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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPregunta trascendente, sobre todo en nuestro país, donde se la ha entreverado con tanta cosa: turismo, domas, ciclismo…
No han de ser muchos los orientales que paran un momento para pensar en ella. No se requiere para eso tener fe, ser cristiano. Basta con no perder de vista la realidad. Una realidad que va más allá del ruido episódico y la publicidad. Una realidad que viene de la historia, que hizo historia. Que no es ni efímera ni superficial.
La experiencia, cotidiana pero también histórica, de solidaridad, empatía, apoyo, cuidados, servicio… que la sociedad recibe de quienes siguen a Cristo debería ser llamador suficiente.
Como que vale la pena conocer de qué se trata.
Pues se trata de una historia viva de amor, no de una novela romántica. Una realidad de un amor inconmensurable, inimaginable.
La de una persona que vivió en este mundo hace más de 2.000 años una vida increíble, que cambió la historia de la humanidad y la vida de miles de millones de seres humanos.
Una persona que con bondad, sencillez y alegría vivió a contracorriente de su tiempo y de su entorno. Pero no de forma contestataria, agresiva, organizando movimientos políticos o sociales e incitando a una militancia peleadora.
Al revés, dio vuelta los cánones de su época con solo su palabra y su ejemplo: perdonen en vez de vengarse, perdonen y no juzguen, den en vez de estar todo el día pensando en tener y recibir, entréguense a los demás, que ahí está la felicidad. Contando a quien tuviera la inquietud por saber, que venía de Dios, mandado por Dios, de quien era su hijo “dilecto” (para que los otros hijos, sus hermanos, reconocieran al Padre).
No era un loco: quien lea sobre su vida y su prédica se encontrará con algo totalmente realista y concreto, con poco chamullo y teorías. Cristo tenía muy claro cuál era la realidad del hombre y del mundo. No vivió un espejismo y no predicó un espejismo. Sabía —y lo dijo reiteradamente— que por ello terminarían matándolo. No por loco, por egoísmo, por soberbia. Quienes orquestaron su muerte no creían que fuera un loco (en ese caso hubiera bastado dejarlo que se quemara solo).
La historia nos cuenta que de esa vida salió una fuerza y una luz que siguieron y siguen millones de hombres y mujeres: pecadores, pero peregrinos, en busca de acercarse al ejemplo, a las enseñanzas de Cristo: a Cristo mismo.
Es una realidad. Después está la fe, que lleva a otras profundidades, pero aquí hay algo auténtico, real.
Como que no se pierde el tiempo conociéndola y valorándola.
La Semana Santa es la recreación de la etapa culminante de la vida de Cristo, cuando demuestra al mundo que no estaba macaneando ni haciendo política o populismo.
Que daba su vida por los demás, tal y como la predicó.
Ignacio De Posadas