Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa señora de 89 años y el joven que nunca se quita el sombrero ni los lentes negros recorren la campiña francesa con una camioneta con forma de cámara fotográfica. Es más: es un laboratorio de fotos. Cuando la señora —la famosa cineasta Agnès Varda— y el joven —que se conoce a secas como JR y empezó haciendo grafitis en París— llegan a un pueblo, invitan a sus habitantes a sacarse fotos. Puede ser una villa minera o de pequeños productores rurales. No importa. El asunto es que les toman instantáneas dentro de la camioneta y las reproducen en gran tamaño. Luego pegan esas gigantografías en blanco y negro en fachadas de casas, paredes de edificios o containers, tanques de agua y trenes. Es papel con engrudo, ecológico, no daña el medioambiente. Con cualquier lluvia se desintegra. Pero mientras se conservan las fotos, la sensación que provocan es la de elevar a un ser anónimo a la altura de un gigante o de un gran aviso publicitario. Un golpe óptico y emocional.
Las intervenciones plásticas en casas y edificios son una excusa para contactar y conocer gente. Así, Varda y JR rinden homenaje a la viuda de un minero de carbón, a los empleados de una fábrica, a un solitario productor rural que con su tractor de última generación se encarga de varias hectáreas de campo, a un cartero o a las tres esposas de trabajadores portuarios en Le Havre. Cuando la viuda del minero sale de su casa y ve su foto gigante en la fachada, la emoción gana su rostro, uno de esos primeros planos naturales que solo se consiguen en un documental.
Pero Visages Villages también va tejiendo la amistad entre la abuela de la nouvelle vague y JR, este emergente artista urbano que desea unir literalmente a las personas anónimas con los edificios. La amistad no está exenta de sinceridad. Varda ya no ve bien, debe tratar sus ojos cansados del mundo, un mundo que se le presenta cada vez más desenfocado, extraño, ajeno. Le cuesta subir las escaleras y si elige mal una casa para pegar las gigantografías, JR se lo reprocha y le saca partido en el propio documental. Ella acepta los chistes estoicamente y responde con dulzura. Es una abuela sabia.
Varda ha filmado varias películas (La felicidad, Sin techo ni ley, Las criaturas) y al memos una obra maestra: Cleo de 5 a 7 (1962), con la hermosa Corinne Marchand como cantante enferma que deambula con sus miedos por París y una pequeña intervención de cine mudo —¡y desde una cabina de proyección!— de Jean-Luc Godard.
Y Visages Villages respira esa naturalidad, ese desenfado de la nouvelle vague de salir a la calle y captar la vida en los cafés, en los parques, en las tiendas y los tranvías, apresar la reverberación y su latido, sin que importe demasiado si los ocasionales paseantes miran de reojo o decididamente a la cámara. Para estar por fuera del tiempo y de las modas, nada mejor que la campiña, donde las cosas transcurren a otro ritmo.
El documental, con una adecuada música que le calza a la perfección, destila amor por la tarea emprendida y la sinceridad y amabilidad con que se dirigen a los habitantes. La cámara registra un picnic, un momento de esparcimiento, la opinión de un transeúnte a propósito de las fotografías, alguna anécdota que merece ser destacada (¿por qué hay productores rurales que cercenan los cuernos de las cabras si las cabras nacen con cuernos?). No hay pretensión artística, ni cháchara metafísica, ni jeroglíficos curatoriales. Interactúan con la gente, nada más.
Hay dos secuencias emocionantes: la visita a la playa de Normandía, esa misma en la que los aliados comandados por Tom Hanks y sus muchachos resistieron contra la lluvia, mejor dicho la carnicería de balas alemanas, que tiñeron de rojo las aguas y las arenas. Varda y JR caminan frente al mar, resisten al viento, evalúan el crecimiento de las aguas y eligen un búnker abandonado para intervenir fotográficamente (¿será el mismo búnker que repelía con sus ametralladoras a los soldados aliados en Rescatando al soldado Ryan?).
En otro momento pasean por el minicementerio (no más de doce tumbas) donde está enterrado el fotógrafo Cartier-Bresson, un hermoso, apacible y apartado lugar con vegetación silvestre, un poco más grande que una plaza.
—¿Le temes a la muerte? —pregunta JR.
—No lo creo —responde Varda—. Pienso mucho en ella. No me parece que le tema. La estoy esperando ansiosa.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Porque sencillamente ese será el fin.
Y está el cierre, que también es emocionante y donde solo digamos que Jean-Luc Godard, ese filósofo del cine que en muchas películas es genial y en otras tantas un latoso insufrible, no se porta bien con la abuela Varda. Y a la abuela, que nació en Bruselas allá por 1928, tiene el pelo teñido de dos colores, fue jurado de los festivales de Cannes y Venecia y filmó Cleo de 5 a 7, hay que respetarla.
Visages Villages (Visages Villages). Francia, 2017. Escrita y dirigida por Agnès Varda y JR. Duración: 89 minutos.