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En Kafka en la orilla, una de las tantas y valiosas novelas que con frecuencia produce Haruki Murakami, el protagonista viaja por una autopista como el acompañante de un extraño sujeto andrógino que maneja un soberbio modelo descapotable. Más allá del diálogo que mantienen, la escena está jugada en la placentera forma de conducir del andrógino, en la delicadeza para meter los cambios, la plasticidad y seguridad para girar el volante y la elegancia para adelantar a los otros coches, una especie de oda al movimiento y al paisaje circundante que ese movimiento genera. El protagonista viaja copado. Las imágenes se desprenden de los autos y camiones que van siendo sorteados a una gran velocidad sin que se note. El motor emite un apenas perceptible y familiar ronroneo, de modo que la charla adquiere un tono cálido e intimista. Esta escena resume la narrativa del escritor japonés (Kioto, 1949), tanto visual como sonora: elegante, suave, contemplativa. A lo que debe agregarse un sentido único del misterio, que se desgrana en cuentagotas.
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Murakami susurra las historias. Hay escritores que escriben en voz alta, gesticulan, gritan. Esto no es bueno ni malo: es el tono elegido. Céline grita, y es un genio. Lo mismo pasa con los pintores. Van Gogh pega alaridos de desesperación. Existe un sustrato sonoro detrás de la creación (y para los músicos un sustrato pictórico: Coltrane, en la última etapa es más abstracto que cualquier pintor abstracto); en definitiva es un modo de ilustrar, de medir las variaciones, de pesar el espectro creativo. Entrar en las novelas de Murakami no solo es conocer una historia, determinadas situaciones y ciertos personajes; es conocer una historia, situaciones y personajes a un volumen suave y agradable.
El personaje central de La muerte del comendador (Tusquets, 2018, 476 páginas) es un retratista que se ha separado de su mujer. En realidad, su mujer lo ha dejado, y el tipo se lo toma con una especie de filosofía zen. Se aleja de Tokio y se instala en un valle apacible, en la amplia y vacía casa que perteneció a un famoso pintor japonés radicado en Viena durante la II Guerra Mundial y actualmente internado en un hospicio, ya desconectado del mundo. Tenemos entonces una pérdida afectiva y una nueva etapa de soledades, reflexión y recogimiento, el campo fértil de Murakami para que ocurran cosas.
Por un lado está el tema de los retratos, que también es el tópico de la pintura en un sentido general: cómo encarar un rostro, dónde acentuar un rasgo, donde ocultar o minimizar otro. La observación, lo aclara el protagonista, no consiste solamente en escrutar con detenimiento la figura exterior. Es necesario descubrir lo que subyace en el interior, la esencia del sujeto que se retratará. Si se elige un color, por ejemplo el naranja, debe ser “ese tono que adquieren las cosas al arder”. Y Murakami va más lejos: el color de las cosas cuando maduran, se pudren y mueren. Un color en varios tiempos, en transición, que genere más que nada una idea.
Otros elementos que jugarán en esta historia serán el descubrimiento en un apartado de la casa de una pintura inédita y del viejo artista, que por alguna razón permanece oculta y se llama precisamente La muerte del comendador; la presencia de un hombre también solitario que vive al otro lado del valle, cuya figura cada tanto se detecta cuando sale al balcón de su moderna casa con diseño nunca visto (el señor Menshiki, que también tiene un Jaguar plateado), y el tintineo en la silenciosa madrugada —una vez más el detalle sonoro, que no se sabe exactamente de dónde viene— de una campanilla como la que empleaban los monjes budistas cuando se enterraban vivos. Dice el escritor: “Sonaba a intervalos. Después de un silencio sonaba de nuevo, y otra vez silencio. Parecía una secuencia, como si alguien enviase una señal. No tenía una cadencia regular. Los silencios a veces se alargaban y otras veces se acortaban. De igual modo, la frecuencia de sonido de la campanilla (o de lo que fuera) variaba. Era imposible determinar si seguía un patrón intencionado o sonaba por puro capricho”. Más allá de las preferencias musicales de Murakami (por el jazz, el rock y en este libro la ópera), el escritor juega siempre a establecer una palpable banda sonora. Y un silencio abrupto, repentino, también te puede despertar de un sueño profundo con la misma fuerza que un ruido inesperado.
Si Stephen King es un maestro para colar en sus novelas, por más realistas que sean, ese toque indiscutiblemente sobrenatural al que todos los protagonistas deben rendirse por más escépticos que sean, y que es el sello del terror sin cortapisas, ese que no tiene otra explicación que su sola presencia, Murakami es un maestro para introducir el mismo quiebre sobrenatural pero del lado bondadoso, cotidiano. Hay entidades muy cerca nuestro que tienen vida y no lo sabemos.
También es característico de su narrativa el tiempo que se toma para decir las cosas. No va por las frases punzantes; prefiere una exposición paisajística, ondulada, de clima creado (el protagonista abre la heladera, se prepara una cena, se sienta en un cómodo sillón a escuchar música, tenemos incluso detalles de esa música), para luego colocar con naturalidad un pase distinto, una sorpresa.
Un paréntesis puede ser la necesidad de fumar después de mucho tiempo. Otro, los detallados pasos de un exquisito menú. Otro, el ejercicio de la puntualidad, el momento exacto en el que bajás de un auto, te dirigís a la puerta y tocás el timbre. Pasar de la realidad hacia lo fantástico también es un hecho pictórico, como deslizar la luz paulatinamente hacia las sombras: “El sol otoñal había desaparecido por el oeste tras las montañas, pero yo había seguido pintando tan concentrado en el trabajo que ni siquiera se me había ocurrido encender la luz. Cuando me detuve para ver el resultado, comprobé sorprendido que había incorporado cinco colores distintos superpuestos entre sí”.
No se trata de una novela policial, por supuesto. Pero al existir un misterio —en realidad más de uno— es necesario que el pintor oficie como el investigador, que vaya levantando el velo para descubrir aquello que subyace escondido o que no se detecta a simple vista. Es la visión de un retratista, de un pintor, cuyo mundo circundante se va enrareciendo: “Por tanto, no me quedaba más remedio que admitir que en las costuras de la realidad debía de haberse producido un ligero desgarro”.
Murakami es, junto a la mórbida y talentosa Joyce Carol Oates, uno de los grandes escritores radiados del Premio Nobel. Tiene varias novelas (entre ellas Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Tokio Blues, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, La caza del carnero salvaje, Sputnik, mi amor, After Dark, Al sur de la frontera, al oeste del sol), libros de cuentos (Sauce ciego, mujer dormida, El elefante desaparece, Hombres sin mujeres, Después del terremoto) y ensayos (Underground, De qué hablo cuando hablo de correr). Es un señor con una tremenda producción. Alguna vez declaró: “Escribir una larga novela es un ejercicio físico, por eso entreno, corro y nado”. También, en algún momento de su adolescencia, estuvo al frente de un club de jazz, con lo cual el tabaco y el alcohol estuvieron asegurados.
Conviene aclarar —está explícito en la tapa del libro— que La muerte del comendador se trata de una primera entrega, algo que Murakami ya ha probado en otras ocasiones, como en 1Q84, que se dividía en dos tomos. Quizá sea una técnica de mercadeo: tomá medio Murakami y esperá con ganas la otra mitad. De todos modos, vale la pena adentrarse en el misterio, disfrutar el particular y amable ritmo que impone el japonés, y esperar la segunda entrega.