a ir padentro varios de los grandes jugadores…

    —Y hablando de jugadores —dijo doña Julia—, ¿cómo anda aquel nieto suyo que le decían El Totón, que la rompía en la Liga Casavalle jugando de delantero en el Tranque y Quiebre Fobaclú, que parecía que pintaba para pasar a Primera División?

    —Anda regio, anda —replicó doña Dominga, acomodándose la mañanita en torno al cuello, con el orgullo de una abuela satisfecha—. Fíjese que viene de goleador en su equipo, y es uno de los goleadores de su categoría en la Liga. Para que vea lo bien que viene, la semana pasada le cometen penal, lo patea él y el golero se lo ataja. Y de las barras de aliento del club, que usté sabe lo fieles y seguidoras que son, se levantó el Turulito, sacó el bufoso, y le encajó un balazo al golero en el medio de las guampas.

    —¡Qué horror! ¿Y qué pasó entonces? —preguntó angustiada doña Julia.

    —Nada, qué va a pasar. Sacaron al muerto de la cancha, el juez ordenó que se volviera a ejecutar la falta, y golazo del Totón, que vino muy bien, porque apenas ganaron uno a cero con el gol del penal.

    —Pero eso es terrible, vecina, ¿no lo persiguieron al autor del disparo? —preguntó doña Julia, fiel lectora de las crónicas policiales.

    Con el mismo “know-how” periodístico, doña Dominga le respondió a su amiga que el homicida había huido rumbo al asentamiento donde suele refugiarse, desde donde habían sido repelidas a pedradas las fuerzas policiales cuando intentaron acercarse.

    —Es lo de todos los días —agregó—. Hace dos semanas secuestraron al juez del clásico del barrio, cuando el partido contra el Club Social y Deportivo Fractura Expuesta, porque se había corrido la bola que estaba comprado, y que nos iba a afanar el partido. El partido se jugó igual, pero con un juez que pusimos nosotros, que es primo del Negro Bolinche, que es el cantinero del Club. Ganamos cuatro a cero con cuatro goles en orsai, pero el línea estaba tan asustado que ni levantó la bandera. Y al juez secuestrado le dimos flor de movida, le cortamos un dedo para que supiera con quién estaba tratando, y lo soltamos a la noche siguiente del triunfo, después de los festejos, y le recomendamos que no volviera a aceptar arbitrar en nuestra cancha.

    —¿Y la Policía no actuó, buscándolo mientras estaba secuestrado? —preguntó doña Julia.

    —Y capaz que sí —replicó doña Dominga—, pero por el barrio no vimos a ninguno. Seguramente lo estarían buscando con las cámaras esas que tienen, pero para mí que ahí se pasan viendo películas porno, y por eso no encuentran a nadie.

    —¿Y don Bordaberry no pedirá una investigadora en estos asuntos tan jodidos del fóbal, así como la va a pedir para la garrapiñada? —arriesgó doña Julia.

    —Es posible, pero en fija que la de la garrapiñada sale antes —replicó doña Dominga, que de esto, algo conoce.

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