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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa lectura de la columna de Antonio Pippo del jueves 20 de agosto me hizo evocar lindos tiempos de mi juventud. Al señor Tito Cabano lo conocí en el café El Faro, de Gral. Flores y Garibaldi. En ese tiempo distante, la barra que yo integraba era una de las muchas frecuentadoras de Goes, Reducto, Kruger y Jacinto Vera. Eran los tiempos en que aun podía toparse uno con el Ñato Pedreira en el bar Caballero o en la parrillada de Llano. Morocho, bien trajeado, siempre ocurrente, allá donde estaba el Ñato reinaban la simpatía y el buen humor. De esa época recuerdo, asimismo, nuestras incursiones en los bailes de sábados de noche, “con típica y jazz”, animados por elencos como los de Rogelio Coll “Garabito” o el quinteto de Nicolás Agapios y el conjunto de aquel músico fenomenal que fue Santiago Luz. No te dejaban entrar si no estabas presentable: para la época, traje, corbata, aspecto en general prolijo. Y, por supuesto, uno llevaba los zapatos bien lustrados.
No tengo claro que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero sí afirmaría esto: nos divertíamos sanamente; ello, porque no había droga, ni bailantas con patovicas, ni tanto consumo de alcohol como el que hoy se observa entre los jóvenes. A veces, es cierto, se encrespaba el ambiente; pero, entendámonos, si dos muchachos se trenzaban, lo hacían a golpes de puño y rápidamente se les separaba. Era de maula andar con armas, blancas o de fuego.
Por otra parte, fue milagroso —me doy cuenta hoy— haber parado en la misma “picada” que, por ejemplo, el señor Cabano y otros hombres de quienes se aprendía a caminar en la vida.
Pippo tuvo un nuevo acierto al haber rescatado de un inmerecido olvido la figura de Cabano, el autor de “Un boliche”, estupendo tango costumbrista que hoy nos conmueve tanto como la primera vez que lo escuchamos, por su vívida descripción de esa institución barrial que fue el café de la esquina.
En aquella época había otros autores dignos de mención, como el “gaucho” Humberto Correa, cuya página mejor, “Vieja viola”, de versos sencillos y sentidos, pinta acabadamente a un personaje de la alta noche: el cantor que está entre el aficionado y el profesional, cuya bohemia no le impide ser consciente de que “la gola se va y la fama es puro cuento”.
Me viene a la memoria también Alberto Mastra con sus actuaciones en las llamadas “vinerías” de los 60, como Los Cocuyos, Altamar y el sótano del peluquero Cardozo (Teluria, en la calle Cuareim casi 18) donde el recitador criollo El Pampa declamaba inevitablemente los versos del poema campero El Malevo. Mastra dejó paginas excelentes, como la milonga Miriñaque o aquel tango en el que menta los “tiempos de mi juventud, en Gaboto y Paysandú”.
Gracias a Pippo, a que la lectura de su columna me motivó, es que hago este ejercicio de nostalgia, tomando en cuenta ambientes y personajes de otrora, genuinamente nuestros.
L.L.M