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    Tarde piaste

    Una vez, releyendo el Quijote, me encuentro con esta expresión feliz, en un diálogo entre Don Quijote y Sancho. Aún hoy se la escucho a mis alumnos, luego de 400 años. Pero al parecer, las autoridades de la Intendencia de Montevideo la desconocen, en la teoría y en la práctica.

    La Peatonal Sarandí desde sus orígenes ha sido tomada por vendedores ambulantes, que no artesanos. La mayoría de lo que se ofrece es “Made in China” o simplemente, cachivache.

    Tengo vista a una vendedora que hace 20 años era una hippie uruguayensis, que se instalaba a vender sus collarcitos. Luego pasó a vender artículos vintage. Luego piedras. Luego souvenirs de baja estofa. En verdad, la percibo como la dueña de un espacio. No importa lo que venda. Ella llegó para quedarse. Y de allí nadie la saca.

    Por lo menos trae una silla para establecerse allí, junto a su puesto. En cambio, en las inmediaciones del Registro Civil, en la zona de la Peatonal que Arana inauguró con gran alharaca, algunos vendedores se sientan en el piso y apoyan sus espaldas en las paredes. Un metro de ser humano ocioso ocupando un fragmento de espacio público destinado a caminar.

    Las mantas con la mercadería también se pueden medir en metros cuadrados. Muchos. Hay quien vende diarios viejos, discos viejos, libros viejos, revistas viejas.

    Uno imaginaría que el lugar más apropiado para esos artículos sería la feria de Tristán Narvaja, pero, si bien los vendedores ambulantes de la Peatonal probablemente no son licenciados en Marketing, saben que allí tienen un público cautivo y que la competencia se reduce al mínimo.

    En efecto, los ricos turistas o pobres turistas- que bajan de un crucero, o los brasileños que cruzan dos días desde Buenos Aires, se pasean por la Peatonal con lentitud (tienen que conseguir espacio para apoyar sus pies), y allí ya, ante sus ojos, tienen la baratija que les recordará este viaje. Compran lo que venga.

    O si un individuo que sale de trabajar se queda mirando un librito, en medio de la multitud, preferirá el trámite rápido en lugar de ir a una librería.

    Los ocupas de la Peatonal son buenos negociantes. Se autodenominan artesanos: propongo que se realice una evaluación profesional con jurados de la Feria Ideas o del Mercado de la plaza Libertad.

    Pero cerca de estos uruguayos sin jefe, sin horario, sin impuestos, sin ganas de salir de casa los días nublados o de lluvia, están los nuevos inmigrantes. Los que hacen el trabajo duro.

    Hacinados en pensiones, a pasos de la Peatonal, cientos de peruanos, dominicanos, venezolanos, cubanos, trabajan de sol a sol, o toda la noche, realizando las tareas que los uruguayos no desean hacer.

    Ellos no pensaron en inmigrar a Uruguay para tirar una manta y vender horrendas baratijas. Prefieren ser parte de un país. Tener deberes y derechos, mejorar, y por qué no, estudiar.

    La Intendencia quiere barrer a los aquerenciados vendedores de la Peatonal. Tarde pió.

    Ellos se sienten como ciudadanos británicos respaldados por el derecho consuetudinario.

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