N° 1891 - 03 al 09 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando Juan Bautista Alberdi regresó de su larga estadía europea, donde alternó entre su trabajo profesional y el exilio, escribió: “He vivido veinte años en el corazón del mundo civilizado, y no he visto que la civilización signifique otra cosa que la seguridad de la vida, de la persona, del honor, de los bienes”. Y le asistió razón en su mirada y en las conclusiones a las que habrá de llegar. Pese a que el sonido de las palabras no suene al compás de lo que es políticamente aceptable en el lenguaje actual, debemos conceder con toda convicción que la libertad es un bien derivado de la seguridad; que la seguridad es su condición primera y decisiva, su privilegiada vía de acceso.
Lo sabemos muy bien los que tenemos la desdicha de habitar en países donde estos valores han caído en desuso o son directamente menospreciados o perseguidos. Nuestras constituciones, nuestras leyes y códigos impresionan por la cantidad y calidad de las libertades que consagran; toda la retórica del liberalismo clásico ha impregnado nuestros textos legales y hemos sido acunados en la creencia de que se trata de realidades efectivas sin que se nos diera la posibilidad cultural de revisar cuánto de verdad demostrable hay en esos papeles que tanto honramos. Pero como ocurre con las teorías científicas, como ocurre con la teoría del derecho y con la teoría política, la consistencia de esas construcciones del espíritu triunfan o fracasan cuando reciben la prueba suficiente de la acción, cuando se las ubica en la medida de la existencia de aquellos que son sus destinatarios, cuando pretendemos verificar su efectiva vigencia en la vida de los que efectivamente están viviendo. Y es aquí donde comprendemos que estamos como dislocados, vacilantes y desagarrados entre un entusiasta edificio teórico que nos reconoce dignidades y libertades de las que queremos sentirnos orgullosos y complacidos, y una realidad que nos impide uno y otro día ejercer la mayoría de esos derechos y conservar las trazas principales de esas dignidades porque el delito, la soberbia de los que mandan, la violencia, la tolerancia para con los que violan las leyes pueden más y acaban siendo más contundentes que cualquiera de nuestros más nobles códigos y que las más encendidas declaraciones de propósitos.
Si no hay seguridad, no hay libertad. Las leyes, es cierto, nos reconocen el derecho de propiedad, pero el robo, los asaltos, la corrupción estatal, la legislación demagógica y sin controles ganan batallas reales en el terreno, y en los hechos ese derecho central se convierte en puro humo. Lo mismo ocurre con la integridad física o moral de la persona humana, que se pierde en manos de terroristas, de secuestradores, de criminales de toda índole que encontraron en las leyes y en sus deficientes sistemas de aplicación inmejorables estímulos para desarrollarse; tenemos una integridad que se esconde detrás de las rejas de nuestras casas, de las cámaras de seguridad, de los altos muros, de la desesperada guetificación de nuestros barrios. Y lo mismo, de manera fatal, ocurre con la aparentemente intangible libertad de pensamiento y de expresión, que nadie discute, pero cuyo ejercicio es penado por una legislación inmoral que en nombre de la armonía mal entendida termina por sofocar todo debate y toda palabra que no contemple determinada concepción del hombre y de sus relaciones interpersonales; hay cosas que no se pueden discutir ni publicar ni mencionar a riesgo de ser tildadas con el imperdonable delito de pensar diferente acerca de modas de conducta en la sociedad. La tiranía retórica en nuestras sociedades libres es muy parecida a la que consagró Stalin, que elaboró un código de palabras y de lisonjeros eufemismos para referirse al Partido, a sus graciosos dirigentes, a la obra del gobierno y a la misión del pueblo que en silencio debía obedecerlo.
Pese a estas evidencias, los liberales parece que nos hemos olvidado de la seguridad, que nos produce reparos mentarla abiertamente; la campaña para censurar su defensa se diría que terminó siendo casi exitosa. Sin embargo, como vemos, el concepto empecinadamente está en la génesis del problema; por más que creamos que en la consagración de la libertad está implicada la seguridad para ejercerla, en la vida que vivimos cada jornada comprobamos que no es así. Eso es lo que explica la mortificación diaria que como una vasta sombra o como una peste sin piedad ha caído sobre nuestras distraídas sociedades.