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    Sabios consejos

    El Estado nos habla. A veces a través de costosísimas cadenas televisivas. En Argentina las cadenas de Cristina K. se habían vuelto un clásico.

    Recuerdo en mi niñez cadenas televisivas elaboradas por la dictadura: hablaban de los logros que el “Proceso” había llevado adelante creando un “nuevo Uruguay”.

    Nada hay más inverosímil que una voz en off enumerando maravillas de un régimen que todo el mundo sabe en declive.

    Ahora los uruguayos nos estamos enterando de todos los avances que ha realizado el Estado y su gobierno a través de cadenas con imágenes filmadas por profesionales, sumadas a una dulce voz en off femenina que nos quiere convencer de que casi somos un país desarrollado. Nos falta poco.

    Es curiosa esa necesidad de “decir algo”. El poder no puede callarse la boca.

    Yo tengo para mí que cuando un poderoso sale a dar peroratas sabe que la gente farfulla. En este momento muchos uruguayos farfullan. No salen a la calle a manifestarse, no se producen piquetes. Pero murmuran. Con un malestar creciente. Murmuran.

    No es la típica queja uruguaya tanguera. Es una queja resignada, casi ovina, del que va en un ómnibus una hora colgado de un barrote, semiasfixiado. O la de aquel que espera un bus que no pasa jamás.

    Es la queja que se siente cuando suben las tarifas, es el suspiro que se exhala cuando lo que costaba hace poco 50 ahora cuesta 79, es el rostro que con ojos incrédulos mira el cartel con tiza en la feria: “zapallitos kilo 150”. Es el tono que adoptan los profesores cuando se sientan cinco minutos en la sala durante el recreo y con desánimo se confiesan entre sí: los adolescentes uruguayos no saben leer ni escribir.

    Curiosamente, a veces el Estado habla más y otras menos. Cuando los penosos episodios de represión en el desalojo del Codicen, el Ministerio del Interior casi hizo un videoclip donde los “buenos” vencían por la razón y el corazón a los “malos”. Pero yo leí en este mismo semanario que unos periodistas habían ido esa noche a la Facultad de Ciencias Sociales y se habían encontrado con un conglomerado de chiquilines lastimados poniéndose hielo en los chichones que habían recibido de la Policía.

    No hubo video clip, sin embargo, de los episodios del Marconi. Y sus chicos quedaron impunes: los que incendiaron el 405, los que le cortaron la oreja al médico, los que sí hicieron un piquete contra la democracia y la ley.

    Pero el Estado me habla. Cuando voy a tirar la basura a un contenedor increíblemente mugriento —un contenedor que debo abrir con mis propios dedos— un cartel del Estado me pide que empuje bien la bolsa porque hay seres humanos que pueden dañar su salud —intentando recuperarla para revolver en ella—. ¡Es casi un poema!

    O el Estado imprime folletos explicando cómo aplicarse el repelente para que no nos agarremos dengue.

    O el Estado sugiere vacunarse contra la gripe en un helado otoño cuando ya todos estamos enfermos.

    Ahora también nos invita a un buen lavado de manos y a ventilar los ambientes.

    El Estado no toma ómnibus.