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    Se mueve, se mueve; se juega, se juega

    Dijera Rodrigo Romano, cada vez que empieza uno de los partidos que él relata.

    El asunto es que la final de la Copa Libertadores se mueve y se mueve, pero no se juega, al menos por ahora.

    Esa delicadeza con la que los hinchas argentinos tratan a sus adversarios, a los que consideran enemigos mortales, a los que hay que destruir y despedazar hasta que queden los filetes del cadáver para la sartén del que se comió al Pelado, ha frustrado hasta ahora la celebración de uno de los partidos más esperados de los últimos tiempos.

    Si los mismos locuelos vuelven a hacer algo parecido en estos días del G-20, se van a enterar de que una cosa es Boca-River, y otra es Trump-Putin, Erdogan-Merkel, o Xi Jin Ping-Bin Salman. Donde se les ocurra a cualquiera de ellos levantar la mano, aunque sea para ver de dónde viene el viento, los van a acribillar primero, y les van a preguntar después.

    Pero, volviendo al viril deporte del balompié, lo único cierto es la incertidumbre. No se sabe ni cuándo ni dónde se jugará, si es que se juega, la famosa “final del siglo”, como la bautizaron ellos mismos, como si hubieran tenido la premonición de que la cosa venía de final, pero final-final.

    Los diálogos van de Buenos Aires a Asunción, de Asunción a Zúrich, de la AFA  a la Conmebol, y de allí a la FIFA, y nadie parece ponerse de acuerdo.

    Una de las iniciativas de los últimos días fue la de que el partido se jugara en Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes, en el moderno Estadio Jeque Zayed, el cual ofrecería todas las garantías de seguridad que requiere este controvertido enfrentamiento.

    Autoridades de la FIFA se hicieron presentes en dicho campo deportivo para revisarlo, y, cuando se encontraban en uno de los vestuarios, se cruzaron con una delegación de dirigentes de River que habían venido a compenetrarse de los detalles del nuevo escenario deportivo. Personal de seguridad detectó momentos más tarde la instalación de tres artefactos explosivos conectados a las duchas del vestuario, los cuales estaban listos para explotar cuando los jugadores de Boca, que utilizarían ese vestuario de acuerdo a un sorteo llevado a cabo en la AFA, abrieran las canillas para ducharse.

    Personal de la brigada de explosivos del Ejército de los Emiratos Árabes logró desmantelar las bombas, y, por seguridad, procedieron, junto a personal de inteligencia, a revisar el vestuario que le tocaría usar a River Plate.

    Grande fue la sorpresa de los militares de la brigada de explosivos, cuando encontraron siete granadas de mano instaladas debajo de las camillas de masajes que utilizarían los jugadores en el calentamiento previo al partido. Estas se accionarían por control remoto, ni bien los jugadores se recostaran en las camillas. Las cámaras de seguridad revelaron que un grupo de personas con remeras azules y amarillas había visitado el vestuario unos minutos antes, alegando que venían del comité de seguridad de la Conmebol, para confirmar que todo estaba en regla.

    Preocupados por estos hallazgos, los enviados de la FIFA fueron a revisar cuidadosamente los hoteles donde se alojarían las delegaciones de los dos equipos visitantes.

    El Desert Camel Five Star de Luxe Hotel, que iba a ser ocupado por el equipo de Boca Juniors, estaba desde hace días bajo la supervisión del grupo de élite Los Derviches de Mahoma, especialmente contratado para preservar la integridad y asegurar la tranquilidad de los deportistas visitantes. No obstante, algún delegado de FIFA se preocupó en averiguar quién había contratado a aquel grupo de centinelas armados, y le causó alguna inquietud el enterarse de que el contrato de vigilancia y seguridad había sido suscrito por el gerente de Los Derviches de Mahoma y por el apoderado de una empresa denominada The Monumental Nuñez Company, de Buenos Aires, llamado Braulio Martínez D’Onofrio, sobrino del presidente de River.

    Una revisión de las habitaciones destinadas a los jugadores de Boca reveló que en todos los frigobares instalados en las habitaciones había bebidas refrescantes que contenían cianuro de potasio en proporciones letales.

    Esto llevó a los visitantes a revisar de inmediato el Hotel The Bedouin Paradise, en el que se alojaría la delegación de River Plate. Custodiado desde hacía días por la empresa de seguridad The Dromedaries of Freedom, lo primero que revisaron fue quién había contratado a estos guardaespaldas. Se trató de un contrato firmado por los agentes de seguridad musulmanes y el promotor deportivo Sinforoso Pérez D’Onofrio, primo hermano del presidente de Boca.

    Acompañados de expertos en seguridad, se revisaron las habitaciones, encontrándose que todas las camas estaban conectadas con cables de electricidad pelados, que descargarían 220 voltios en los desdichados seres humanos que se recostaran a descansar en ellos, ni bien llegaran del largo viaje desde la Argentina. Asimismo, las rejas de los balcones que dan a la enorme piscina del hotel estaban destornillados, por lo que cualquier persona que se hubiera recostado en ellos para observar la hermosa vista sobre la costa de Abu Dhabi, habría caído al vacío desde el piso 45, que era el reservado para alojar a los deportistas argentinos que allí se alojarían.

    La FIFA decidió de inmediato suspender el posible partido en los Emiratos Árabes, evaluándose la ciudad de Damasco, en Siria, como posible lugar para este enfrentamiento, debido a que, a priori, presenta más garantías que Abu Dhabi.

    —Ahí si les cae algún misil en la cancha, hay menos posibilidades de que lo hayan tirado los del otro cuadro —dijo el presidente Infantino.

    Se estima que el presidente sirio Bashar el Assad dará el puntapié inicial, y se procura que sea el juez Moro quien arbitre el partido.

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