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    Sobre las ideas oscuras

    Columnista de Búsqueda

    N° 1660 - 03 al 09 de Mayo de 2012

    Antoine Arnauld, prócer de Port-Royal, siguió la senda un poco torcida del jansenismo; su obra “Comunión Frecuente” le mereció el recelo de buena parte de la Iglesia, especialmente de los jesuitas, que veían en su teoría de la Gracia una insinuación fatalista desagradablemente próxima a las desaforadas tesis calvinistas.

    En cuanto teólogo, fue más amigo de las controversias que de las coincidencias; pero como filósofo, como autor de la Gramática y especialmente como impulsor y coautor de la La logique ou l’ art de penser (Gallimard, 1992) solamente despertó admiraciones y coincidencias que atraviesan, indemnes, los ya más de cuatro siglos de su primera edición.

    Junto al también sacerdote Pierre Nicol, maestro de las écoles de Port-Royal que estaban dispersas en París y en parte de la campiña francesa, se propuso ofrecer un resumen funcional de precisamente el arte de pensar que reuniera, bajo la forma de síntesis novedosa, la tradición de Aristóteles con ciertos aportes de la escolástica y con algunas de las principales aperturas que formulara el contemporáneo Descartes. El resultado es un trabajo de racionalismo optimista (como en general lo son todas las obras de la misma índole) perfecto en cuanto manual, pletórico de incentivos y de provocaciones que busca, además de clarificar conceptos, enseñar los modos más provechosos para sacar el mejor partido de los usos habituales del pensamiento.

    De las cuatro partes de las que se compone el cuerpo del texto, hoy me interesa exponer un cierto detalle de la primera que tiene relación con un tema que desesperó a Descartes, a saber: la distinción entre las ideas claras y distintas, y las ideas oscuras y confusas.

    Las primeras, recordemos a Descartes, son las que permanecen de pie luego del proceso severo de la duda metódica, mientras que las segundas son aquellas que nos sugieren esos amables enemigos de la luz que son los sentidos. Observan Arnauld y Nicole que lo claro implica lo distinto, y lo oscuro supone necesariamente lo confuso, y como entienden que los ejemplos son mejores maestros que las abstracciones, establecen una suerte de inventario de las ideas claras y de sus opuestas, las oscuras. Así, dicen, evocando a Descartes, que “la idea que uno tiene de sí mismo, en tanto una cosa que piensa, es muy clara, de la misma manera que lo es la idea de todas las dependencias de nuestro pensamiento, como juzgar, razonar, dudar, querer, desear, sentir, imaginar. (…) También concebimos claramente el ser, la existencia, la duración, el orden, el número (…) Las ideas confusas y oscuras, en tanto, son aquellas que que provienen de las cualidades sensibles, como los colores, los sonidos, los olores, el gusto, el frío, el calor, el hambre, la sed, la pesadez, el dolor corporal” (páginas 63 y 64).

    Lo interesante es por qué entienden los autores que estas últimas ideas son oscuras y confusas. Arnauld y Nicol son cartesianos à la mode, de la primera hora, y por consiguiente postulan un dualismo radical, militante; para ellos lo uno es excluyente de lo diverso; el cuerpo y el alma son entes extraños entre sí, como abiertamente lo postuló Platón, como en parte lo afirma San Agustín. Dicen que todo se debe a una discrepancia entre el alma, que no ha puesto ninguna voluntad para recibir esas impresiones, y el cuerpo, que es una incansable y entrometida usina de excitaciones y comunicaciones agolpadas y veloces.

    Son oscuras las ideas porque el alma, al no procesarlas, no tiene cómo abarcarlas, encuadrarlas, encauzarlas. Es preciso, pues, un fuerte combate interior para que la claridad triunfe, para que lo discrepante y confuso sea sometido a la claridad de los grandes principios que deben regir la vida de los hombres.

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