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Las cintas publicitarias plagadas de elogios que envuelven a los libros casi nunca sirven para nada, a no ser que dentro de esos elogios haya uno como el de Joyce Carol Oates, que dice: “Un escritor deslumbrante”. Por regla general, las contratapas tampoco sirven demasiado, a no ser para informar sobre lo básico (esto es un libro de poesía, o sobre la II Guerra Mundial, o un manual de autoayuda para epilépticos) y, cuando se trata de novelas o relatos, para aportar una guía somera o adelantar algo que el lector debería descubrir por sí mismo. Pero en el caso de los Cuentos completos de Edgar Lawrence Doctorow editados por Malpaso (459 páginas), solo hay una cita del propio escritor que es por demás elocuente y genial para ilustrar su proceso creativo: “Cuando tenía siete u ocho años, mi hija Caroline me pidió un día que le escribiera una nota para la maestra porque iba a faltar a clase. El autobús estaba a punto de llegar. Escribí la fecha y empecé: Estimada señora X, mi hija Caroline… Pero entonces pensé: ‘Así no está bien, es obvio que se trata de Caroline’. Tiré la hoja y comencé de nuevo: Ayer, mi hija… ‘No, tampoco, parece que estoy declarando ante el juez’. Así continué hasta que oí un claxon y advertí que la niña estaba al borde del llanto. Las bolas de papel se amontonaban en el suelo. Mi mujer agarró una hoja y redactó la nota a toda prisa. Escribir es inmensamente difícil, sobre todo cuando el formato es breve”.
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Los 18 relatos aquí reunidos son excepcionales. Tiene razón Oates: E. L. Doctorow es deslumbrante. También tiene razón el propio Doctorow: escribir en formato breve es muy difícil. Todos estos cuentos, para llegar a su condición final y perfección, tienen un trabajo enorme detrás. Tal vez muchas bolas de papel desparramadas. Tal vez algo más difícil de medir: el tiempo amontonado en el piso.
En Willi, la primera historia, el lector navega al principio por bellas y adecuadas palabras que describen básicamente una naturaleza primaveral envolvente, flores exóticas, luz plena de paisaje rural, sonido de chicharras y otros bichos que rumian, comen y pernoctan en la insondable pequeñez, dando marco a la inocencia y despreocupación del protagonista, un niño que anda libremente por allí, hasta que un sonido en el establo, y no hay mejor modo que citar a Doctorow, “se había estrechado y depurado hasta alcanzar una frecuencia reconocible, la del canto pulsátil de una mujer en el acto del amor, el suspiro y la nota y el suspiro y la nota de una partitura extática”. A partir de allí un cuadro: el niño, su madre, su padre y otro hombre. Hay que leer con detenimiento, porque el placer está en los detalles que esconden información, que hacen crecer la sugerencia, que destilan posibilidades y sentidos.
¿De qué van sus historias? De una pareja dislocada que secuestra a un bebé recién nacido y viaja con él por la carretera (Bebé Wilson), viviendo a salto de mata en esos sitios emblemáticos del folclore americano como los moteles de paso, los supermercados en la ruta y los restaurantes de comida rápida con sus aparcamientos plagados de camiones.
De un marido que decide desaparecer de la vida conyugal, literalmente (Wakefield), pero conserva el espíritu voyerista y entonces se instala en la vieja buhardilla encima del garaje, que está separado de la casa, para así contemplar a través de una pequeña ventana a su esposa e hijas, el paso de los días, cómo asimilan su ausencia, los movimientos en la casa a través de las ventanas cuando al atardecer se encienden las luces, mientras él por las noches en su nueva condición de bichicome revuelve los basureros del vecindario para luego retornar a su guarida y seguir observando a su familia a la distancia sin ser visto.
De mujeres que se caen y se vuelven a poner de pie, las tiran y se levantan, las golpean una y otra vez y una y otra vez siguen adelante (Jolene: una vida).
De una señora y su “sobrino” que mudan su domicilio con frecuencia y forman otras familias en otros estados, la señora, una selfmade woman, valiente y emprendedora, se enfrenta sin miedo a los nuevos retos y desafíos, el sobrino, un extraño inútil, y recién sobre el final del relato vamos comprendiendo la naturaleza del negocio que persiguen (Una casa en la llanura).
De un predicador, también patriarca, también líder de una nueva secta y cuyo silencio es la mayor de sus virtudes (Walter John Harmon).
De tu casa y cómo un día cualquiera un desconocido se detiene delante de ella y le pide a tu esposa para entrar porque allí vivió de niño (Edgemont Drive).
De parejas que se desarman, qué más remedio, o que se soportan como pueden, qué más remedio, y van a cenas frías con otros intelectuales, qué más remedio (Vida de los poetas).
De lo que es caminar por la ciudad y sentir su latido (Todo el tiempo del mundo), que en definitiva es el latido de tu propia vida, con tu propio pasado que llevás a cuestas como podés, a veces luciendo una posición más erecta, digna y agradable, los colores brillan, otras veces un tanto encorvado y quebrado, los colores se han vuelto opacos. Este relato posee el mejor de los movimientos: el de la ensoñación asaltada por la reflexión y viceversa.
Pero lo que importa, mucho más allá de las historias y las situaciones y las ambientaciones, que son atrapantes, y de los personajes, que resultan tan palpables como cercanos y a veces inquietantes, es la brillante escritura con que estas figuras están confeccionadas, el adjetivo exacto, la puntuación rítmica, el aire y la soltura entre las palabras, la perspectiva desusada, única. Es como si la escritura mostrase un determinismo implacable: así debe ser y no de otra forma. Y lo vuelvo a citar a este tremendo escritor:
“Una cosa que he observado: lo deprisa que levantan esos edificios. Se llevan los escombros en carretillas, cuadriculan la excavación, colocan el encofrado y arriba con él. Placas de hormigón en el suelo y, de noche, lámparas de trabajo suspendidas como estrellas. Cuando una bandera corona todo como si fueran a zarpar hacia algún lugar, instalan el ascensor, tienden el cableado, las tuberías, acoplan el paramento de granito y ponen las ventanas a través de las cuales ves que han enlucido las paredes interiores de los apartamentos y no te das cuenta y hay ya un toldo hasta el bordillo de la acera, un portero y, arriba, justo enfrente de mi ventana, un dormitorio totalmente amueblado y una chica desnuda bailando”.
Claro, nació y murió en Nueva York, a los 84 años, en 2015. Era del Bronx, de una familia de emigrantes rusos judíos. Se lo conoció principalmente por sus novelas históricas llevadas al cine, como Ragtime, Billy Bathgate y El libro de Daniel, sobre el matrimonio Rosenberg, acusado de haber vendido a los soviéticos secretos nucleares. De niño leía todo lo que le ponían delante. Y trabajó como editor de libros muchos años y también para Dial Press, corrigiendo trabajos de Norman Mailer y de James Baldwin. Tal vez eso explique, aunque someramente, su pasión por las letras y el gran manejo del lenguaje. El resto está en los genes y algo en el Bronx, por qué no. Kubrick también era del barrio.
Dijo Obama: “Es uno de los más grandes escritores de los Estados Unidos”.