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    Seguridad pública

    Sr. Director:

    Cuando se habla de “inseguridad pública”, la imagen que habitualmente se forma en la mente de las personas es la de homicidios, asaltos u otras formas de violencia contra personas o bienes.

    Pero ese cuadro elemental es tan solo el aspecto más visible y llamativo de una crisis mucho más amplia. Rapiñas, homicidios, copamientos, atentados son los aspectos terminales, los efectos, los síntomas de enfermedades que infectan las raíces políticas e institucionales de nuestra sociedad.

    Tal es así que podría haber inseguridad sin que —idealmente— se cometiera ningún hecho de sangre. Veamos, para empezar, qué significa seguridad, seguridad es certeza, la certeza que tenemos derecho de tener los habitantes de la República de cuál va a ser la actuación de los órganos de los tres poderes de Gobierno y de que esa actuación tenga una motivación de bien público y no de satisfacción de intereses personales, políticos, de clases o sectarismos ideológicos extraños y ajenos al interés nacional.

    Veamos algunos ejemplos palpables de lo que estamos expresando:

    En el país no hay seguridad si el sistema electoral admite tranquilamente a organizaciones que pese a haber cumplido los requisitos formales necesarios para su creación, profesan abiertamente ideologías materialistas antinacionales, fundadas abiertamente en la guerra de clases o umbilicalmente ligados a capitales foráneos sin fronteras espaciales ni morales.

    No hay seguridad jurídica cuando se juzga y condena y encarcela a personas por su sola condición profesional —por ser militares— con “pruebas” (con comillas) tan extraordinarias como la “autopsia psicológica” —repito porque el oyente creerá que entendió mal: “autopsia psicológica”, con la cual se “probó” (repito: “probó”, con comillas) que una persona que falleció en detención no pudo haberse suicidado porque —señaló el fiscal— no tenía perfil psicológico de suicida, y luchaba con alegría con sus compañeros de la Juventud Comunista (sic). Esta insólita teoría de la “autopsia psicológica” —como podrá ver cualquier oyente en Internet— se originó y se cultiva… en las universidades de Cuba comunista.

    No hay seguridad si el gran “éxito” del gobierno progresista consiste en aumentar la recaudación de impuestos, pero no se aclara qué destino se dará a esos impuestos, si se fomenta el esfuerzo honesto de los orientales o se alimenta una clientela parasitaria que perpetúe en el poder al régimen, y además se pague fielmente y por adelantado la deuda con la usura internacional.

    No hay seguridad si los padres creen de buena fe que sus hijos concurren a clase a formarse física, intelectual y moralmente para ser mejores personas, mejores ciudadanos, mejores patriotas, y el gran adelanto del que se jacta el régimen es despojar a los padres de su derecho natural y supraconstitucional de edificar moralmente a la prole, creando cátedras de “educación sexual” a cargo de burócratas en cuyos manuales se les indica que deben instruir a los alumnos de no relatar a sus padres el contenido de las clases.

    No hay seguridad de que el Parlamento esté inspirado por el afán del bien común de nuestra nación, cuando se especializa en dictar leyes para casos particulares, minoritarios y exóticos, contrariando la definición de ley, que es norma general, y en medio de la patética incompetencia de la mayoría absoluta de sus miembros, solo atina a sancionar leyes de “cambio de sexo”, supresión impune de vidas humanas en el seno materno, adopción de víctimas infantiles por pseudomatrimonios homosexuales, y ciento y una variantes de extravagancias muy bien remuneradas por trasnacionales y hasta embajadas extranjeras que desnaturalizando los principios éticos tradicionales que hacen a la identidad del pueblo oriental, quieren avasallar, en última instancia, nuestra soberanía.

    Sí, por supuesto: los asaltos, copamientos, violaciones, la violencia en el deporte, la necesidad de enrejar el hogar, y el temor que impide salir a la calle a la gente de trabajo y a los ancianos y niños, los asesinatos de taxistas y policías, todo eso es falta de seguridad. Pero todas esas expresiones de descomposición son el resultado infalible de una desintegración del poder público y las instituciones de gobierno. Es eso lo primero que tenemos que comprender, o estaremos combatiendo las consecuencias y dejando subsistir las causas. Es a esto a lo que aspiran el que habla y su bloque político, es a esto a lo que dedicará sus mayores esfuerzos, y es por ello que pide la confianza y el voto de la ciudadanía. Para que por fin nos gobiernen ciudadanos que no sean solo nominalmente, sino de espíritu y de corazón orientales. O como decía Martín Fierro, esto no se arregla “hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar”. Esa es nuestra sencilla pero grande plataforma política, nacionalista y popular.

    Cnel. Luis Agosto

    CI 1.064.485-4

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