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    Terapia de la emoción

    Nº 2081 - 23 al 29 de Julio de 2020

    Son buenas esas emociones que, cuando uno ya ha vivido bastante, a veces aparecen espontáneamente o por un sueño inesperado que nos devuelve a la niñez. Son emociones que hasta hacen llorar, pero será siempre un llanto sereno, beatífico, sin tristeza ni nostalgia agrisada por lo perdido.

    Me ha pasado estos días con la imagen de una calesita.

    Una imagen poderosa. Tiene la suficiente e imprecisa antigüedad como para perfumar el recuerdo con un halo de cosa lejana, misteriosa, mientras sé, con certeza, que sigue presente en nuestra cotidianidad, aunque se la perciba, si se la busca, más escasa que en el pasado, ruidosa y despintada.

    —Llora la calesita / de la esquinita sombría / y hace sangrar las cosas / que fueron rosas un día (…) Sigue llorando el fango / y en la esquinita palpita / con su dolor de tango / la calesita…

    Es extraño, aunque también un hecho objetivo, que el tango —“reflejo de una época”, como he escrito en reiteración real—, más allá de algunas breves y aisladas referencias en otras letras, haya demorado muchos años en crear un único tema de homenaje a esa añeja diversión infantil: precisamente La calesita, con música de Mariano Mores y poesía de Cátulo Castillo, que data de 1956, año, por otra parte, poco propicio para la música popular ciudadana.

    Se cree que el término “calesita” deriva de calesa, carruaje de dos o cuatro ruedas. Pero calesa, a su vez, proviene del francés calèche, vocablo tomado del checo kalesa. Todos, al fin, definen a un transporte que se usaba para dar vueltas en ciertos lugares. Al llegar la palabra al Río de la Plata con la inmigración, se produjo una apropiación de los naturales para definir una plataforma giratoria con asientos para niños que representaban caballos u otros animales —luego fueron hasta pequeñas imitaciones de autos y distintos tipos de vehículos— construidos en madera y que, al girar, se desplazaban suavemente hacia abajo y hacia arriba, en tanto sonaba una alegre música de banda.

    La calesita, que apareció en Argentina por primera vez entre 1867 y 1880 en el viejo barrio del Parque, que hoy sería frente a la plaza Lavalle, y en Uruguay recién en 1903 en el Parque Rodó, ha sido llamada también “tiovivo” y “carrousel” y entre sus entretenimientos adicionales funcionó muchos años el “juego de la sortija”: el calesitero se paraba cerca de la plataforma con un cilindro de madera donde hacía girar una especie de anillo que los niños debían tomar al paso para ganar una vuelta adicional gratuita.

    En el Río de la Plata las calesitas han funcionado hasta hoy dando el giro en el sentido contrario a las agujas del reloj, igual que en Estados Unidos y México. En Gran Bretaña, en cambio, ese giro se hace exactamente al revés. Y quizás quede por añadir, entre las curiosidades, que la calesita más antigua que se conoce divierte aún a los chiquilines en el Letna Park de Praga (República Checa) y que la más grande del mundo se halla instalada en un sitio llamado Himmelskibet, en los famosos Jardines Tívoli de Copenhague (Dinamarca).

    La calesita fue estrenado y grabado por la orquesta de Mores, con la voz de Carlos Acuña y el acompañamiento de un coro, el 6 de junio de 1956. Luego se conocieron las placas de D’Arienzo con Jorge Valdez en 1957, Alberto Di Paulo con el dúo Laborde-Echagüe el mismo año, Troilo con Goyeneche y Ángel Cárdenas en 1958 y Hugo del Carril con la orquesta Serenata en diciembre de 1962.

    Hay otro dato interesante rescatado por varios investigadores.

    Se hizo una película lejanamente basada en este tango, dirigida y protagonizada por Hugo del Carril, con un elenco espléndido: Mario Lozano, Fanny Navarro, María Aurelia Bisutti, Beba Bidart, Floren Delbene y Carmen del Moral. Fue el primer filme argentino originariamente hecho para la televisión —según Ángel Héctor Benedetti— que se exhibió en cines en 1963. La primera exhibición televisiva, un año antes, fue realizada por Canal 9 en cuatro episodios.

    Un recuerdo, una emoción sanadora, historias sabrosas y añejadas como el buen vino y un único tango que tardó, pero llegó para inmortalizar su homenaje.

    —Gira la calesita / su larga cuita maleva; / cita que por la acera / de Balvanera nos lleva. / Vamos de nuevo, amiga, / para que siga con vos bailando; / vamos, que en su rutina / la vieja esquina me está llamando… / Vamos, que nos espera / con su pollera marchita, / esta canción que rueda / la calesita…