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    Tecnología, educación y dinámica laboral

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Las sociedades actuales son testigos de sorprendentes avances de la Inteligencia Artificial (IA) y la robótica. Varios analistas académicos pronostican que en los próximos años la velocidad de los cambios se acentuará y su uso se generalizará a lo largo y ancho de la economía. No es novedoso que los cambios tecnológicos acelerados transformen el mundo del trabajo ni tampoco que la ansiedad ante el cambio provoque la emergencia de negros augurios sobre el futuro del trabajo. Desde la revolución industrial hasta la fecha, cada ola de cambio tecnológico tuvo su séquito de profetas apocalípticos.

    La historia de la incorporación de tecnología muestra que los cambios tecnológicos han creado mucho más puestos de trabajo de los que han destruido. Sin embargo, el pasado no es un pronóstico sobre el futuro y puede que la nueva oleada de transformaciones traiga aparejadas más dificultades. Sabemos relativamente poco sobre cómo la automatización en general, y la robótica y la IA en particular, impacta sobre el funcionamiento global del mercado de trabajo. Razón más que suficiente para tomarse en serio los posibles problemas que emergen de un rápido cambio en los patrones tecnológicos.

    La automatización incide negativamente en el empleo vía un efecto desplazamiento: tareas previamente realizadas por personas son ejecutadas por robots o algoritmos de IA. Sin embargo, tal como señalan Daron Acemoglu (MIT) y Pascual Restrepo (Boston University) en un artículo académico reciente, también operan fuertes fuerzas contrarrestantes. En primer lugar, existe un efecto productividad. Al reducir el costo de un conjunto de tareas, el precio de los bienes y servicios producidos resultan más baratos, lo cual libera demanda agregada hacia el mismo u otros sectores de actividad. En segundo lugar, la automatización provoca un incremento del retorno esperado al capital y un incentivo a una mayor acumulación; lo que a su vez conlleva a una mayor demanda laboral (efecto escala). No existen a priori argumentos, más allá de la experiencia histórica, que permitan conocer con certeza qué efecto prevalecerá.

    Si bien hay fuerzas compensatorias fuertes, en un rápido despliegue y generalización de la automatización los procesos de ajustes pueden ser lentos y socialmente penosos. Los trabajadores desplazados pueden no encontrar una inserción laboral que les asegure salarios similares. En muchos casos, ciudadanos que han aprendido a través de su experiencia laboral la ejecución de tareas específicas que en el nuevo escenario los robots o la IA comienzan a desempeñar se verán descualificados, despojados del capital humano adquirido a lo largo de su trayectoria laboral. El rentrenamiento u otros dispositivos de política serán más necesarios que en contextos normales.

    En un famoso estudio, Carl Benedikt y Michael Osborne, de la universidad de Oxford, encontraron que dentro de un total de 702 puestos de trabajo analizados para Estados Unidos un 47% enfrentaba serios riesgos de desaparición en las próximas dos décadas. El estudio fue replicado luego para varios países, incluyendo Uruguay, con resultados cualitativamente similares.

    El panorama parecería presentar ribetes dramáticos. Sin embargo, es válido acotar su alcance por dos razones. La primera, porque las nuevas tecnologías crearán puestos de trabajo de nuevo tipo. La segunda, porque es válido preguntarse qué respuesta se le habría dado a la misma pregunta a fines de los años setenta, cuando el cambio en la matriz tecnológica asociado a la computación comenzó a penetrar en casi todas las ramas de actividad económica. Es plausible que el panorama pronosticado no hubiese sido muy distinto.

    Esto no trivializa el impacto de la tecnología en el mercado de trabajo. La expansión de la computación no trajo consigo menos puestos de trabajo, pero alteró profundamente la estructura de la demanda laboral. En términos relativos, los trabajadores con más nivel educativo —en particular, aquellos con un grado universitario culminado— vieron aumentar sus remuneraciones, mientras se retrotraían la de los ocupados con menor acervo educativo. De hecho, en Estados Unidos se observa una caída en términos absolutos del salario de los trabajadores ubicados en la cola inferior de la distribución. Desde comienzos de los años 80 la velocidad a la que se expandió la demanda por ocupados con educación terciaria fue sustantivamente mayor que la velocidad de crecimiento de la oferta de trabajadores con esas calificaciones. En términos de Claudia Goldin y Lawrence Katz (Universidad de Harvard), en la carrera entre educación y tecnología perdió la primera. Las consecuencias no fueron menos puestos de trabajo —de hecho, la cantidad de puestos de trabajo continuó expandiéndose a tasas importantes—, sino un aumento sustantivo de la desigualdad salarial, tendencia que continúa hasta hoy en día.

    Esta dinámica llevó a Angus Deaton, premio Nobel en Economía, a afirmar que: “A principios del siglo XX, la principal distinción educativa era entre egresados y no egresados de secundaria, hoy en día cuando el nivel promedio de educación es mucho más alto, esa distinción es entre quienes tienen y quienes no tienen un nivel de educación universitaria”. Paradojalmente, el desafío puede ser mayor para los países subdesarrollados, en tanto la proporción de quienes no alcanzan la educación superior es mayor. Nuevos estudios indican que la vulnerabilidad a la automatización es también superior en estructuras productivas menos complejas y sostenida en sus recursos naturales.

    Uruguay muestra un panorama particularmente atrasado. Tanto en términos de asignación de recursos a la educación como en términos de logros sustantivos se encuentra lejos de los parámetros internacionales. Puede que los cambios tecnológicos no reduzcan la cantidad total de empleo, pero sin avances significativos en la arena de la educación una proporción importante de los jóvenes no estará en condiciones de disfrutar las ventajas de los cambios tecnológicos.