N° 1838 - 22 al 28 de Octubre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué más responsabilidad social se le puede pedir a una empresa que la de existir? ¿No basta con crear productos y servicios que satisfacen las necesidades de un grupo de consumidores? ¿No basta con dar empleo a personas que no supieron o prefieren no asumir riesgos? ¿No basta con pagar impuestos? Parece que no. Además, hay que ser “socialmente responsable”.
Jack Welch, uno de los líderes empresariales más importantes del siglo XX, con casi 20 años al frente de General Electric, un conglomerado de varias empresas multinacionales que dan trabajo a decenas de miles de personas, tiene su visión sobre el asunto. En su libro “Hablando claro” (Edit. Vergara, 2002, pág. 348) dice:
“Creo que la responsabilidad social empieza en una compañía competitiva y fuerte. Solo una empresa en buen estado puede enriquecer y mejorar la vida de las personas y sus comunidades”. Y agrega: “Si una compañía es fuerte, no solo paga impuestos que permiten al Estado ofrecer servicios importantes, también construye instalaciones de primera que reúnen o superan los estándares de seguridad y de respeto al medioambiente. Las empresas fuertes reinvierten en las personas y en los centros de trabajo; ofrecen puestos de calidad y seguros, que otorgan a sus empleados tiempo, recursos y beneficios espirituales, lo cual repercute de manera importante en sus comunidades”.
Lamentablemente, en Uruguay y otros países latinos donde prima la cultura del “masomenos”, donde ser pobre es una virtud y el éxito se condena, las empresas que no son exitosas tienen una mirada contemplativa de la sociedad. Juegan en esa misma cancha donde juega “el paisito” y, como canta Serrat: “Me gustan más los barrios que el centro de la ciudad”. Dada esta “cultura”, el empresario exitoso se siente culpable de su éxito. Y por eso recurre a realizar ciertas acciones de responsabilidad social empresarial, más para lamer sus heridas que para hacer una contribución en serio.
Continúa Welch diciendo que “por otro lado, las empresas débiles y conflictivas suponen con frecuencia un peso para la comunidad. Apenas obtienen beneficios y pagan pocos impuestos, si es que pagan alguno. Se ven tentadas a efectuar recortes para ahorrar: invierten poco en la formación de sus empleados y en la mejora de los puestos de trabajo. La amenaza constante de despidos alimenta la inseguridad y el miedo de la plantilla, cuya preocupación sobre su propio futuro afecta sus recursos temporales y económicos, para poder ayudar a otras personas”.
La responsabilidad social empresarial está de moda. Como en otros tiempos lo estuvieron los procesos de calidad, donde una de las primeras actividades era redactar la “misión, visión y valores”, y así se escribían grandilocuentes declaraciones que nada tenían de contacto con la realidad de la empresa. Y esa moda lleva a muchos a querer mostrar sus mejores vestiduras, en vez de mejorar su real figura. Así, empresas que destratan a su personal internamente salen a repartir desayunos en barrios pobres para quedar bien con ellos mismos. Otros salen a construir casitas confortables en barrios marginales, cuando sus empleados trabajan en condiciones cuasi insalubres.
Por eso, comparto con Jack Welch que la mejor manera de hacer responsabilidad social es hacer lo que hay que hacer. Y los buenos empresarios ya lo hacen.