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    Tres mujeres

    Las herederas, de Marcelo Martinessi
    Colaborador en la sección de Cultura

    Es la primera película de Paraguay, un país sin industria cinematográfica, en ser distinguida con dos Osos de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín, uno de los más importantes y prestigiosos del mundo. Ana Brun, una de las protagonistas, fue galardonada por su interpretación, llevándose el mismo premio que en otras oportunidades ganaron Charlotte Rampling, Meryl Streep, Nicole Kidman, Julianne Moore, Juliette Binoche y Fernanda Montenegro. Las herederas también es la primera producción paraguaya en recibir el premio Fipresci, que otorga la crítica internacional. En rigor, la cinta es una coproducción con otros países, entre ellos Uruguay, que participa a través de Mutante Cine: su montajista es Fernando Epstein, que no necesita presentación.

    Recientemente, en el Festival de Cine de Gramado, la película de Martinessi obtuvo seis (entre ellos Mejor película extranjera, Actriz, Guion y Director) de las nueve nominaciones a los Kikitos, el premio mayor del festival. También ganó en el Festival de Santiago de Chile (Sanfic) y fue la mejor película en la Competencia de World Cinema de Ámsterdam.

    Tiempo atrás, en Paraguay, la Cámara de Senadores de Asunción realizó un homenaje al equipo responsable del filme. Solo unos pocos senadores estuvieron presentes para recibir al director Marcelo Martinessi, al productor Sebastián Peña Escobar y a las actrices Ana Brun, Margarita Irún y Ana Ivanova. Y pocos días antes del estreno, algunas organizaciones católicas llamaron a boicotear el filme por “promover el lesbianismo y la infidelidad entre parejas del mismo sexo”. Las herederas no se había estrenado todavía, pero en Paraguay casi todo el mundo ya sabía de qué iba.

    Y va de una pareja de lesbianas de clase alta que llevan décadas viviendo juntas y que, desde hace algunos años, con la ilusión de mantener un estilo de vida violentamente inverosímil para su realidad actual, venden los muebles, los cuadros, la platería y otros tantos bienes que han heredado de sus familias. Chela (Brun) y Chiquita (Irún) ya están en sus 60, en ese momento de la vida en el que cualquier cambio, por mínimo que sea, altera y sacude la inercia y distorsiona el equilibrio de ese universo que parecía tan bien construido.

    La película arranca con el punto de vista de una de las protagonistas, colocando al espectador en su lugar, para que vea lo que ella ve y de la manera como ella ve: prácticamente escondida en su propia casa, dolorida, resignada y avergonzada. El director es cuidadoso en los encuadres. Recorta las imágenes de manera que evidencia el hecho de que nunca se está viendo la totalidad, de que en cualquier historia siempre hay algo más, aunque no se vea. Utiliza además una paleta de colores apagada, un tanto sombría, y en algunos momentos la textura del filme parece estar apenas cubierta por una especie de bruma. Desde esas primeras escenas, y sin que se diga demasiado, se perciben los rasgos esenciales de los personajes y la naturaleza de su vínculo: se nota, por cómo se miran, cómo se tocan, cómo se hablan, que llevan mucho tiempo juntas. Se nota, por todo eso, lo que ya no está, lo que ya no existe entre ellas. Y se nota también las diferencias entre ellas. Chela se mueve entre la aceptación y el agotamiento, mientras que Chiquita es la que mantiene encendido el motor de la relación. Chela es una mirada aletargada, una voz aplastada. Chiquita es musical, tiene chispas en los ojos y una sonrisa de azúcar.

    Económicamente están arruinadas. Pero así como los bienes, algunas costumbres también se heredan. Algunos ritos, además, resultan impostergables. El empapelado de la casa se despega como la corteza vieja de un árbol moribundo y las huellas de los cuadros que ya no están ennegrecen algunas paredes, pero ellas todavía necesitan contar con personal doméstico y Chela, que se niega a recibir ayuda económica de algunas amistades, necesita cada mañana la bandeja con refresco, agua con gas y agua sin gas, con el café y las pastillas, entre otros implementos, para empezar la jornada.

    Las deudas llevan a Chiquita a la cárcel. Y si bien se lo toma con calma, la situación es bastante más triste y complicada para ambas. Un día, su vecina Pituca (un personaje excelente y excelentemente compuesto por María Martins) le pide a Chela que la lleve en su auto hasta la casa de unas amigas. Chela, que no tiene libreta, accede. Y lo que comienza como una buena forma de conseguir dinero se convierte también en una especie de renacimiento para Chela. Porque es así como conoce a Angy (Ivanova), una mujer más joven que ella, que se acaba de separar, y que resulta inquietantemente seductora. Ahora es cuando el mundo se tambalea.

    Las herederas avanza sin prisa, pero no pierde tiempo. Y casi sin presencia masculina en pantalla. El realismo, infundido no solo a través de las notables (realmente notables) actuaciones, de esas acciones mínimas cargadas de significados, está también en el manejo del espacio, en la dirección de arte, en los detalles que conforman el laberinto de emociones que recorre esta bellísima película.

    Las herederas (Paraguay, 2018). Dirección y guion: Marcelo Martinessi. Con Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova y María Martins. Duración: 95 minutos.

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