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    Ripley, la novela más célebre de Patricia Highsmith en glorioso blanco y negro

    Andrew Scott interpreta a un criminal irredento y amoral que transita por la Italia de los años 50

    No es la primera vez que el personaje Thomas Tom Ripley llega a la pantalla. La misma novela en que se basa la serie Ripley (Netflix) fue adaptada en 1960 por René Clément como A pleno sol (Plein soleil), con Alain Delon como el personaje principal. En 1999 hubo otra adaptación, El talentoso Sr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, nombre original del libro), dirigida por Anthony Minghella y con Matt Damon como Ripley. Otras novelas de la serie fueron también adaptadas al cine, por ejemplo, Wim Wenders dirigió en 1977 El amigo americano (Der amerikanische Freund), con Dennis Hopper, basada en Ripley’s Game, tercer libro de la saga. La misma novela, respetando el título original (El juego de Ripley), fue adaptada por Liliana Cavani en 2005, con John Malkovich como protagonista. Hubo varias versiones más, con nombres menos enjundiosos involucrados. A la autora de los libros, Patricia Highsmith, la que más le gustó de las que llegó a ver fue la de Delon. Murió en 1995, así que se perdió varias.

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    Ripley deslumbrado por Caravaggio. Foto: Netflix

    Es difícil decir qué fama tendría hoy Highsmith, nacida en 1921, sin su personaje emblemático. Publicó una frondosa cantidad de novelas y recopilaciones de relatos (su primera novela es de 1950, Extraños en un tren, adaptada a la pantalla por Hitchcock un año después). Lesbiana, alcohólica, misógina, más afecta a los gatos que a las personas, si hay que creer en las biografías que circulan (incluyendo su autobiografía), su estilo literario es reflejo fiel de su personalidad: ácida, amarga, ajena a todo sentimentalismo e hipocresía. Su estilo es árido, libre de cualquier floritura, sus personajes son ambiguos o directamente amorales, lo que narra es descarnado y con frecuencia reprobable. Y tan buena escritora era que, sin apartarse un centímetro de todo eso, en su serie de cinco novelas sobre Ripley tiene al lector apoyando y deseando que triunfe un psicópata asesino sin el menor asomo de moral, remordimiento o sentimientos humanos.

    De todos los personajes creados por Highsmith, Ripley destaca por lejos. Tan frío y calculador como frágil, tan despiadado como a veces inocente. Es un simulador, un maestro de la mentira, un inmoral que engaña sin pestañear y no duda en asesinar a quien se le interponga, pero que tiene motivaciones casi conmovedoras, complejas, enraizadas en frustraciones de infancia. Su sexualidad es ambigua, aunque más tirando a inexistente. No se enamora de nadie, de ningún sexo, sino de las posibilidades que le ofrecen para alcanzar esa vida cómoda, hedonista y refinada que tanto ansía. Es un psicópata, en definitiva, pero no es realmente un criminal en el sentido más común del concepto, es alguien que necesita tener una vida bajo determinados criterios y va a hacer todo lo necesario para conseguirlo. Es uno de los personajes más complejos y sólidos de la literatura del siglo XX, y amerita (y tiene) incontables estudios sobre su psicología. Se puede decir mucho bueno sobre la literatura de Highsmith, pero su logro mayor es haber sido la autora que creó a Tom Ripley.

    Correrías italianas

    Ripley, la serie, sigue fielmente la primera novela de la saga. Al inicio conocemos al personaje principal (Andrew Scott), un estafador sin mucha suerte que deambula por Nueva York tratando de ganarse la vida de forma muy cuestionable mediante una inexistente agencia de cobranzas. Vive en un cuartucho de hotel más que miserable y las cosas le salen cada vez peor. Es entonces que tiene un golpe de suerte: un detective privado lo contacta para decirle que su cliente, un magnate de los astilleros, quiere reunirse con él. Resulta que Ripley fue compañero de estudios, aunque no lo recuerde, del hijo del magnate, Dickie Greenleaf (Johnny Flynn), y ya bautizar a un personaje como Dickie sella en el lector o espectador su suerte: alguien llamado así no merece más que sufrir. Hace años que Dickie abandonó el país para radicarse en Italia, se supone que por tiempo limitado mientras estudiaba arte o algo similar. En realidad, nunca más volvió, y su única actividad es dedicarse a la dolce vita (así se llama el tercer capítulo de la serie), desangrando sin asco la fortuna familiar. Desesperado, su padre reclutó a todos los amigos o conocidos de Dickie que pudieran tratar de convencerlo de volver, hasta encontrar, rascando el fondo del tarro, a Ripley. Que por supuesto acepta la oferta y el dinero que le ofrecen y se embarca hacia la costa Amalfitana a encontrarse con Dickie y su novia, Marge Sherwood (Dakota Fanning), en el pintoresquísimo pueblito de Atrani.

    El blanco y negro como decisión estética. Foto: Netflix

    Dickie y Marge son dos botarates que la van de artistas (Marge escribe un libro sobre Atrani, o más bien sobre ella en Atrani) y está claro que no piensan volver a Estados Unidos, que básicamente es lo que haría cualquiera en semejante situación. Son exiliados más que acomodados (Dickie tiene un Picasso en su casa) disfrutando el sol, la playa, el vino y en general el dolce far niente. Ripley se las ingenia para arrimarse a Dickie, a pesar de que a Marge no le cae bien, y termina viviendo en su casa y pegándose a sus actividades como mejillón a la piedra. No le lleva mucho descubrir las delicias del exilio dorado y se da cuenta de algo que marcará el resto de su vida (al menos en las novelas que Highsmith llegó a escribir): sus gustos son demasiado caros para su nivel de vida y, si quiere satisfacerlos, tendrá que usar su ingenio y olvidarse de cosas como la amistad, la moral y los 10 mandamientos. En una escapada a San Remo a solas con Dickie, lo mata y asume su identidad. Se va a Roma y comienza un juego de engaños para que no lo descubran Marge, la policía, la familia Greenleaf, los amigos de Dickie y en general todo el mundo. Sin exagerar es Ripley contra el mundo, y esa asimetría es uno de los muchos motivos por los que el lector/espectador se siente afín a un personaje tan siniestro.

    En blanco y negro: cine puro

    Lo primero que salta a la vista cuando se comienza a ver Ripley es la muy acertada decisión de filmarla en blanco y negro. Pero no cualquier blanco y negro: la fotografía de la serie es densa, riquísima, minuciosa. El mundo de Tom Ripley está repleto de texturas, de tramas. Cada pared de sus añejas casas italianas es un mosaico de sombras y detalles, cada madera tiene un veteado complejo, cada obra de arte que se muestra (abundan los Caravaggio) pierde vivacidad pero gana intensidad. En la década de los 50 irrumpió el cine en color, pero fue la época en que la fotografía en blanco y negro alcanzó su cumbre como expresión artística. Ese es el estilo al que apunta Ripley, el blanco y negro como herramienta expresiva, como decisión estética. No hay nada de televisivo en la imagen de Ripley, su blanco y negro es cine puro. La última vez que se usó así el recurso fue en Roma (Alfonso Cuarón, 2018), y ganó un Oscar a Mejor fotografía.

    Y luego está la Italia de Tom Ripley. Que se compone casi en su totalidad de escaleras, interminables, exteriores e interiores, que el personaje debe ascender con trabajo tal como intenta ascender en la vida. Escaleras e italianos que lo contemplan con miradas indescifrables, entre irritadas y burlonas. Tom Ripley pasará toda su odisea trepando escaleras (a veces bajándolas con algún cadáver a cuestas) y enfrentándose a miradas cuyo significado desconoce. Tampoco es que sea una percepción suya: el tenaz inspector Ravini (Maurizio Lombardi), su némesis, se afana y resopla en las mismas escaleras tras su pista y tanto lanza como recibe esas miradas indescifrables. En una breve e hilarante escena, Ravini se enfrenta a un testigo llamado Enzo que le explica que tiene un perro que también se llama Enzo y ambos se quedan mirando con esa expresión insondable.

    Dos veces asesina Ripley, y en ambos casos la narración se regodea en las largas y trabajosas maniobras que necesita llevar a cabo para deshacerse del cuerpo. Son dos calvarios angustiantes, tensos y por momentos graciosos que pueden explicar otra clave de la simpatía hacia el personaje: es un asesino, un amoral, un estafador y un ladrón, pero trabaja de forma durísima por cada copa de chianti que se toma en su mansión de Venecia, escuchando discos de Mina. A su manera, Ripley es un trabajador.

    Ningún improvisado

    Detrás de Ripley, y ocupando todos los puestos de importancia, está alguien que a primera vista no suena conocido, pero en realidad es un peso pesado de Hollywood. Steven Zaillian tiene a sus espaldas una sólida carrera como guionista y productor pero, sobre todo, guionista. En alguna repisa de su casa tiene el Oscar que ganó en 1994 por Schindler’s List (La lista de Schindler, dirigida por Steven Spielberg) y es de suponer que al lado tendrá las comunicaciones oficiales de sus otras dos nominaciones: por Despertares (Awakenings, 1990, dirección de Penny Marshall) y por El irlandés (The Irishman, 2019, dirigida por Martin Scorsese). Prácticamente todos sus guiones son de películas notorias (aunque no oscarizadas), lo mismo que sus créditos como productor. Su trabajo como director es más escaso, aunque en 2016 dirigió (y escribió y produjo, como parece que le gusta) casi la totalidad de la muy elogiada serie The Night Of.

    Este Ripley de Zaillian es, claramente, un proyecto de amor. O al menos de obsesión controladora. Uno puede imaginarse al guionista-director-productor imponiendo sus criterios en cada detalle del rodaje, no solo en los temas generales sino, es más que probable, en cada minucia. Lo importante es que en cada apartado (fotografía, ritmo, tono del relato, sonido y así con todo) las decisiones que tomó son las correctas. Desde que comenzó la era de los streamings y las series de altísimo presupuesto, está planteada una tensión no resuelta entre qué es cine y qué es televisión. Zaillian lo resuelve a golpe de control freakismo: Ripley es cine, y de autor, en formato miniserie televisiva.

    Vida Cultural
    2024-04-17T17:39:00