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    Selva morale e spirituale

    Columnista de Búsqueda

    N° 1667 - 21 al 27 de Junio de 2012

    Cierta languidez en los miembros, alguna falta de entera luz en la mirada, vacilaciones inexplicables y una indecible fatiga le fueron anunciando a Claudio Monteverdi, en torno a los finales de las década de 1630, que su alma estaba pronta para prescindir de las molestas emboscadas que le tendía el cuerpo. En esas lentas vigilias, que en verdad fueron unos cuantos años, pues la ansiedad del final terminó por acomodarlo en una urgida resignación, decidió poner en orden los únicos bienes que había podido atesorar sin desesperación y publicó mucho material disperso que había ido sembrando en las cortes donde actuó y fue admirado.

    Es en este marco que habrá de prodigar una de las maravillas de este y de todos los mundos posibles, la cual lleva por título Selva Morale e Spirituale (Claudio Monteverdi. Direttore Michel Corboz, Warner Classics).

    Monteverdi fue gloria de Venecia, triunfó y mandó en Venecia, pero nació y se educó en Cremona, lugar al que siempre retornó de sus viajes, de sus caídas, de sus ensueños, de sus desengaños. Sin embargo, por capricho y efecto de las circunstancias, el centro de su corazón y el vértice de sus grandes creaciones sería Mantua, la patria chica de Virgilio. Fue allí, en la corte de los Gonzaga, bajo la atenta tutela de Eleonora Médici, que compondría sus obras mayores. Fue allí, también, donde conoció a su esposa, cantante de la corte mientras él era violinista de la capilla. Y fue allí donde ella, joven aún, moriría tristemente en sus brazos.

    Vientos de prosperidad, aplausos, halagos y buenos contratos lo llevaron a flanear por capitales, reinos y cortes. Nunca, pese a ello, consiguió apartarse de lo que había dejado en Mantua.

    Por eso, cuando comienza a trazar un balance de sus días, cuando siente que las últimas horas lo están esperando, decide un gran homenaje a aquellas buenas gentes de la corte que tanta felicidad le permitieron, ofreciéndoles las realidades más secretas y distinguidas de su arte. Había muerto Eleanora Médici, pero ahí estaba la hija, Eleanora Gonzaga, también mecenas, también de espíritu hospitalario para la música, también rendida seguidora del Maestro. Y es ella, a la sazón casada con el emperador Fernando II, a quien dedicará precisamente esta magnífica obra miscelánea que no tiene equivalente en la historia de la música.

    No es exactamente un oratorio, no es tampoco un encadenamiento de cantatas. Es puramente una selva, con todo lo que connota: una selección antológica, un recueil diverso de composiciones religiosas o cuasi religiosas de distintas épocas y distintas modalidades.

    Hay una misa a cuatro voces, numerosas piezas para las vísperas (oración de la tarde), salmos, policromos himnos y hasta un Magnificat y un inmortal Salve Regina, que fuera de cualquier duda es corona y también emblema de todo el proyecto. Monteverdi pone en la Selva todo lo que probó y le gustó en su infinito camino de búsqueda y de continuas rupturas estéticas. Así, conviviendo en impensable paz, tenemos las polifonías más austeras junto a las exuberancias melismáticas más desaforadas; tenemos algunas canciones de melodías endiabladas o de melodías que se pegan al cuerpo, que delicadamente lo mueven; piezas que notoriamente se escaparon del mundo profano y que, no obstante, encuadran perfectamente en la gravedad honda de la ocasión.

    Se sabe que Monteverdi, como la mayoría de los músicos hasta bien entrado el siglo XVIII (en verdad hasta casi los albores del XIX), acostumbraba a usar los mismos materiales para diferentes menesteres. Es famoso el caso de algunas cantatas que integran el Oratorio de Navidad, de Bach, que fueron antes cantatas de uso e intención profana y que milagrosamente también trabajan, como si fueran originales, en las instancias de recogimiento místico o de exaltación espiritual. Lo mismo ocurre con Monteverdi en varios momentos de su trayectoria, pero particularmente en esta colección: algunas arias de sus óperas, algunos madrigales de amor permanecieron iguales pero cambiaron su función, pues en lugar de celebrar las delicias del cuerpo y de los sentimientos sensuales, glorifican el alma, aquello que de eterno, como decía Dante, de único y de digno hay en el hombre.

    Comprendo a mucha gente que vive privada de algunos bienes; personas a las que les falta la salud o el abrigo o la inteligencia debida para disfrutar de los buenos libros, de la buena música, del juego a veces intratable de las ideas. Pero lo que no comprendo, por más disposición que pongo para ello, es cómo hay gente que puede dar un paso por el mundo sin haber tenido nunca en su pecho algunos de los momentos de esta Selva. Me maravilla tanta indigencia.

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