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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn nuestro país no se puede sino hablar con vergüenza del hospital Vilardebó, del Piñeyro del Campo, de la Colonia Etchepare y de los residenciales tristes.
Leerá usted en esta carta palabras tocadas por el dolor, la vergüenza indignada y el llanto, pero también quizá atentas a la ponderación y al tacto, si ello se pudiera alcanzar. Ancianos murieron calcinados en un residencial. Brota la vergüenza, brota el llanto, pero también brota el requerimiento de que la responsabilidad tome la palabra. Ello requiere contención y prudencia de todos los sectores políticos. Pero acá los hechos tiran a matar los sueños y las palabras vacías. No puede uno sino volver sobre esta realidad de pesadilla.
Tienen razón los estudiosos que hablan de “la llamada” vida cotidiana. Porque una lengua infernal irrumpió en la vida cotidiana y devoró siete vidas en un santiamén.
La quema apunta a una realidad de desechos humanos, de últimas razones encarnadas y finales. Estas palabras surgen ante acontecimientos que uno descuenta que la calle los ha de gritar, atento a lo ocurrido en un residencial ¡donde murieron calcinados siete internados!
Ellos quedaron trabados porque con la maldición del fuego, del humo, de la propia traba de sus humanidades, no hay quien reaccione con viva y efectiva rapidez, pero, además, porque quienes estaban en la primera línea de esas lenguas de fuego, asfixia y muerte (poco menos que de letal instantaneidad) no podían hacer algo si no contaban con una alteridad humana y efectiva que no pudo llegarles.
Alguien tiene que tomar la palabra. Alguien tiene que formar parte del coro, como en una tragedia, porque es una tragedia, y observar los hechos y decir siquiera algo. Y que esa palabra tenga estatura de Palabra, de verdad, de espejo que muestre lo que somos o en qué nos convertimos.
Traza de frase de Quijano me dejó marcado en mi juventud. Ella fue: “La impertinencia de los muertos”. Esas trazas vuelven a la memoria ante la catástrofe.
Juan Carlos Capo