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    Solo contra el mundo

    Alguien te grita al oído. Es un grito extraño, onírico, puede parecer caótico al principio pero en instantes ya resulta extremadamente afinado, musical, producido por una voz que tiene la capacidad de elevarse por encima de las demás y darles resonancia a las palabras, filo extremo, profundidad en cada incisión. Es Louis-Ferdinand Céline, solo él puede escribir de ese modo, empleando una jerga lúdica, con signos de admiración, puntos suspensivos, malas palabras, frases cortas, un golpe certero tras otro. Cincela imágenes a martillazos que se van convirtiendo en secuencias, que se transforman en emociones, que a su vez desatan una catarata de historias pesimistas, violentas, bizarras, crudas, dramáticas, entrañables y también graciosas. Ah, el humor, la risa, ¡cuánto valen! Y siempre desde la primera persona. Su vida como médico o como un niño descarriado en París, luego sus andanzas de adolescente que no sabe enfrentar el mundo circundante, los desplantes autoritarios de sus jefes en empleos ocasionales, los ataques de nervios de su padre, la desesperación de la madre, la tienda familiar de bordados y encajes que apenas se mantiene a flote, la paciencia y la buena onda del tío, como en Muerte a crédito, una novela visceral, maravillosamente mal hablada, necesaria, inolvidable.

    Un abrupto acceso de fiebre da paso a una escena digna del Bosco o del más alucinado Terry Gilliam. Los vecinos y las mandarinas de una frutería se confunden con objetos que caen del cielo, todos corren, cambian los colores de amarillo a violeta, el tío pedalea enloquecido en un triciclo, el médico se abraza a un termómetro gigante y la gente invade los bulevares como hormigas en una estampida, señoras y señores que tropiezan y aplastan los escaparates y las casas, los ascensores saltan por los aires, alguien pierde un ojo… Claro, es la fiebre de un niño, pero ya no habrá diferencia con lo que se aproxima, porque la vida toda se convertirá en un estado febril cuando el joven resida en Inglaterra en un apartado colegio suspendido en un acantilado y se niegue a decir siquiera una sola palabra en inglés. O cuando a su vuelta parisina consiga trabajo con Courtial des Pereires, un extravagante inventor y periodista que vuela en globo (¡1.287 ascensiones!) y electrocuta patatas para hacerlas crecer, que ha diseñado coches a medida y chalets polivalentes, desmontables, basculantes, modificables minuto a minuto… Parece Buster Keaton. No, también es Céline.

    Después de que el protagonista ha sufrido tantas experiencias y trabajos fallidos, conocido tantos personajes y viajado por diversas geografías; después de que vientos, cuerdas y timbales hayan sonado en esta sinfonía de una vida, el lector se pregunta cómo rematará Céline su novela de 547 páginas (edición española Debolsillo, 2011, traducción de Carlos Manzano). Y Céline, además de su fuerza arrolladora para generar imágenes y del tremendo despliegue emocional de sus palabras, da un suave toque sutil, un cierre sencillo:

    “No, tío”.

    Traducir a este escritor no es moco de pavo, porque su argot en francés debe ir a parar al español. De una jerga a la otra solo caben los usos regionales. Es tan poderoso el lenguaje de Céline, que los “coños” y las “leches” del español peninsular quedan perfectamente integrados al resto de su discurso demencial, que llegó a ser admirado fuera del ambiente literario por gente como León Trotski.

    En Conversaciones con el profesor Y (Caja negra, 2011, traducción de Mariano DuPont, esta vez a la jerga rioplatense), publicada a mediados de los 50, Céline (su apellido paterno era Destouches pero prefirió el de su madre) imagina una conversación con el tal profesor que ha ido a entrevistarlo. Es un vehículo para que nuestro gran maldito de las letras explique su estilo particular. Necesita defenderse, ser escuchado. Primero la emprende contra lo que él denomina “cromos”, esto es, el gusto por lo fácil, lo correcto, lo que no sale de la norma, lo que se muestra cromáticamente agradable, una puesta de sol, el delfín nadando en luminosas aguas azules, los pájaros recortados contra el cielo (“¡Un poco de moco y algunos fetos en lugar de ramos de flores!”). Luego habla del rescate de la emoción —su “truquito”, que le ha llevado años y esfuerzos perfeccionarlo— y de la imprescindible primera persona para narrar, el “yo”, a quien considera necesario recubrir de “mierda” para hacerlo más modesto y precavido. Por todo esto siempre se paga un gran precio. Y si es posible, además, tiene que haber humor. Dice Céline: “¡Hay que estar más que un poquito muerto para ser verdaderamente gracioso! ¡Eso es! Es necesario que nos hayan excluido”.

    Lo cromáticamente agradable también se extiende, por supuesto, a la política. Ahí va su pesimismo:

    —¡Vamos!... ¡que sin las guerras, el alcohol, la presión arterial y el cáncer, los hombres de nuestra atea Europa se morirían de aburrimiento!

    —¿Y fuera de Europa? —pregunta el profesor Y.

    —En África tienen el paludismo, en América la histeria, en Asia el hambre… en Rusia… ¡están obsesionados! ¡el aburrimiento no les hace mella a esos inquietos!

    No hay demasiada diferencia con lo que ocurre actualmente, si no es que estamos peor. El hombre es menos que una mosca, dice Céline. La mosca puede echar cien polvos en un minuto (“¡Toda la miseria de Don Juan viene de no haber tenido el vigor de la mosca!”).

    Muerte a crédito se publicó en 1936, cuatro años después de Viaje al fin de la noche, la obra maestra que le valiera elogios y reconocimiento como uno de los más extraordinarios narradores del siglo XX. También son los tiempos en que el mundo entra en una nueva y horrible convulsión con la II Guerra Mundial. Céline ya había peleado en la Gran Guerra, donde fue herido y condecorado por su valentía. Pero ahora elige el bando equivocado. Publica panfletos antisemitas y es acusado de colaboracionista. En 1944 huye primero a Alemania y después a Dinamarca, donde es encarcelado 18 meses en el pabellón de los condenados a muerte. Sale más flaco y enfermo. Y hay más exilio: va a parar a una cabaña con el piso de tierra a orillas del mar Báltico, a temperaturas bajo cero. Igual, Céline escribe y escribe, en compañía de su mujer Lucette Almansor, de su perra y de su gato. Cada tanto recibe la visita de algún escritor, algún amigo incondicional o la actriz Arletty.

    Cuando vuelve a Francia en 1951, amnistiado pero denostado, solo le queda para subsistir su profesión de médico. En su tesis para doctorarse ya había escrito un trabajo memorable, Semmelweis, sobre un higienista húngaro, padre de la antisepsia moderna. Más allá de las consideraciones médicas, hay pasajes como este: “Veinte veces descendió la noche sobre esta habitación, antes de que la muerte se llevara a quien le había infligido una afrenta precisa, inolvidable”.

    Nadie quiere publicar sus novelas ni sus escritos. La editorial Gallimard, luego de varias negociaciones, se anima a reeditar Viaje al fin de la noche, Muerte a crédito y Guignol’s Band. Y también una nueva novela: Fantasía para otra ocasión, que sale en 1952. Pero las ventas son muy malas. Si no es posible la muerte, entonces olvido es lo que muchos indignados le desean al hombre que ha simpatizado con el gobierno colaboracionista de Vichy, instaurado por el mariscal Pétain. Céline ha quedado solo para un puñado de lectores. Es un excluido de la sociedad, un paria, un maldito, “una desgracia nacional”. Recibe amenazas de muerte en cartas, le mandan pequeños ataúdes. De un castillo al otro, Norte y Rigodón relatan la huida de un hombre prendido fuego, que escribe acorde con esa incandescencia y al que le quemaron siete manuscritos.

    Murió el 1º de julio de 1961 en París, a los 67 años. Hoy es, después de Proust, el autor francés más traducido en el mundo. Fue una influencia indiscutida para Sartre, Henry Miller, Onetti (en especial El pozo) y Bukowski, entre otros escritores. Su lectura sigue quemando los dedos, pero seguro que son muchos más sus seguidores.

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