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    Cochecitos y bastones

    Entre consideraciones sobre si el childlessness —o childfree— es un fenómeno demográfico pasajero de esta época, una aproximación casera de los costos de la crianza en un Uruguay que se irá despoblando y envejeciendo

    Soy el del medio de una prole de siete hermanos y, por otro lado, padre de una única hija, un ejemplo extremo de los cambios demográficos y sociales ocurridos en los últimos 50 años.

    Si hiciéramos desfilar a la población uruguaya ordenada por edades, lo que veríamos serían menos de dos niños o adolescentes de hasta 14 años por cada 10 personas. Según las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), actualizadas con base en el Censo 2023, la relación se acercará más a uno cada 10 hacia el 2045. Esta tendencia seguirá avanzado el siglo y, en el Uruguay más despoblado previsto para el 2070 —con 3.043.670 habitantes—, será similar la cantidad de niños o niñas de hasta un año que el número de ancianos de 87 (unos 22.000); sumando a los demás adultos mayores, probablemente se verán muchos más bastones o andadores que cochecitos de bebé. Como sociedad, esto nos plantea desafíos económicos en un futuro no tan lejano, ya que, en proporción, habrá menos personas capaces de trabajar y de generar riqueza y más adultos mayores que precisarán un ingreso después del retiro, atención médica y cuidados.

    Algunas de las razones detrás de estos cambios demográficos están bastante estudiadas. Otras, no tanto.

    Animado por una compañera de la redacción, en esta entrega de Detrás de los números analizo los costos económicos de la crianza, uno de los factores que, antes de que nazcan sus hijos, les quitan el sueño a los futuros progenitores. Soy Ismael Grau, editor de Economía en Búsqueda y autor de esta newsletter que, hoy, cambia pañales.

    Una medida (casera) del costo por hijo

    Victoria Fernández, editora de política en Información nacional en Búsqueda, me contó que cuánto cuesta “tener hijos” —mantenerlos— es un tema de conversación con amigas suyas que son madres recientes o que piensan serlo. Han intercambiado listas sobre los posibles gastos iniciales, aunque cuáles son realmente necesarios o no puede dar para nueve meses de discusión porque, para empezar, depende de la posición económica de cada familia.

    Según un estudio que publicó en marzo El Observador, hecho junto con la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de la Universidad de la República y el estadístico Juan Pablo Ferreira, prácticamente un tercio de la población adulta (32,1%) considera que la “falta de medios económicos” es la principal razón por la cual la gente en Uruguay tiene pocos hijos; otras respuestas pueden también relacionarse con lo mismo: 14,1% mencionó “problemas de conciliación de vida laboral y familiar” y un 2,4% señaló que no existen “suficientes ayudas públicas”.

    En Uruguay no tenemos una estimación oficial de los costos económicos que vienen con los hijos, algo que sería muy útil para ayudar a una planificación financiera responsable de los hogares. En Argentina, en cambio, su Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publica una medición de la “canasta de crianza”, que incluye el costo mensual para adquirir los bienes y servicios para el “desarrollo de infantes, niñas, niños y adolescentes”, así como el que surge a partir de asignarle un cierto valor al tiempo requerido para los cuidados. Lo calcula para cuatro tramos de edades (el último, hasta los 12 años); en febrero, para los menores de un año era de 480.463 pesos argentinos, unos 14.300 de los nuestros. Salvando las distancias —no tantas—, esos datos de los vecinos pueden servir como una referencia para quienes en Uruguay planean ser padres.

    Por mi lado, para esta newsletter elaboré un estimativo que, por lo rudimentario, perfectamente puede ser desacreditado, como lo han sido algunas estadísticas del Indec.

    Me basé en aspectos de la metodología usada en un análisis de Knowledge Sharing Network para la organización Saving the Children España para calcular el “coste de la crianza” en 2022 en ese país (que fue, en promedio, de 672 euros mensuales por hijo, como mínimo).

    Consideré los mismos 12 rubros y el listado de bienes y servicios abarcado en este informe. En el caso de la educación, de igual modo, asumí que nuestros niños y adolescentes van a la enseñanza pública (para que el cálculo del costo de crianza sea un “piso” en ese rubro).

    Por razones de variedad y simplicidad tomé precios de la plataforma Mercado Libre Uruguay, y para definir ciertos parámetros de cantidades consulté a algún familiar, amigos o compañeros con menores en su entorno.

    Para presentar de manera uniforme los costos de cada franja de edades por mes, los gastos que son por única vez —muchos de los relacionados con los recién nacidos— los transformé en mensuales.

    Tras unas cuantas horas de buscar, contrastar y cargar datos, mi Excel parió lo siguiente.

    Para un niño o niña de cero a tres años, el costo mensual es de unos $ 16.800. Incluí el consumo de “complemento” alimenticio porque, según me dicen, es bastante común su uso al menos en los primeros tiempos. También imputé $ 5.000 como gasto en algunas horas de guardería o niñera (que sé que es poco si los padres deben salir a trabajar una jornada completa).

    Hay varios artículos caros que se necesitan para un bebé, esos que, para alivio de los progenitores, a veces llegan de regalo o en préstamo. La cuna, el colchón, el móvil colgante, el cambiador, el andador, el humidificador, el cochecito, la bañera, las mamaderas y algunos juguetes básicos, entre otras cosas listadas en el informe de Save the Children España, suman aproximadamente $ 60.000 (que, como expliqué, están “mensualizados” dentro de los casi $ 17.000 de gasto total mensual calculado por mí).

    El costo por mes de un nene o nena de cuatro a seis años me dio una cifra cercana a los $ 11.500, y sube a prácticamente $ 15.900 para edades de entre siete y 12. Los de 13 a 17 años implican un presupuesto mensual que ronda los $ 18.400, un monto que considera, entre otras cosas, más salidas (espectáculos, cine, transporte, etcétera), el teléfono celular y algunos “gastos extraordinarios” mayores a los que generan los niños chicos.

    Son gastos que se comparan con ingresos de un hogar medio, que eran de $ 93.495 en el último trimestre de 2025, según el INE.

    Repito mi aclaración inicial: para una decisión tan importante como es tener un hijo, no tomaría mi estimación más que como una aproximación casera hecha en una planilla de cálculo bastante engorrosa en sus fórmulas. Por otro lado, los números pueden cambiar mucho en función de posibilidades, preferencias y estilos de vida de cada familia.

    Menos niños

    El informe de la organización internacional que mencioné señala que “criar a un hijo o hija es fuente de alegrías, pero conlleva también esfuerzo y numerosos gastos”. Dándoles argumentos a Victoria y algunas de sus amigas, agrega que la “factura de criar a un niño o niña disuade a buena parte de aquellos y aquellas que quieren ser padres o madres pero no pueden afrontar el elevado coste. De ahí que España cuente con un índice de fecundidad de 1,19 hijos por mujer en 2020 (…). Ambas cuestiones dependen en gran medida del insuficiente apoyo público a la crianza”.

    Los números de Uruguay son parecidos. Siguiendo la tendencia de otros países de ingresos medios y altos, el promedio de hijos por madre declinó de 2,51 en 1996 a 1,95 en 2013 y a menos de 1,3 a partir de 2022, según el INE, lo que se explica parcialmente por la baja del embarazo adolescente y por una mayor planificación en general por parte de las mujeres.

    desconocido

    Una investigación que abarcó a Uruguay —titulada Understanding Latin America’s Fertility Decline: Age, Education, and Cohort Dynamics, publicada este 2026 por la Universidad de La Plata— ratifica que no se trata solo de una postergación de la maternidad: las mujeres latinoamericanas están teniendo menos hijos en total, no únicamente más tarde.

    A propósito de estos cambios demográficos, a fines del año pasado escuché reflexiones interesantes en un seminario en Santiago de Chile. La demógrafa uruguaya Wanda Cabella planteó la interrogante de si “el fenómeno del childlessness” —o childfree, un concepto que refiere a la decisión activa y consciente de no tener hijos— es “definitivo” o algo pasajero de esta época de la humanidad. Citó a la periodista Anna-Louie Sussman, que escribió un artículo titulado The End of Babies, para advertir que “preocuparse por la caída de la fecundidad porque amenaza los sistemas de seguridad social o la futura fuerza de trabajo es no entender el problema: es un síntoma de algo mucho más generalizado”. Según Cabella, el desafío no pasa por aumentar los nacimientos, sino por garantizar condiciones materiales y “simbólicas” para que cada persona pueda decidir libremente si tener hijos, cuándo y cuántos.

    ¿Y los bastones? La economía —muy apretada para muchos— de los adultos mayores será tema de una futura entrega de esta newsletter.

    Antes de despedirme, te sugiero esta lectura de Búsqueda, una telenovela con una herencia e hijos como protagonistas.

    Recibo con gusto comentarios, críticas o sugerencias a través de mi e-mail [email protected]

    Vuelvo a escribirte el último lunes de mayo.

    ¡Saludos!