En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Era analfabeta como todos los gitanos que pertenecían a la Polska Roma del este y norte de Polonia. Estamos en la primera mitad del siglo pasado. Un día sintió curiosidad por esas letras que aparecían en papeles de diario, latas y carteles. Así le pidió a una comerciante judía que le enseñara a leer a cambio de una gallina. La comerciante accedió y Papusza, que quiere decir “muñeca” en romaní, comenzó dubitativamente: Ár-bol, a-gu-a, ci… ci-e-lo. Hasta leer una frase completa: La condesa dejó caer el guante. Y se convirtió en poeta sin saberlo, y le cantó a los bosques, a las estrellas y a los ríos. También describió las penurias sufridas por los de su tribu, tratados de ladrones, de sucios, de gentuza despreciable. Tranquen las puertas que ahí llegan los gitanos, que roban niños y echan maldiciones.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Papusza tenía un contacto natural con las cosas y devolvía una reverberación acorde a esa naturalidad. Cierta vez llegó un payo —todos los de afuera— que escapaba de la policía. Vivió un par de años con los gitanos, compartiendo sus fogones, su comida y su música, y quedó encandilado ante la sensibilidad de Papusza. Le pidió que le mostrara los poemas. No soy poeta, dijo la gitana, no sé qué es eso. El payo insistió y al regresar al mundo mostró los poemas de Papusza a otros escritores y poetas, que se sorprendieron y los publicaron. Además, editó un libro con sus experiencias en el corazón de ese pueblo nómade tan particular. Y cuando los gitanos se enteraron, enfurecieron. Se reunieron y solicitaron a los más viejos que aconsejaran qué hacer con la poeta rebelde, la que desafió —sin saberlo, sin pretenderlo— a su propia cultura difundiendo los secretos de los gitanos. Y la desterraron, porque los secretos de los gitanos quedan entre los gitanos.
Papusza, cuyo verdadero nombre era Bronislawa Wajs, existió realmente. Había nacido en 1908 —o 1910— y murió en 1987, radiada por el resto de los suyos, que nunca la perdonaron. Recorrió parte de Europa con su caravana sin conocer fronteras, durmiendo en campos, haciendo las comidas a la intemperie, en total sintonía con la naturaleza. En romaní, ayer se dice igual que mañana. Es el tiempo circular de esta milenaria y misteriosa comunidad cuyos orígenes se pierden en el tiempo.
A partir de los años 50, cuando el gobierno comunista los obliga a ser censados, a mandar a sus hijos a la escuela y los aloja en los derruidos edificios de un barrio marginal, los gitanos dejan de viajar. Las carretas quedan como un viejo adorno en las puertas de las casas. El nomadismo se convierte en reclusión. Con un hijo adoptivo (“Tarzán”) que había rescatado como el único sobreviviente de una masacre perpetrada por los nazis, casada con el hermano alcohólico de su padrastro, un hombre mucho mayor que ella y golpeador, maldecida por su propio pueblo y sumida en depresiones cada vez más profundas, Papusza muere en total soledad, al mismo tiempo que ya se la consideraba entre las más valiosas poetas polacas.
“Si no hubiese aprendido a leer, sería feliz”, dijo. La frase tiene el poder del peor de los epitafios, el más aciago. Y demuestra, para horror de los horrores, que no siempre la cultura y el conocimiento conducen a cosas buenas. Ser poeta, respirar con extrema sensibilidad a flor de piel, ya implica sufrimiento. Y ser poeta, mujer y gitana… imaginen.
Papusza, la película, es una producción de 2013 que se puede ver en la plataforma Mubi. Tiene una de las más altas calificaciones de los usuarios: nueve sobre diez. Y está escrita y dirigida por Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze, un matrimonio que ha filmado tres películas, dos de ellas —incluida Papusza — tuvieron esporádicas exhibiciones en Cinemateca, hace años.
La fotografía en blanco y negro de Krzysztof Ptak destila una belleza que te deja sordo. Como la de Roma, de Alfonso Cuarón, o Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski. Los carromatos a la distancia reflejándose en el agua, con esa lenta, perpetua errancia; las fogatas en la noche entre los árboles del bosque, con la fugacidad de luciérnagas; los niños corriendo por el campamento, mientras emerge el humo de una olla, alguien se afeita al aire libre ante un espejo y suenan un arpa, una guitarra y unos violines melancólicos. Ese tamiz de poesía itinerante, de vida diaria sencilla y festiva, está resaltado por una asombrosa fotografía que es lo primero en impactar, pero no lo único. El pulso narrativo de los cineastas, siempre naturalista y pictórico, con una acertada distancia emocional, salta en el tiempo sin que esto afecte a la historia, de modo de poder abarcar diversos períodos como la infancia de la poeta, la vida cuando los gitanos deambulan por los pueblos, una improvisada protesta musical en una comisaría, un concierto en la mansión de unos aristócratas o el estallido de la II Guerra Mundial, cuya noticia es llevada a la comunidad por la propia Papusza. Hasta las culturas más ancestrales que han elegido vivir por fuera del mundo finalmente son alcanzadas por la realidad.
La vida de esta poeta está sólidamente interpretada por la actriz Jowita Budnik. No es una actuación histriónica ni de primeros planos. Todo luce a la prudente y poética distancia de figuras en un paisaje. Se trata de un leve movimiento, con chispazos solistas, dentro de una orquesta conformada por hombres, mujeres y niños que no pueden hacer otra cosa que existir bajo este cielo plomizo que nos ha tocado.