Cuando Federico Borgia y Guillermo Madeiro escribían el guion de Clever (2015) y crearon a Sebastián, el fisicoculturista exiliado en el ficticio pueblo de Las Palmas, imaginaron un alma sensible incrustada en un cuerpo fornido y de aspecto rudo. Sebastián vive con su madre, es dueño de un gimnasio y es considerado un artista que deja el alma en cada trabajo que realiza con aerógrafo. Clever Pacini (Hugo Piccinini), protagonista del filme, acude en su búsqueda para que le pinte unas llamas a su Chevette tuneado.
En 2013, Borgia y Madeiro buscaban al adecuado para el papel. Se encontraron con Antonio Osta. Todavía recuerdan la sensación de estar frente a un personaje más interesante que el que habían imaginado en el libreto. Osta no solo encajaba en el physique du rôle: su historia personal, carisma y magnetismo cautivaron a los realizadores. De complexión enorme e hipertrofiada, era un analista de sistemas, pianista autodidacta e instructor de musculación que llevaba tiempo viviendo en Cardona, su ciudad natal, después de haber recorrido el mundo exhibiendo sus músculos. Fue seguridad de boliches y discotecas. Y fue Míster América, Míster Europa, Campeón mundial amateur de fisicoculturismo en Rusia en 2006 y Campeón mundial profesional de la misma disciplina en Lituania en 2008. En Cardona era conocido como “el profe” o “el campeón”.
“Si bien nos dimos cuenta ahí, en el momento, no fue ni ahí ni ese momento que decidimos hacer algo”, recuerda Borgia a Búsqueda acerca de la génesis de El campeón del mundo, documental que codirigió junto a Madeiro, en el que retratan la cotidianidad de Osta. “Estábamos muy absorbidos por el desafío de hacer Clever”. Por ese entonces, la intuición, la energía creativa y el histrionismo nato del culturista, llevaron a los directores y guionistas a reescribir parte del libreto. Además de algunas sentencias y líneas de diálogo, “el campeón” le añadió otras particularidades a Sebastián: una de ellas, el gusto por la música. Incluso generó una escena cuya música fue compuesta por él.
Era aficionado al cine y tenía predilección por las historias de superación (“Rocky VI arranqué llorando desde que empezó hasta que terminó”, confiesa en un momento del documental) y por las películas “que tienen que ver con el honor” como Perfume de mujer o El padrino (“¿No llorás cuando le matan a la hija y pega el grito desgarrador ese?”, le pregunta a un amigo; “Yo lloro cada vez que la miro”). También tenía facilidad para dispensar frases de épica cinematográfica que, por supuesto, fueron a parar a Clever y también están en El campeón del mundo. “Tiraba frases de película, algunas quedaron, otras no”, dice Madeiro. “Había una que repetía seguido: ‘No hay plan B, plan B es una puerta abierta al fracaso’”.
Los cineastas y el culturista se conocieron en 2013 y filmaron Clever en 2014, la película se estrenó en 2015, cosechando varios premios internacionales, y tras esto, en 2016, Borgia y Madeiro decidieron hacer una primera visita exploratoria a Cardona. “Él vivía con su pareja y con su hijo”, recuerda Borgia. “Capaz que les generaba incomodidad, y nosotros no estábamos para incomodar a nadie”. En 2017 todavía seguían filmando el documental cuando Osta viajó México invitado a un seminario sobre salud deportiva. Entonces el rodaje se vio abruptamente interrumpido. El bicampeón falleció en México debido a complicaciones derivadas de un problema renal que arrastraba desde un tiempo.
“El impacto nos hizo tomar distancia. Sabíamos que había un material muy bueno, muy potente, pero no nos pusimos a verlo hasta que pasaron los meses”, recuerda Madeiro. “Teníamos la convicción de que queríamos intentarlo y que Antonio hubiese querido que se hiciera el documental. No sabíamos si lo que teníamos alcanzaba para hacer un largo. Así que, en un momento, dijimos que si tiene que ser algo más corto, que sea algo más corto. Lo hablamos, pero sin presiones. Obligatoriamente había que tomar distancia y dejar pasar el tiempo. Ahí tuvimos un aliado fundamental: Juan Ignacio Fernández”.
Además de montajista, Fernández es documentalista (dirigió Las flores de mi familia, maravillosa película). “Fue el editor de Clever y se había hecho fan de Antonio. Había un cariño y una cercanía hacia el personaje sin haberlo tratado demasiado”, rememora Borgia. “Además de la capacidad y el talento que tiene, Juan Ignacio estaba en un lugar muy interesante para ayudarnos”.
“Somos bichitos de ficción”, dice Madeiro. “Fue un desafío hacer un documental, sobre todo un documental no tan típico, basado en reportajes y material de archivo. Un ejercicio de paciencia, de filmar sin saber hacia dónde estás yendo y si realmente te va a servir”. Agrega Borgia: “Encuentro en la ficción un espacio para lo lúdico y la imaginación que me parece más disfrutable. No quiero decir que eso no esté en el documental. Está. Lo que ocurre es que estás metiéndote en lugares más delicados, construyendo vínculos y exponiéndote a situaciones que te pueden pegar muy duro a nivel emocional y que te colocan frente a dilemas éticos interesantes para resolver. Igual, creo que me lo pensaría dos veces antes de hacer otro documental. Trabajar con una materia prima como la vida real, meterse tanto en la intimidad de la persona (y que después esa persona muera), nos demostró cuán delicado puede ser el género”.
Retratistas y retratado se veían usualmente los fines de semana durante casi un año. Madeiro: “Generalmente íbamos un viernes y nos volvíamos el lunes. Nos quedábamos a la vuelta de lo de Antonio, en la casa de una señora que alquilaba piezas, pero estábamos todo el tiempo con ellos. Íbamos a comer, mirábamos la tele, charlábamos y, cada tanto, filmábamos”. Borgia: “Al principio estaba claro cuál era el conflicto personal. ‘Vamos a filmar a alguien que estuvo en la cima’. El paralelismo con El luchador (The Wrestler, Darren Aronofsky, 2008) estaba desde el comienzo, no por la posibilidad de la muerte, sino por la cuestión de haber brillado y querer tomar contacto con eso y no poder o no lograrlo del todo. Sabíamos que debido a su problema renal había un impedimento, que el tema de la salud y el desgaste eran parte del asunto. Él forzaba la máquina. Ahí había un conflicto. Después eso se empezó a manifestar en los vínculos con su compañera y su hijo. Al principio era un triángulo. Él, su mujer y su hijo”.
Entonces, a partir de un hecho puntual, la situación cambia. Y Juanjo, el hijo de 17 años de Antonio, empieza a ganar protagonismo. “A partir de ese punto lo metimos en la película pero también formalmente, porque tuvimos una charla y le dijimos que la película iba a ser sobre los dos. Él se copó”, dice Madeiro. “De hecho, todo lo que es el primer acto de la película podía no haber estado en un corte final si nosotros hubiésemos filmado más tiempo. La historia de la relación con su mujer podría haber estado fuera de campo. En la medida en que esto termina como termina, y hay menos tiempo de filmación, el giro en ese recorte de vida pasa a ser muy importante”, comenta Borgia.
Osta llegó a ver unos 20 minutos de los que luego se integrarían a los casi 80 que conforman el metraje. “Teníamos muchas dudas de mostrarle el material. Todavía estaba muy verde. Lo vio, le gustó y se emocionó mucho”, dice Borgia, para quien respeto y cariño son las palabras clave para definir el vínculo que los unió a Osta. “La película no la podíamos hacer desde otro lugar, pero no dejaba de ser una película, y como tal tenía que estar buena, por lo que había que ser, entre comillas, valiente, a la hora de construir el relato y no hacer algo tibio o muy lavado. También Antonio nos dio bastante carta libre. Aunque el espectador no sepa, él no tenía mucho prurito en mostrarse y ser polémico, provocador, políticamente incorrecto”.
En un tramo del filme se lo ve recostado sobre la cama. “Quizás a los 43 me esté muriendo”, dice con calma y la mirada cansada. “Pero lo hago de la manera que yo quiero”. Osta lleva puesta una gorra de lana blanca, el humo del cigarrillo asoma desde fuera de cuadro. “Quizás simplemente sea un día más, de una década o dos o tres. Pero siento que falta. Y me siento inconcluso. Y un hombre debe sentirse concluso, lleno, satisfecho, como después de comer mucho asado. No va por tener hijos ni una carrera, no, no va por ahí. Va por entregar un mensaje. Y siento que no lo entregué todavía. Porque ni siquiera sé dónde está el puto mensaje. Quiero creer que está relacionado con lo mío. Porque, bueno, sería más fácil. En eso estaba pensando. En dónde está mi mensaje, a quién se lo tengo que dar, ¿sirve para algo o no?”.
Como ocurrió con Clever, Osta proponía, sugería, daba ideas. Les comentaba si tal día tenía tal o cual actividad, si iba a entrenar, si iba a visitar a un amigo, y así. Intuía qué acontecimientos podían resultar interesantes. Hubo un domingo que, cinematográficamente hablando, no fue muy interesante. “Era un día horrible, de lluvia, y Antonio estaba muy deprimido, en la cama”, recuerda Madeiro. “Nos íbamos a ir a Montevideo. Al rato nos llama, nos dice que quiere hablar. Fuimos, pusimos la cámara y tiró ese monólogo”. Y agrega Borgia: “Fue como un regalo. Como si dijera: ‘Bueno, hoy no hicimos nada pero les voy a dejar esto’”. Después de que se apagó la cámara, el campeón se quedó dormido.