N° 1987 - 20 al 26 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo tengo claro cuánto tiempo se necesita para olvidar un hecho colectivo grave, es probable que baste un par de generaciones. O incluso una sola. A pesar de nuestro mejor esfuerzo, el de querer recordar cómo fueron las cosas que nos trajeron hasta aquí, quienes no las han vivido difícilmente entiendan lo azaroso, sinuoso y costoso que ha sido el proceso de obtenerlas. Quien no pasó por esos instantes puede entenderlos al menos en un sentido teórico, pero difícilmente pueda tasarlos e invocarlos de manera fina.
Y es que entender no es lo mismo que saber. En el saber se combina un “haber vivido en carne propia” que es intransferible. De alguna manera rara se parece a aquello que siempre se dice sobre ser padre: para entender en qué consiste la experiencia como un todo, no basta con leer manuales. Si la experiencia no nos atraviesa, no la entenderemos nunca en su dimensión más compleja.
Ahí tenemos por ejemplo la democracia. Vituperada, instrumentalizada, exigida, denunciada, le pedimos a la democracia que aporte soluciones siempre al 100%, 24 horas al día, los 365 días del año, todos los años. Nosotros, que somos increíblemente generosos a la hora de plantearnos esa exigencia sobre nuestras acciones en el día a día, la señalamos ferozmente cuando no cumple con nuestras expectativas. Y eso que la democracia depende de manera estricta y compartida de lo que cada uno de nosotros decida hacer en cada instante de su vida social.
Sabemos también que cuando no hemos tenido democracia las cosas han ido bastante peor. No me refiero a la seguridad o a tal o cual indicador socioeconomico concreto. Me refiero a la certeza de que, con todos sus bemoles, se vive mejor en una democracia que en una dictadura. En Uruguay ese consenso ha sido constante al menos desde 1985. Y ha sido confirmado y ratificado por todos los partidos políticos. Es lógico, todos ellos necesitan de ese sistema para poder operar como tales y justificar su existencia.
El problema arranca cuando esos partidos (o al menos una parte importante de sus dirigentes) se olvidan de que para poder jugar el juego, que es nuestro y de todos ellos, se necesitan un marco y unas reglas. Y que de la estabilidad en la aplicación de ese marco y esas reglas es de donde surge la posibilidad misma del juego. En realidad no es que lo olviden es que lo pierden de vista en el tacticismo, en la chiquita, en la búsqueda de conservar o reconquistar la poltrona. En hacer eso por encima de cualquier consideración sobre la democracia.
En resumen, que quienes deberían ser ejemplares en el respeto de la norma (son ellos los primeros interesados en que las cosas no les terminen como a Ceausescu o Mussolini), empiezan a perder de vista que esta solo puede ser tal si su aplicación es estricta. Ya se sabe cómo le ha ido a este país cuando creció la convicción de que las reglas eran opcionales: o eran un gesto burgués o eran un gesto para blandos que no creían en la mano dura. En cualquier caso, es sabido que las reglas marcharon al tacho de la dictadura.
Tómese como ejemplo reciente el ruido sobre la sanción y el arresto domiciliario del comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos. Calculo que esa clase de asuntos fueron previstos por nuestros constituyentes y que existe un protocolo para situaciones como esta. Convertir el ejercicio de aplicación de la norma en un caso de “hacer política” es entender esta con una cortedad de miras (calcular si me aporta o me saca votos decir esto o lo otro) que no solo es torpe: también es temeraria y peligrosa.
Podríamos suponer que esos gestos destituyentes de la regla y sus garantías se deben a que nadie recuerda realmente cómo es la vida en un sistema en donde las reglas se aplican solo si me dan ganas a mí, es decir en un sistema no democrático. Pero no es así: por edad, muchos de los que saltaron “apoyando” al general o cuestionando las decisiones del presidente (o el propio presidente sancionando a Manini y diciendo que este cuenta con su confianza al día siguiente) saben perfectamente lo que es una dictadura.
Temerario, torpe, peligroso y ademas antipolítico. En el sentido de someter a un sistema siempre perfectible a unas tensiones que jamás, de ninguna manera, pueden venir de aquellos partidos que representan a la ciudadanía. O de militares que tienen un mandato muy específico y cuyo único poder emana del soberano, que es el pueblo democrático, y no de las armas que nosotros le autorizamos a portar. Todos ellos están donde están y hacen lo que hacen precisamente para blindar la democracia ante esta clase de tentaciones destituyentes. Esa destitución que ha sido el germen, la leña para el fuego que, a lo largo del siglo XX y lo que va de este, permitió encender todos los totalitarismos.
En su breve e interesante libro Sobre la tiranía, el historiador estadounidense Timothy Snyder recuerda: “Las instituciones no se defienden a sí mismas. Caen una tras otra a menos que cada una de ellas sea defendida desde el comienzo”. Esa es una evidencia empírica que nos aporta la historia, incluida la historia reciente del Uruguay y su dictadura. Quienes aún viven y la vivieron, tienen el deber de recordar cómo se trataba a la democracia desde distintas tiendas en la década previa y contarle al resto en qué desembocó ese desprecio generalizado por las reglas del sistema democrático.
Me encantaría ver a alguno de nuestros políticos mayores hacerse mínimamente cargo del disparate en que nos metieron como colectivo hace ya unas décadas. Como no lo veo muy probable, me conformo con que sea meridianamente visible que han tomado buena nota de sus burradas de entonces y que tienen claro que su trabajo como políticos es gestionar y mejorar un material frágil y reversible: nadie nos puede asegurar que lo que hemos logrado (las garantías, las libertades, los procedimientos) se mantengan siempre, pero es evidente que los representantes políticos deben tener sentido de Estado y ser claros en la defensa sin pausa de esos procedimientos. No todo vale para conservar el sueldo o el poder.
“Hacer política” es antes que nada preservar la plaza pública en donde se produce el debate. Para mantenerla hace falta respetar, siempre, las reglas y los procedimientos del juego democrático. De lo contrario no hay plaza ni juego. Por eso “hacer política” no puede ser nunca ese peloteo mezquino y corto, en donde el interés inmediato de tal o cual partido sea lo que prime por sobre la firmeza en la defensa del terreno común. Preservar la democracia es responsabilidad ciudadana, pero también, mucha, de los partidos que nos representan. No hay por qué conformarse con menos. Es peligroso conformarse con menos. Ya nos conformamos con menos. Así nos fue.