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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA principio de siglo, ganamos la licitación internacional para el proyecto del muelle C del Puerto de Montevideo. Con 95% de puntaje en antecedentes y metodología contra 80% de la oferta argentina. Y con mejor precio.
Los pliegos pedían una construcción con cajones flotantes de hormigón, como fue construido el muelle Mántaras, un tipo de construcción moderna donde grandes cajones de hasta 8.000 toneladas se cosntruyen en varaderos o en pontones especiales con encofrados deslizantes, se botan al agua y remolcan hasta la posición, y luego se hunden llenándolos con agua hasta un pedraplén construido previamente en el fondo con rocas trituradas.
Siguiendo la recomendación de un cliente, el gran amigo de Uruguay que fue Fernando Nicolás, de Ence, nos presentamos solos. Ya la ingeniería uruguaya era mayor de edad, no necesitábamos tutores. Aunque estábamos asesorados por los amigos canadienses, como Steve Hunt, de los mejores, y contando con el apoyo de Paul Louer, el amigo holandés que ya había colocado cajones flotantes en el puerto francés de Le Havre.
Todo iba bien, hasta que un ingeniero de la ANP, que antes creía amigo, me pidió por favor un programa de trabajo, la metodología de diseño. No veía para qué, ya habíamos sido calificados y ganamos con nota; ahora que sé más del Estado y de los argentinos, no entrego nunca más una documentación suplementaria sin explicación. Lo tomé como un pedido para explicar a superiores no técnicos.
El programa de trabajo incluía utilizar las normas inglesas British Standard; con miles de puertos en el mundo, el almirantazgo inglés es reconocido.
Según las normas, debía analizarse el riesgo de licuefacción de rellenos de los caissons por sismos y estimar la influencia de heladas sobre la formación de hielo en la superficie de los hormigones.
Sorprendentemente, por esa metodología, que formaba parte del contrato de diseño y por consiguiente era improcedente pedirla antes de firmarse el contrato, ¡la ANP rechazó y anuló la oferta mía!
1) Que no correspondía analizar sismos porque Uruguay era zona riesgo cero.
2) Que no había heladas en el puerto, analizar el riesgo era disparatado.
Junto con la anulación, con un informe técnico de un tercero, el ingeniero de referencia me sugirió no protestar, que habría otros trabajos más adelante, pero sería muy mal visto si reclamaba.
Ahora que se midieron ondas sísmicas de hasta grado 5 en Atlantida, debo decir que nosotros sí seguimos considerando el riesgo en las obras marítimas, aunque los pliegos no lo pidan. El terremoto de Colonia, a fines del siglo XIX, demolió casas en Buenos Aires, y la falla del Río de la Plata sigue activa. El escudo brasileño en que estamos no es inmune a los temblores.
Y la influencia de las heladas en los hormigones no las conoce el que no estuvo en obra; en todos los bajos, los pavimentos de hormigón deben ser con aditivos, incorporadores de aire y selladores siloxano silano contra las heladas o se fisuran como pasa en los accesos de Montevideo cuando el agua se congela y dilata en las microfisuras.
Al final, la consultora argentina hizo un proyecto sin cajones, no sabía hacerlos. No cumplió el pliego. Su proyecto fue con pilotes, y en vez de 40 millones costó 80 millones de dólares. Pero el socio local CSI de esa consultora argentina había sido la central informática del FA en las elecciones, y se negoció todo entre casa, con el ministro Rossi.
Lo importante es que revisemos las normas uruguayas de la UNIT para cargas a las edificaciones. Con la Facultad de Ingeniería, por favor, estimen las fuerzas horizontales a aplicar, estimen las probabilidades y construyamos para 100 años. E incorporemos a las heladas en el diseño de hormigones a la intemperie y pavimentos, las normas de la Usace para Uruguay ya las consideran.
Hagámoslo a la uruguaya, seriamente, dejando atrás los antecedentes bochornosos del pasado, de un lado y del otro también.
Ing. José M. Zorrilla