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Olivier Assayas (París, 1955) inició su carrera cinematográfica casi en simultáneo con su trabajo como crítico de cine en la mítica Cahiers du Cinéma, revista de cine francesa nacida en la década de 1950 y semillero de otros críticos/cineastas como Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette, François Truffaut, Éric Rohmer, que también llegó a ser editor de la publicación, los chicos desobedientes de la Nouvelle Vague, renovadores del cine europeo. Assayas tenía 25 años, inquietudes artísticas, vocación por la escritura y las artes plásticas. Se licenció en literatura, incursionó en la pintura, de ahí pasó a hacer cortos en Super 8 y posteriormente a colaborar con Cahiers du Cinéma, donde entre 1980 y 1985 se encargó principalmente del cine marginal, de las películas de ciencia ficción y de las obras de cineastas como el canadiense David Cronenberg o el estadounidense John Carpenter. Hasta que un día la revista lo envió a cubrir el Festival de Cine de Hong Kong. La experiencia fue determinante, como pasar del blanco y negro al color, significó el encuentro con una energía, una vitalidad y una originalidad insospechadas hasta entonces. Nadie (o casi nadie) sabía qué cine se hacía por esa zona del planeta, y Assayas se encargó de compartir su descubrimiento y escribió acerca de la obra de Edward Yang, Sylvia Chang o Hou Hsiao-hsien, sobre quien luego, cuando se pasó a la dirección, filmaría HHH para la serie de documentales Cinéastes de notre temps.
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Una selección de su obra crítica fue compilada en Presencias. Escritos sobre el cine (Monte Hermoso, 2019). Publicado originalmente en 2009, reúne textos de los años de Cahiers du Cinéma y también ensayos publicados posteriormente en otros medios. Assayas se explaya sobre Luchino Visconti, Rainer Werner Fassbinder, Martin Scorsese, Clint Eastwood, Brian De Palma, George Lucas y Steven Spielberg, además de escribir sobre el arte de escribir (y el pasaje de lo escrito a lo filmado), sobre Picasso, Godard, Ingmar Bergman y Johnny Cash, y abordar y reivindicar las incursiones cinematográficas de Andy Warhol. Y, claro, también están sus artículos sobre el cine de Hong Kong y Taiwán.
Como ocurrió con los críticos devenidos cineastas, el paso a la realización le permitió poner a prueba ideas que tenía sobre el lenguaje cinematográfico en vez de buscarlas en los trabajos de otros directores. Director, guionista, productor, Assayas es ecléctico y a menudo difícil de clasificar. Parece moverse con soltura en varios géneros (thriller, melodrama, drama, horror, comedia) y hace foco en anécdotas o historias que en otras filmografías pueden ser consideradas secundarias o laterales dentro de una trama mayor. Por lo general, esas anécdotas tienen que ver con el cambio, la transición, el pasaje de una realidad a otra. El paso del tiempo, la consciencia de la finitud y la aceptación de la pérdida (Fines de agosto, principios de septiembre), la vejez y las relaciones intergeneracionales (El otro lado del éxito, Personal Shopper), la búsqueda de redención y la posibilidad de empezar de nuevo (Clean, Boarding Gate, Los destinos sentimentales), los cruces entre la ficción y la realidad, la verdad y el mito (Irma Vep, Carlos), lo material dentro de lo espiritual y lo espiritual dentro de lo material (Personal Shopper).
En su última película, Dobles vidas (Doubles vies, Francia, 2018), hay un poco de todo esto. Dobles vidas es la historia de Alain (Guillaume Canet), editor literario de un sello centenario y de cierto prestigio. También es la historia de Selena (Juliette Binoche), su esposa, una actriz de cine que protagoniza una exitosa serie de televisión. Y es también la historia de Léonard Spiegel, interpretado por Vincent Macaigne, escritor y también amigo de Alain, quien en esta oportunidad no quiere publicar su última novela. También están Valérie (Nora Hamzawi), agente de prensa de un político en ascenso, y Laure (Christa Théret), encargada del área digital de la editorial.
Ahora, el picante. Selena mantiene una relación extramarital con una persona relativamente cercana a su esposo. Y su esposo sale con una compañera de trabajo que a su vez es pareja de una mujer. Esta trama de secretos y verdades a medias, de atracción y rechazo, de simulacros, transiciones y sospechas, va tensándose y haciéndose más emocionante. Todo se puede ir por el caño. O no. Siempre se puede seguir construyendo relatos de ficción para mantener las apariencias.
Y mientras esto ocurre, se habla. Y se habla bastante a lo largo de los 107 minutos que dura el filme. De los efectos del desarrollo digital en el mundo y, más específicamente, en el mercado literario. De los ciclos de vida de los libros, la expansión de los ebooks y la creación de los libros a demanda. Del papel del editor, del trabajo de la editorial y de la ética del escritor. De las estrategias de las multinacionales (asunto explorado en la magnífica Demonlover, donde las corporaciones son las nuevas deidades). Del poder de Internet, la importancia de las redes sociales y el papel de los influencers. De los algoritmos y la representación digital (también presente en Personal Shopper). De los hashtags, los likes, la cantidad de seguidores y los comentarios y las puntuaciones que se le da a una obra en la web. Del declive de la labor crítica. De la facilidad y la rapidez con la que se juzga y se opina de todo. De las series de televisión y el cine contemporáneo. De las modas en el mercado editorial. Del valor de la ficción y de los límites de la autoficción (Léonard no puede escribir si no es desde la autoficción: en sus novelas apenas se camufla dentro de sus protagonistas masculinos, mientras que las mujeres de sus libros son copias ligeramente disimuladas de las mujeres de su vida, lo cual, claro, tiene su precio).
Todo es comentado y debatido en conversaciones, discusiones o menciones breves. Nunca hay una respuesta única. Y no todo es blanco o negro. Según Alain, que es un lector fino, esta es una época en la que cada vez se escribe más y mejor, una época en la que cada vez hay más libros y, al mismo tiempo, menos lectores (la gente no busca leer, sino tener la sensación, la experiencia, de haber leído, de ahí el exitoso avance de los audiolibros). Se habla mucho en la película. Y no solo de libros. Porque entre encuentros clandestinos, cenas con amigos, viajes de trabajo, pausas durante un rodaje y presentaciones de libros, también aparecen asuntos como el desgaste en la pareja, el veneno de los sobreentendidos, la verdadera naturaleza de la fidelidad. Y no siempre se hace lo que se dice. Toda (o casi toda) la acción transcurre en París, lo que implica que esas charlas y esas situaciones se dan entre copas de vino y platos de comida que lucen deliciosos.
Assayas y su elenco logran hacer atractivo, entretenido y divertido un cuadro que tiene bastante como para ser un aburrimiento mayúsculo. A la muy buena la composición de los personajes (Macaigne, actor, guionista y director de cine y teatro, está notable como Léonard), hay que sumarle el filo de los diálogos, el humor que se cuela en las palabras y en las acciones, que muestran lo que a veces los personajes quieren ocultar.