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    Secretario del saber

    Columnista de Búsqueda

    N° 1827 - 06 al 12 de Agosto de 2015

    La historia de la ciencia tiene sus grandes avenidas, sus parques infinitos, sus ruidosos bulevares, pero también sus modestas callejuelas que sin mucho ruido, sin ninguna ostentación cumplen la decisiva función de conectar las grandes arterias. A veces las voces más tranquilas y que no consiguieron sortear el furor y los prejuicios de las jerarquías pensantes de cada época son las que más incidencia tienen en el desarrollo del saber. Quiero decir: es un error pretender que en la ciencia hay grandes y pequeños nombres, porque todos son caminos, todos son hitos; puede haber figuras emblemáticas detrás de las cuales se articula toda una vocación, pero no necesariamente la mayor recurrencia a ciertos nombres ha de implicar el injusto olvido de muchos que no consiguieron despertar a tiempo las simpatías ideológicas de los que se arrogan para sí el control de los inicuos tribunales de la historia.

    Todo esto viene a cuento porque acabo de leer un interesante estudio sobre el padre Marin Mersene, (Roger Moreau, Naissance de l’espirit scientifique: hommage á Marin Mersene, 1585-1648, Editeur Perros-Guirec, Anagrammes,  París 2012), hombre de Dios, que vivió prácticamente dedicado no tanto a sus queridas devociones como sí a la fundación del campo, de lo que luego con gloria llamaríamos ciencia. Las dos fortunas iniciales de Mersene —haber recibido la educación inicial en La Flèche, y seguir sus estudios universitarios en la Sorbonne— fueron los pilares que despertaron su ilimitado amor por el conocimiento.

    Su trato con la religión fue profundo y fue sincero; teniendo la oportunidad de emprender una carrera que se avizoraba brillante en el ámbito de la Sociedad de Jesús, que le prometía gloria en este mundo, prefirió llevar los hábitos de una orden mendicante, aquella que entonces se denominaba Los Mínimos, que eran franciscanos reformados. Entregado fervorosamente a la oración, al servicio de los pobres y a la vida recogida, tuvo tiempo, sin embargo, para dedicarse con pasión y luz a la filosofía y a los estudios científicos.  Consideraba que la fe revelada, es decir que la causa de Dios, no se oponía en ningún punto a la ciencia.

    Para demostrar su tesis publicó una serie de libros breves o fascículos acerca de la armonía universal, acerca de la verdad de las ciencias; publicó una sinopsis matemática como preámbulo de las obras mayores que consagrarían su memoria en ese magnífico siglo. Entre sus muchos méritos se encuentra el de haber impulsado y estimulado la obra de Descartes, con quien lo separaban algunas premisas secundarias, y, sobre todo, haber militado con entusiasmo en favor de los escritos de Galileo Galilei, dentro de cuyas premisas avanzó hasta el extremo de sellar identidad en su concepción del universo. Es cierto que discrepó en algunos aspectos de las matemáticas y de la física con Galileo, principalmente cuando ambos trabajaron sobre el isocronismo de las oscilaciones del péndulo, y en los estudios de la balística y acerca de la pesadez del aire, pero también es verdad que coincidió en lo sustancial acerca de los conceptos y de las aperturas que definen los límites y las posibilidades del conocimiento científico.

    Fue también el padre Mersene admirado en su tiempo por sus excelentes análisis combinatorios; también dentro de esta área quiso ir lejos y dedicó sus mejores energías al estudio de lo que hoy denominamos musicología. Escribió algunos tratados que serán centrales para el conocimiento de la música y de sus misterios, tales como el tratado de la naturaleza de los sonidos, el tratado de las voces y los cantos, el tratado de las consonancias, disonancias, géneros, modos y de la composición, el tratado de los instrumentos y un fundacional tratado de la utilidad de la armonía. En su concepción ya dicha —que lo espiritual y lo científico, que lo religioso y lo racional forman parte de un mismo discurso— el padre Mersene veía en la música una síntesis de la razón y de las urgencias del alma, algo que expresaba por un lado la miseria del hombre nacido con pecado  y por otro su redención a través de la fe de las obras del recto uso de la razón y del libre arbitrio. Pretendió, como lo habría de demostrar la eternidad de Bach, que la música era el puro lenguaje de las matemáticas y el lenguaje íntimo de las verdades invisibles.

    Ya en su tiempo el padre Mersene conoció la inmortalidad; por doquiera que fructificara su palabra se referían a él con el admirativo epíteto de “Secretario de la Europa Sabia”. Nadie tan discreto y menos aficionado a exhibirse consiguió tanta estima en tiempos en que la religión y la ciencia erróneamente se hacían la guerra.