“Tabita”, el tejano.
El inquieto pequeño vecino de La Teja, Tabaré Ramón Vázquez Rosas, al que algunos llamaban “Tabita”, tuvo sensibilidad social, de marca salesiana, pero escaso involucramiento político. Héctor Vázquez, su padre, fue militante sindical en la petrolera estatal Ancap y en 1952, durante una huelga contra el gobierno colorado encabezado por Andrés Martínez Trueba, la Policía lo fue a buscar a su casa de la calle Benito Riquet, a cuyos techos, su tercer hijo, luego presidente de la República, se subió alguna vez para ver los frecuentes enfrentamientos entre manifestantes y policías en el puente del arroyo Pantanoso.
Decepcionado de los blancos, que lo dejaron solo en la mala, Héctor Vázquez comenzó a votar al Partido Socialista, pero en la casa no se vivía la política como algo cotidiano.
La rutina del padre era el trabajo, primero despachando camiones y luego en oficinas. La familia se reunía a almorzar y cenar a la misma hora. A la vuelta de la escuela Yugoslavia, Tabaré leía a Tarzán, la página de los chistes del vespertino “El Plata”, la colección completa de Edgar Rice Burroughs, ayudado con porrones de agua caliente en invierno. Una fiesta era escaparse a escuchar los tambores o disfrutar de un viaje en el Ford 8 a un terreno de camino Tomkinson donde el padre plantaba membrillos, perales y ciruelos, mientras la madre hacía conservas.
Más que en política, “Tabita” pensaba en pescar en la playita Rompeolas, frente a la Isla del Bizcochero, jugar a la bolita, hacer de golero en el Club Arbolito, ver boxeo los viernes de noche, disfrutar de comilonas con amigos y cargarse chiquilinas. Vázquez terminó cuarto de liceo en el Cerro con pantalón corto, algo impensable ya en la generación de sus cuatro hijos. Por flacos y estudiosos, a él y a un amigo los llamaban “Los Finos”, relató el escritor Mario Delgado Aparaín. Pero el periodista César di Candia también registró otros apodos: “El Indio” y “el Energúmeno”, este último en el mundo del fútbol.
La conducta no era tan ejemplar. Debido a quejas de los profesores, el padre tuvo que ir tres veces en un año al liceo 11 a dar explicaciones y escuchar monsergas. Recto y convencido de que dejaría como única herencia un apellido y estudios, Héctor Vázquez tomó la decisión de no autorizar a que su hijo fuera a un viaje de fin de año a Buenos Aires, una ciudad que ninguno de los muchachos conocía aún. “Tabaré no va, no se lo merece”, sentenció. Y no fue. “Después de eso se mató estudiando”, contó aún impresionado el otro “fino”, Cacho Morales, en 2004. Después de terminar el liceo hizo una pausa de cuatro años para “parar la olla”, antes de cursar bachillerato.
Durante una obra de teatro en los salesianos conoció a Mary Delgado, también tejana y militante católica, con la que se casó en 1964, aun antes de graduarse de médico. El día que finalmente se recibió, sus amigos fueron en un camión desde el Club Arbolito hasta el Hospital Maciel, donde dio el último examen, pero no los dejaron entrar a ver al primer médico de la barra.
Habiendo nacido el 17 de enero de 1940, cuando se fundó el Frente Amplio en el verano de 1971 Vázquez era un joven médico que trabajaba en Sanidad Policial y que salía a sus primeras pesquerías con una barra de amigos cerca de Mercedes.
Para entonces ya habían fallecido sus padres y una hermana a causa de contraer cáncer y él se había decidido a luchar con las armas de la oncología contra ese “amigo” mortal.
El hermano de un guerrillero.
Jorge Luis Vázquez, hoy subsecretario del Ministerio del Interior, es el menor de los cuatro hermanos (los otros son Elena, que aún reside en la casa paterna, María Dolores, Héctor José, fallecidos, y Tabaré Ramón). Jorge estudió Medicina y Enfermería y se hizo militante de la Federación Anarquista del Uruguay (FAU) y luego fue comando de su brazo armado, la Organización Popular Revolucionaria 33 (OPR-33), un grupo que buscó combinar las luchas sindicales y la guerrilla urbana con una concepción diferente a la de los tupamaros.
En la década de 1970, las vidas de Tabaré y Jorge Vázquez tomaron cursos diferentes. Mientras uno se formaba como oncólogo al lado del profesor Helmut Kasdorf en la Clínica Barcia y hacía una carrera universitaria bajo la dictadura, el otro había caído preso, se había ganado el apodo de “El Perro” (por la erre de OPR-33) y era un solidario y eficiente enfermero que durante 12 años ayudó a sobrevivir a sus compañeros de prisión en el penal de Libertad.
La sensibilidad social alimentada en un barrio con fuerte tradición de lucha como La Teja, las visitas a la cárcel a ver a su hermano casi 11 años menor y el contacto con el núcleo de médicos del Partido Socialista llevaron a Tabaré Vázquez a vincularse con esa organización que aún se movía en la clandestinidad y cuya cabeza visible era el psiquiatra José Pedro Cardoso.
Pero, luego de años de pertenencia a ese partido, ahora Tabaré Vázquez es un hombre sin partido político propio y su adhesión es solamente al Frente Amplio.
“Délo por hecho”.
A la vuelta de la democracia, después de haber sido secretario de finanzas de la Comisión Nacional pro Referéndum contra la “ley de caducidad” —que presidió Matilde Rodríguez Larreta, viuda de Héctor Gutiérrez Ruiz, el dirigente blanco asesinado por la dictadura en 1976 en Buenos Aires—, Vázquez fue presentado al presidente del Frente Amplio, Líber Seregni, como posible candidato a la Intendencia de Montevideo en 1989.
Vázquez, cuya exposición pública fundamental venía del fútbol y tenía entre sus antecedentes haber recibido la oposición del ex presidente Julio Sanguinetti para presidir la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), fue presentado como un candidato para salir del paso. En el Frente Amplio predominaba la idea de que luego de la ruptura a raíz de la cual se habían ido el Partido por el Gobierno del Pueblo (PGP) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), más la crisis del sistema soviético que afectaba a la izquierda en todo el mundo, existían pocas chances de ganar.
Para sorpresa de Seregni, del dirigente socialista Reinaldo Gargano y de muchos frenteamplistas, el desconocido médico de los “gauchos del Pantanoso” (como llaman a los del club Progreso) se tomó las cosas muy en serio y poco a poco se reveló como un líder carismático y de carácter.
Es cierto que al principio no sabía qué decir ni cómo pararse en un estrado y que a muchos frenteamplistas les recordaba más a un cura (lo comparaban con el telepredicador evangelista estadounidense Jimmy Swagartt) que a un político de izquierda, pero poco a poco se fueron dando cuenta de que también llegaba a un sector de la ciudadanía a la que antes era imposible conquistar.
Al asumir la Intendencia de Montevideo desplazando al longevo gobernante Partido Colorado, Vázquez se propuso hacer una gestión diferente mezclando la fortaleza política y espiritual con la capacidad política del equipo escogido. Esa mixtura y su don de mando, que lo llevó a realizar destituciones fulminantes como las ocurridas durante la llamada “crisis de los cuatro directores”, provocaron no pocas discusiones en el recién estrenado oficialismo departamental. Las cabezas de Washington Puchetta, Carlos Coitiño, Benjamín Liberoff, Daniel Mesa y otros directores rodaron de forma sumaria por la explanada municipal.
Por otra parte, desde el pique Vázquez marcó la cancha en cuanto a cortar el cordón umbilical con la fuerza política, aunque después de la renuncia de Seregni pasó a ocupar la Presidencia del Frente Amplio y tuvo que ver las cosas desde el otro lado, mientras el intendente era Mariano Arana y la izquierda se preparaba para disputar el gobierno nacional moderando sus aristas más radicales y presentando un programa de corte socialdemócrata.
Vázquez había llegado al poder con poca experiencia política y poco más que el eslogan “Délo por hecho”. A los trabajadores municipales les otorgó aumento de sueldo, pero igual que la rebaja del boleto, la relación con el poderoso sindicato no fue un asunto tan sencillo de resolver. El día de su despedida como intendente tuvo que salir por la puerta del costado porque lo esperaba un piquete sindical de Adeom. Para ese entonces ya no estaba al frente el veterano dirigente sindical Eduardo Platero, que antes había sabido negociar con los colorados y apoyó también al intendente frenteamplista.
Igual que Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Vázquez tuvo que esperar al tercer intento para ser electo presidente. Entre tanto se alejó dos veces de la conducción del Frente Amplio y en ambas oportunidades su lugar fue ocupado por un triunvirato provisorio.
En 1994, en una histórica reunión en El Pinar, Seregni informó que Vázquez iría como candidato a la Presidencia mientras que a Danilo Astori le sería confiada la candidatura a la Intendencia de Montevideo. Astori, por segunda vez, se negó. La primera había sido en 1984, a la salida de la dictadura. Las dos veces su lugar fue ocupado por el arquitecto Mariano Arana.
Luego, Vázquez derrotó con holgura en la interna a Astori, más potable para el sector empresarial, pero con menos respaldo tanto entre el votante como en el aparato frentista. Vázquez contaba con algo especial: “Aprendió a jugar al sevele en la esquina, a oscuritas. A caminar entre la vida y la muerte”, contó Delgado Aparaín.
(Para esta nota fueron consultados los libros “Tabaré Revelado”, de Mario Delgado Aparaín y Nicolás Scafiezzo, “Conversaciones con Tabaré Vázquez”, de Carlos Liscano, “Tabaré Vázquez: Misterios de un liderazgo que cambió la historia”, de Edison Lanza y Ernesto Tulbovitz, “Tabaré Vázquez, seductor de multitudes”, de Daniel Esquibel, “El método Tabaré”, de Cecilia Custodio y, “7 presidentes, un casi y 4 reyes falsos”, de Cesar di Candia).
Información Nacional
2014-11-27T00:00:00
2014-11-27T00:00:00