N° 2022 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las tareas más complejas y delicadas que enfrenta el país como colectivo en estos tiempos, es la educativa. Es una tarea compleja, de largo aliento, que se cruza además con un montón de factores que no tienen que ver con la educación. Por ejemplo, el hecho de que el nivel de ingreso de las familias tenga un peso inmenso a la hora de que la trayectorias educativas de los estudiantes se completen o no. Eso es algo que va mucho más allá de lo que puede resolver un sistema educativo e involucra factores sociales, culturales y económicos que atañen a todo el Estado y a todo el país.
Como toda tarea compleja, que involucra un montón de actores diversos y que difícilmente pueda ser resuelta en un período de gobierno, no es raro que quienes tienen la responsabilidad de resolverla se vean tentados a buscar atajos. Unos atajos que, al menos en el discurso, solucionarían de manera más o menos veloz el problema del abandono estudiantil y pondrían al país en la senda correcta. Senda que, por cierto, parece estar lejos, dado que nuestros índices de abandono en, por ejemplo, la educación media superior, nos ubican bastante por debajo de los índices de la región y de los índices esperables según el puesto que ocupa Uruguay en el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas. Es decir, por debajo del resto de nuestros indicadores sociales.
El debate sobre la repetición parece ser uno de estos atajos. No sé si como resultado de la desesperación, de que es año electoral o de que eso es todo lo que se puede llegar a construir con las herramientas que actualmente se utilizan en ese debate, pareciera que eliminar la repetición fuera la llave mágica para resolver el entuerto. Precisamente, el tema fue debatido en esos términos hace un par de semanas en Montevideo en el marco de un seminario organizado por la ANEP, cuyo punto de partida, explicitado por el presidente del organismo, Wilson Netto, era la idea de que la repetición es un instrumento que perjudica la permanencia de los estudiantes en el sistema.
Dado que el tema aún se debate entre expertos, no voy a cometer el atrevimiento de discutir esos argumentos en su parte técnica. Sí me interesa discutir un par de aspectos que me parecen centrales en el papel de fetiche que parece estar asignándose a la repetición. Y también cuestionar la idea de que sea buena idea achacar a algún sector social la responsabilidad por esa mala herramienta, la repetición, que, se nos dice, es el principal obstáculo para lograr la plena inclusión en nuestro sistema educativo.
Uno de los argumentos utilizados por las autoridades de la ANEP para explicar el alto grado de deserción que existe en el sistema educativo uruguayo, especialmente en Secundaria, es que el sistema se ha masificado en los últimos años. Y que, al ser un sistema pensado de manera excluyente por quienes lo idearon, tiende a expulsar a los recién llegados. “Llegó la hora de que hagamos un pacto social, un acuerdo de que la educación es obligatoria para todos, es un derecho de todos y, por tanto, no puede ser pura meritocracia. Llegó el momento de que la clase media acepte que esos bancos que, históricamente, se reservó para sí misma, ahora los deberá compartir con los recién llegados”, dijo en ese seminario Antonio Romano, director de Planeación Educativa de la ANEP. Es decir, que en algún momento la clase media de este país definió por su cuenta las reglas del sistema educativo y entre esas reglas estaba una que les reservaba plazas de calidad, dejando afuera a las clases populares.
Más allá de que resulta difícil pensar que una categoría social tan vaga y difusa como “la clase media” pueda tomar esa clase de decisiones como colectivo (¿dónde se reservan esos bancos de elite? ¿En una serie de asambleas masivas celebradas en el Estadio Centenario?), es más dudoso aún que la pérdida de calidad de la educación se deba a una cuestión puramente ideológica como esta. Tan dudoso como que los estudiantes pertenecientes a las clases populares sean recién llegados al sistema.
Según se dijo en el encuentro de la ANEP, en 1960 el 40% de los jóvenes ingresaba a Secundaria. Comparado con el actual 94% pareciera que tiene razón Romano, que el panorama cambió y que solo ahora los sectores populares ingresan al ciclo (que lo terminen es harina de otro costal). Si buscamos algún dato intermedio, el que aporta la Encuesta Continua de Hogares, por ejemplo, vemos que en el año 1986 casi el 80% de los jóvenes ya ingresaba en Secundaria. Y que el crecimiento de la matrícula desde entonces ha sido casi vegetativo. A menos que en el Uruguay de 1986 el 80% de la población fuera de clase media (o alta), ya desde entonces los sectores populares estaban masivamente incorporados a la educación Secundaria.
Según Netto, la repetición genera una desigualdad a nivel social que “imposibilita el desarrollo de algunos sectores de la sociedad”. Pero en palabras del sociólogo especializado en educación Pablo Menese, “nada se va a cambiar si se confunde a un predictor con una causa” y recuerda que “asociación no es causalidad”. Que 9 de cada 10 repetidores no terminen el ciclo, no quiere decir que esto se deba a la repetición. En todo caso, la repetición es un buen predictor de lo que puede suceder (y de hecho muchas veces sucede) con las trayectorias educativas de esos estudiantes. Entonces, no sería la repetición la causa del abandono y aquello que impide el desarrollo de esos estudiantes. O por lo menos, no en la medida en que parecen creer quienes centran todo el problema en la repetición. Eso parece más bien wishful thinking y, a la luz de los datos, algo no demasiado serio.
Datos que dicen que, en la educación media superior por ejemplo, egresan 8 de cada 10 estudiantes en el nivel de mayor ingreso y que esa proporción es de 2 de cada 10 en el nivel de menor ingreso. Más que la repetición, que es un límite sistémico pero no una causa, lo que parece determinar la mejor posibilidad de egresar de la educación media superior es el nivel de ingreso y todo lo que este suele tener asociado: más recursos simbólicos en la familia, mejores vínculos sociales, mayor capital cultural, todo aquello que construye la nebulosa que sirve para apoyar a un estudiante en problemas. Nebulosa que en el nivel de menor ingreso suele estar ausente. Claro, eso lo vuelve un problema mucho más complejo y que necesita un acuerdo (y un trabajo) mucho más amplio que aquello que se concluya en un seminario de la ANEP sobre la repetición.
La idea de que existen unas elites malas, de clase media en este caso, que no quieren que los más pobres accedan y terminen el ciclo, es pura ideología. Es construir un hombre de paja para justificar la elección de un atajo simplificador. Es esquivar una necesaria revisión profunda de las herramientas que se han venido usando hasta hoy y que nos han dejado exactamente donde estamos: con unos niveles de egreso y de deserción en la educación que resultan inadmisibles no solo para la sociedad que queremos ser, sino para la sociedad que ya somos.