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    TLC con China: un objetivo a reconsiderar

    Sr. Director:

    Desde el comienzo de su gestión el actual gobierno ha manifestado su propósito de celebrar un tratado de libre comercio con la República Popular China; si fuera posible, con el Mercosur, pero en caso contrario con independencia del Mercosur.

    Estimo que los sucesos internacionales de las últimas semanas obligan a reconsiderar la cuestión. Me refiero, obviamente, a la invasión de Ucrania por Rusia y a la declaración conjunta sino-rusa de 4 de febrero pasado.

    La invasión de Ucrania por Rusia iniciada el pasado 24 de febrero, hasta hoy en curso y con resultado incierto, cierra una etapa y abre otra en las relaciones internacionales. Por primera vez desde 1945 una superpotencia entra directamente en guerra con un Estado europeo. Al atacar a Ucrania, Rusia violó principios básicos de la Carta de las Naciones Unidas, tales como el respeto por la soberanía e integridad territorial de los Estados y la prohibición del uso de la fuerza.

    La invasión disparó las alarmas en Europa. Alemania, por ejemplo, anunció un aumento sustancial de su presupuesto de defensa y Estados hasta hoy ajenos a la OTAN, como Suecia y Finlandia, dijeron que considerarán la posibilidad de solicitar el ingreso a esa organización. Suiza, por su parte, rompió por primera vez su histórica neutralidad para condenar la agresión y aplicar las sanciones económicas contra Rusia dispuestas por la UE.

    Estados Unidos aclaró desde el principio que no intervendrá directamente en el conflicto —si lo hiciera, podría desencadenarse una tercera guerra mundial, en la que se emplearían armas nucleares—, pero dispuso la aplicación de sanciones económicas contra el agresor y lanzó una gran ofensiva diplomática para aislar a Rusia del mundo desarrollado y hundir así su economía.

    Cuando la invasión comenzó se estimó que duraría poco; en el papel la superioridad militar rusa era tal que se suponía que en pocos días las operaciones habrían concluido, instalándose un gobierno títere en Kiev que rápidamente daría completa satisfacción a las demandas del Kremlin. Los hechos dieron por tierra con esos pronósticos. A 40 días de la invasión Ucrania sigue resistiendo y el presidente ucraniano, Zelensky, no solo no fue depuesto sino que pasó a ser un héroe nacional de prestigio mundial.

    No se sabe cómo ni cuándo terminará la guerra, pero lo que parece claro es que sus consecuencias se prolongarán por mucho tiempo. El gasto en armamento se multiplicará, las tensiones internacionales aumentarán y el peligro de que en algún momento alguien recurra a las armas nucleares crecerá también.

    Se dice que ha comenzado una segunda Guerra Fría, pero en esta ocasión los antagonistas no son solo los Estados Unidos y Rusia. China, que tiene mucho más peso que Rusia en la escena internacional, es el principal desafiante de la hegemonía estadounidense. La Unión Europea y el Reino Unido, alarmados por la guerra en Ucrania, necesitan hoy del amparo de la OTAN y se paran al lado de los Estados Unidos; el tiempo dirá qué alcance tiene su compromiso y cuánto dura.

    China y Rusia, por su parte, emitieron una muy significativa declaración conjunta el 4 de febrero último. Mientras se celebraban en China las Olimpíadas de Invierno, Putin viajó a Beijing y allí él y Xi Jinping anunciaron al mundo su completo acuerdo en una larguísima serie de temas (el documento tiene unas 14 páginas), que van desde las Naciones Unidas hasta el Ártico, pasando por el cambio climático y la gobernanza de Internet. En uno de los párrafos de la declaración se dice que “las nuevas relaciones interestatales entre Rusia y China son superiores a las alianzas políticas y militares de la época de la Guerra Fría. La amistad entre los dos Estados no tiene límites (…)”.

    Es obvio que China firmó esa declaración de “amistad sin límites” sabiendo que la invasión de Ucrania estaba a punto de producirse. Nadie se sorprendió, por ende, cuando en las Naciones Unidas China no dio su voto a la condena de una agresión que viola todos los principios de la organización. La dinámica de la situación hará que Rusia, aislada de Occidente, se recueste cada vez más en su poderoso “amigo” oriental.

    Es evidente que en este nuevo escenario internacional, un TLC entre Uruguay y China no significaría lo mismo que hubiese significado hace uno o dos años. El mundo cambió, y no para bien. Vuelven a soplar vientos de guerra y no se sabe cuál será su intensidad, ni su dirección, ni su duración.

    Desde siempre Uruguay ha formado parte de Occidente; nuestra cultura y nuestras instituciones (la democracia, los derechos humanos, el Estado de derecho) son occidentales. En las dos guerras mundiales del siglo XX, nuestra condición de no beligerantes no impidió que el sentimiento nacional estuviese claramente del lado de las democracias en lucha contra el Kaiser, primero, y contra el Führer después. Durante la Guerra Fría, las simpatías de la gran mayoría del pueblo uruguayo y los gobiernos que el pueblo eligió estuvieron del lado de los Estados Unidos y la democracia que ellos representaban, no del lado de la URSS, el régimen comunista y el infame muro de Berlín.

    En esta nueva etapa de confrontación entre superpotencias que está comenzando, ¿vamos a cambiar nuestros alineamientos históricos, pasando del lado de los amigos de Ucrania al lado de los amigos de Rusia? El punto merece un debate a fondo en el seno de la propia coalición de gobierno, que hasta hoy no hemos tenido tiempo de sustanciar.

    No se nos podrá decir, seriamente, que un acuerdo comercial no tiene por qué tener consecuencias más allá de lo estrictamente comercial o económico. Un TLC tiene siempre un componente político. En este caso nos estamos refiriendo a un acuerdo entre un país de 1.400 millones de habitantes y otro de 3,5 millones de habitantes. Es evidente que el país más poblado del planeta no le otorgará a Uruguay la posibilidad de acceder libremente a su inmenso mercado, a cambio de la posibilidad de acceder al mercado uruguayo. La contraprestación que reciba la parte china no puede ser esa; ha de ser de otra naturaleza, política y estratégica. Por algo, antes de la celebración de un eventual TLC está prevista la suscripción de un “acuerdo estratégico integral” entre Uruguay y China. Cuando a fines de febrero el canciller Bustillo compareció ante la Comisión Permanente de la Asamblea General, dijo que tiene la intención de viajar a China tan pronto como sea posible para firmar ese acuerdo, cuya naturaleza y alcance no definió; pero si las palabras significan algo, que se diga que se trata de un “acuerdo estratégico integral” ya está indicando que no es solo el comercio lo que está en juego.

    Desde hace muchos años, China es nuestro principal cliente. Si aumentan mucho nuestras exportaciones hacia ese mercado, aumentará también nuestra dependencia de él. Llegará un día en el que no podremos decirle no a nada que se nos proponga, porque las consecuencias de la negativa podrían llegar a ser insoportables. ¿Estamos dispuestos a quedar en esa situación, aún a cambio de poder exportar más, sin aranceles?

    Es insoslayable el hecho de que Brasil, que inicialmente pareció prestar su anuencia a la apertura uruguaya hacia China, se ha expresado últimamente en contra de un acuerdo celebrado por fuera del Mercosur. Quizás Brasil esté pensando no solo en el Mercosur sino también en la Zopacas, es decir, en el acuerdo entre Brasil, Argentina, Uruguay y una veintena de países africanos para hacer del Atlántico Sur una zona de paz y cooperación. Si China pudiera disponer de un puerto en la costa uruguaya, al que en una situación de conflicto con los Estados Unidos pudiera darle un uso militar de cualquier tipo (que Uruguay no estaría en condiciones reales de controlar ni de impedir), la paz en el Atlántico Sur —donde ya hay un puerto para la flota británica en las Malvinas— podría verse seriamente comprometida.

    La posición de Argentina siempre fue negativa, y no ha cambiado.

    Por lo tanto, acordar por fuera del Mercosur un TLC con China, en momentos en que hay guerra en Europa y una segunda Guerra Fría parece estar comenzando, nos ubicaría en la vereda de enfrente a los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea, y nos distanciaría de Brasil y de Argentina, para acercarnos a una superpotencia cuyo régimen político y valores fundamentales son muy distintos de los nuestros.

    Antes de dar un paso de esa trascendencia tendremos que darnos tiempo para discutirlo a la luz de los sucesos internacionales, todavía en dramático y sangriento desarrollo, que están cambiando la configuración política del mundo en que vivimos.

    Ope Pasquet

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