N° 1704 - 07 al 13 de Marzo de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTermino hoy mi serie de diez notas en homenaje a Richard Wagner, de quien el próximo 22 de mayo se cumplen dos siglos de su nacimiento. Al publicarse la cuarta o quinta de estas columnas un antiguo conocido, a quien lo sé sólidamente aficionado a la música y a la literatura, me reprochó que hubiera asignado tanta importancia a Wagner. “Si Wagner te merece cinco notas —me dijo, ignorando que apenas estaba en la mitad del proceso— el día que debas celebrar a Shakespeare o a Dante o Homero, que también tanto te gustan, tendrías que publicar una enciclopedia”.
Reconozco que la hipérbole me hizo pensar. Es cierto: si me enfrentara a un aniversario de cualquiera de los autores mencionados —y tal vez tendría que incluir a Bach y Aristóteles, a Maquiavelo, a santo Tomás de Aquino, a Virgilio— no debería morigerar esfuerzo y dedicación para salvar aquí y ahora, desde este desanimado andurrial del universo que habito, la memoria del legado y de la obra de aquellos que hicieron grande a Occidente y más digno el paso del hombre en la Tierra.
Conozco muchas formas de felicidad y de fidelidad, pero ninguna mejor que ser agradecido; cuando uno reconoce el bien que ha recibido, cuando aprecia la transformación que lo prodigado por otros opera en la propia existencia, no siente sino el placer de proclamar esa deuda, de compartirla, de mostrar que hay espíritus merced a los cuales el mundo se hace más hospitalario. Esos espíritus imantan la realidad, le quitan la costra inclemente que los días y las molestias y las minuciosas obligaciones sin sentido le van incorporando hasta inmovilizarla en su resignación, en su falta de destino. Por eso me parece poco una nota, o diez, o cien si el objeto pertenece al linaje de los que hacen posible vivir mejor y de manera más elevada, si se trata, en rigor, de los que nos libertan de la ignorancia y de las trivialidades en uso; de los que nos muestran que lo verdaderamente valioso está, como la gloria de aquel famoso albatros, bastante por encima del estrecho lugar que nos ha tocado en el tiempo.
Decía Nietzsche (estaba enfermo, fue en 1888, en Turín) que su juventud hubiera sido insoportable sin la música de Wagner. Muchos podemos afirmar lo mismo, solo que además deberíamos ampliar el aserto a todas las edades y especialmente afinarlo a este penoso tiempo que nos ha caído encima. Piense el lector en la sociedad que habita, en el desleído país que puebla, tan abandonado por la luz y por la belleza de las ideas, piense en la educación de sus vecinos, en los gobernantes que se han dado, en los olores inmundos y en los tenebrosos espectáculos que le ofrecen en las calles de la ciudad en la que paga tantos impuestos y tendrá que conceder que semejantes padecimientos sólo se toleran porque existe la música de Wagner, que todo lo cura, que todo lo salva; que es una liberación y un ensueño.
Por eso me disculpo del abuso; es verdad: son muchas notas para un solo fenómeno, para un simple homenaje que muchos otros también deberían recibir en igual o mayor medida de parte de cualquier ciudadano que no se deja avasallar por la estupidez que nos domina. Me hubiera gustado seguir un poco más; imperdonablemente dejé fuera el ciclo de los Nibelungos, nada dije de Die Meistersinger, y callé toda referencia a la bellísima canción de amor de Sigfried, que Wagner compuso para el nacimiento de su hijo. Pero en algún punto debía detenerme.
No quiero terminar sin proponer algunas lecturas que me acompañaron: los buenos libros de la colección Pro-Arte (Buenos Aires) que entre 1935 y 1943 publicó los textos bilingües de las principales óperas de Wagner; también el excelente estudio muy crítico de la persona no así de la obra de Wagner, de Edward J. Dent, “Opera” (Buenos Aires, 1947); sobre una vista miscelánea de los temas de la obra y de algunos vínculos con la existencia del compositor recomiendo el recueil titulado “Richard Wagner” (Buenos Aires, 1964), que tiene un preciso catálogo preparado por Jan Witold y ensayos específicos de Marcel Beaufils, Marcel Brion, René Dumesnil, Jean Mistler y Walter Panofsky, entre otros. Desde luego que también recomiendo de Nietzsche “El origen de la tragedia” (Madrid, 1942), “Le Cas Wagner” (París, 1980). Algunos rasgos filosóficos interesantes los encontré en Jean Bartholoni “Wagner et le recul du Temps” (París, 1924). La obra “El Clan Wagner” (Jonathan Carr, Madrid, 2007) está informada, pero escrita con mucho enojo; pone luz sobre los aspectos económicos familiares, que no me importan. Finalmente el propio Wagner me ayudó con su complaciente autobiografía (“Mi vida”, Buenos Aires, 1946) y con el excelente estudio sobre “Beethoven” (París, 1937).