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Hay videos en YouTube donde se intenta resumir, explicar o interpretar tanto lo que ocurre en la primera como en la más intrincada segunda temporada de Dark, la serie creada por el cineasta suizo Baran bo Odar y su esposa, la guionista y productora alemana Jantje Friese. Aunque en la actualidad es bastante corriente la expansión de casi cualquier producto cultural o de entretenimiento a través de sitios y comunidades virtuales, tiene bastante sentido que ocurra con este bicho raro y a la vez popular que es Dark, la serie alemana que se emite en Netflix, un drama de misterio y ciencia ficción que involucra ciencia y filosofía, mitología y teología, simbología y numerología, y cuya tercera y última temporada llegará en 2020. Hay guías y mapas y árboles genealógicos de los personajes, algunos de los cuales tienen nombres bíblicos o que remiten a científicos o a autores de ciencia ficción. Hay una expresión que se repite, Sic Mundus Creatus Est: “Así el mundo fue creado”. Hay posteos y memes y comentarios en las redes sociales, veredictos que van de la glorificación a la enervación, del cero al infinito y viceversa. Y, como suele suceder, quizás todos tengan algo de razón y lo más parecido a la verdad se encuentre en medio de estos extremos.
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En el principio hay una época, 2019, un pueblo, Winden, y un niño, Mikkel, de 11 años, que desaparece luego de internarse en una cueva en medio del bosque. Aunque en realidad este no es el principio y la de Mikkel no es la única desaparición. Existe una extraña articulación de sucesos oscuros que se gesta cada 33 años, lo que provoca que la narración alterne principalmente entre 2019, 1986 y 1953, con un breve pasaje hacia 2053. Eso, al menos, en la primera temporada. Porque para la segunda hay más misterios y saltos temporales y revelaciones que conducen a más misterios. Y el final no es el final, y el principio tampoco es lo que parece. O sí. Las épocas se cruzan, al igual que los personajes, cuyas historias son las historias de sus familias, de sus hijos, de sus nietos, padres y abuelos.
Todo lo que ya estaba bien en la primera también lo está en esta entrega. El cuidado en la composición de los planos, los juegos con la simetría, la banda sonora a tono con la vidriosa e inquietante atmósfera de la serie. El casting, muy acertado, presenta a un mismo personaje en épocas distintas por medio de intérpretes distintos. Y está la historia, que es una y varias al mismo tiempo. Y está el tiempo, que es un dios, una construcción mental, un enemigo, un misterio.
La segunda entrega arranca seis meses después de donde terminó la anterior. Es 2053 y han pasado 33 años del Apocalipsis de 2020. A lo largo de ocho episodios de una hora la serie va y viene presentando una cuenta regresiva hacia ese momento, pasando además por los años 1954 y 1921. En el trayecto: suicidios, asesinatos, apariciones, desapariciones, un sacerdote que lleva la Tabla de Esmeralda tatuada en la espalda, y un hombre misterioso que se hace llamar Adam, líder de una organización denominada Sic Mundus, que le ha declarado la guerra a ese dios cruel que devora a sus hijos, el tiempo.
En Dark los enigmas se responden con nuevos enigmas. Y, sobre todo, con paradojas. Para nacer primero hay que morir, una misma persona puede ser la salvación y la condena, y la madre de un personaje puede ser su propia hija. Es obvio y natural que entre tantas idas y vueltas y distintas versiones temporales de los mismos personajes uno se maree. Que cuanto más vea, menos entienda. De repente todo tiene sentido y de repente todo se enreda de nuevo. Lo interesante es que, en sí mismo, no es este un gran problema. Los viajes en el tiempo y las acciones que transcurren en paralelo en distintos planos temporales le confieren una electricidad peculiar a la serie y seguir con atención los hilos que van tejiendo la trama enriquece la aventura de ver Dark, por supuesto, pero enfocarse solamente en ese aspecto por temor a perderse lo importante puede llevar a desatender asuntos que son tanto o más trascendentales.
Dark es un generoso dispensador y a la vez receptáculo de ideas y teorías radicales, sugestivas o irreconciliables. A través de las sagas familiares de Winden se desgranan nociones provenientes de fuentes diversas. Aquí hay mecánica cuántica y neurociencia, mitología y filosofía, escuelas y prácticas como las del gnosticismo y el hermetismo, el hinduismo y el budismo. La retrocausalidad o la posibilidad de que las decisiones y acciones del futuro afecten el pasado. La visión no dualista y la naturaleza ilusoria de la realidad. Las relaciones de interdependencia entre todos los seres. La noción jungeana de la sincronicidad y el Unus Mundi, la unidad mente-espacio-tiempo. La idea de que todos los fenómenos, incluido el tiempo, tienen su origen en la mente.
¿Hay que tener conocimientos de ciencia, tecnología, mitología y filosofía para comprender y seguir y disfrutar un drama de ciencia ficción y misterio como Dark? Para nada. Del mismo modo que no es excluyente tener conocimientos de balística para apreciar un policial (puede ayudar, pero la misma ficción se encarga de ofrecer lo necesario para avanzar con y a través de ella). El drama humano tiene suficiente fibra como para sostenerse en la tempestad de paradojas y agitaciones espaciotemporales que se producen a lo largo de la serie.
Dark interpela sobre el destino, los opuestos y las contradicciones que viven en el interior de la condición humana, sobre la libertad y sobre cómo se repiten los acontecimientos que se intentan evitar. En un momento, alguien, que sabe más por viejo que por diablo, dice: “No somos libres en lo que hacemos porque no estamos libres de lo que deseamos”. Y cerca del final, uno de los protagonistas reconoce: “Cambiamos un grano de arena, pero con él, todo el mundo”. Dicho de otro modo: cada fenómeno, por pequeño que sea, es igual de importante: todo es uno y uno es todo: Sic Mundus Creatus Est.